El trabajo tiene cara de mujer

Eduardo Levy Yeyati
Eduardo Levy Yeyati PARA LA NACION
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2 de noviembre de 2016  

Varios argumentos recientes apuntan a una tendencia a la feminización del trabajo.

El más común de ellos dice que, en un futuro cercano, la máquina reemplazará tareas rutinarias (y muchas que no lo son) y las ocupaciones con más probabilidades de sobrevivir el tsunami tecnológico son aquellas que involucran "habilidades blandas", para las que las mujeres estarían en principio mejor preparadas. No está claro, sin embargo, de qué habilidades blandas hablamos y, en consecuencia, cómo se relacionan con la feminidad. Por ejemplo, uno tiende a pensar (a veces sin mucho fundamento) en la empatía y en la autoconfianza como habilidades blandas, y a asociar la primera a la mujer y la segunda al hombre.

Una variante más elaborada de esta historia es la de la tríada "personas, cerebros y músculos". En un trabajo de 2016 los economistas Grace Lordan y Jörn-Steffen Pischke caracterizan las ocupaciones del presente con esos tres elementos no mutuamente excluyentes que, simplificando, podríamos asociar a las relaciones interpersonales, el trabajo analítico y el trabajo físico. O mapearlos, en el universo laboral, a los cuidados, la tecnología y las manufacturas. La clasificación es útil para identificar preferencias por género: según los autores, las mujeres prefieren trabajos que involucren personas y cerebro, en vez de músculo; los hombres, en cambio, son indiferentes. Así, como señala Susan Pinker en su libro La paradoja sexual, que haya trabajos de hombre y de mujer sería tanto el fruto del sesgo cultural del empleador como el reflejo de que hombres y mujeres difieren en sus gustos laborales (el sesgo cultural del trabajador).

En todo caso, la novedad es que el futuro favorece a los trabajos "femeninos". Los diez trabajos que la oficina de estadísticas laborales de los EE.UU. predice que crecerán más en los próximos años son cuidados personales, enfermería y terapias varias. Y, como señala Derek Thompson en su columna El fin del músculo, en la medida en que sustituya el trabajo muscular para el que el hombre se encuentra físicamente y mentalmente mejor dispuesto, la tecnología deja a la mujer en igualdad de condiciones (o, al menos, en menor desigualdad).

Ahora bien, si el progreso tecnológico feminiza el mercado laboral al priorizar trabajos "femeninos", ¿esto feminiza al hombre?

En su último libro, El baile del soltero, Pierre Bourdieu describe la crisis de la sociedad campesina en la figura del primogénito, ese al que en las novelas góticas el patriarca le prometía: algún día todo esto será tuyo. Hoy, dice Bourdieu, esa promesa es una maldición: el primogénito envejece condenado a una tierra que ya no es rica, mientras las mujeres huyen del tedio rural a la aventura de la ciudad -para volver ocasionalmente al baile del pueblo, donde los primogénitos esperan resignados, conscientes de su pérdida de status social.

Con esa poderosa imagen, Hanna Rosin ilustra la desmasculinización en su libro El fin del hombre. Su tesis es exagerada y sobresimplifica el imaginario cultural masculino, pero suma un ángulo nuevo al cruce de tecnología y género.

En la película Meet the Fockers la mitad de los chistes se montan en el supuesto absurdo de que Greg Focker, protagonizado por Ben Stiller, trabaja en un hospital no como médico sino como "enfermera varón" ( male nurse). Sin llegar a estos extremos de parodia, las ocupaciones del futuro como el cuidado personal y la terapia (y, agregaría yo, la docencia) se riñen con los roles tradicionales del homo laborans. Pero estas ocupaciones, ¿son "femeninas" porque hombres y mujeres nacen distintos, o a causa de años de consumir estereotipos culturales? ¿Por qué fracasan los intentos de sumar hombres a la docencia si los primeros docentes de la historia fueron hombres?

Esperemos, para bien de los hombres, que estas preferencias sean culturales y modificables. Hace tiempo el Nobel de literatura John Steinbeck escribió que "lo único que una mujer no puede producir tan bien como un hombre es una barba". Ahora que la tecnología nos hace lampiños, ¿podremos los hombres competir con las mujeres?.

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