Cuántas horas trabajamos: un debate que lleva tiempo

La duración de las jornadas se vincula con sistemas colectivos y varía por países, pero las cuestiones personales tienen un peso creciente
La duración de las jornadas se vincula con sistemas colectivos y varía por países, pero las cuestiones personales tienen un peso creciente Crédito: Shutterstock
The Economist
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6 de enero de 2019  

LONDRES (The Economist).- El año que recién se inicia, como todos los años, tendrá poco menos de 8800 horas. La mayoría de la gente pasará un tercio del tiempo durmiendo y otro tercio, más o menos, debatiendo en las redes sociales. Gran parte del resto se dedicará al trabajo.

Hay un creciente interés en sectores del mundo político por tratar de reducir la cantidad de tiempo que la gente dedica al trabajo. El Partido Laborista en gran Bretaña ha dicho que considerará introducir una semana laboral de cuatro días la próxima vez que llegue al poder. Figuras de la izquierda en Estados Unidos están de manera similar intrigadas por la idea.

Para evaluar si tales iniciativas para reducir el tiempo de trabajo tienen algún mérito se requiere, en primer lugar, comprender por qué la cantidad de horas trabajadas en ese país no se han reducido más hasta ahora. La caída de las horas trabajadas se cuenta entre los beneficios menos reconocidos del desarrollo económico.

A fines del siglo XIX, los trabajadores en las economías industrializadas conocían poco más que el trabajo. En 1870 el trabajo de tiempo completo significaba por lo general 60 a 70 horas de trabajo por semana o más de 3000 horas por año. A lo largo del siglo siguiente los ingresos en ascenso fueron acompañados por una baja sostenida de las horas semanales, que habían caído a alrededor de 40, en promedio, para 1970. Aunque es un beneficio menos conspicuo que un aumento salarial o un nivel de vida más elevado, esa baja fue un presente para la gente trabajadora de alrededor de mil preciosas horas de tiempo libre cada año.

Las horas dedicadas al trabajo son difíciles de medir. Pero los mejores análisis sugieren que tales dádivas han sido mucho menos generosas desde entonces, al menos en algunos países. En Francia y Alemania la cantidad de horas trabajadas siguió en caída en las últimas décadas, aunque más lentamente que en el pasado. En Alemania -donde uno de los mayores sindicatos ganó recientemente para sus trabajadores el derecho a una semana laboral de 28 horas, los empleados ahora cumplen menos de 1400 horas por año en el trabajo. La declinación en Estados Unidos y Gran Bretaña ha sido mucho menor y, en realidad, el tiempo de trabajo ha aumentado desde la década pasada.

¿Por qué tendría que variar tanto el tiempo trabajado? El análisis de las diferencias entre países hace centro en la cultura: por supuesto que los europeos amantes del ocio trabajan menos horas que los estadounidenses puritanos y que los esforzados coreanos. Pero tales historias tomadas como una explicación a las diferencias, a menudo son insatisfactorias: los italianos y los griegos trabajan muchas más horas que sus supuestamente más diligentes vecinos del norte, por ejemplo.

Los economistas suelen pensar en la opción de trabajar más o menos horas en función de cómo se dan los efectos de "sustitución" e "ingresos", al competir entre sí. Los factores que tienden a un regreso al trabajo (tales como alivios en la tasa impositiva o mayor paga) hacen más lucrativa cada hora de trabajo y pueden, por tanto, hacer que los trabajadores elijan trabajar más: sustituyen de esa manera tiempo de ocio por horas de trabajo.

Por el otro lado, cuando la gente es más rica tiende a consumir más de las cosas que disfruta, incluyendo el ocio. Por lo que una ganancia mayor del trabajo, al elevar el ingreso, también puede llevar a una baja de la duración de la jornada. La mayoría de los estudios concluyen que en la práctica domina el efecto de los ingresos: al aumentar los salarios, la gente trabaja menos. Por tanto, el reciente aumento de las horas trabajadas en Estados Unidos y Gran Bretaña se ve extraño, especialmente dado que el tiempo de trabajo está aumentando más entre los trabajadores de altos ingresos. Está de moda explicar esta rareza haciendo referencia a la naturaleza cada vez más disfrutable del trabajo de alta calificación. Los trabajadores del conocimiento de hoy están rodeados de colegas inteligentes que abordan problemas interesantes y desafiantes que importan en el mundo real. ¿Por qué habrían de sacrificar el tiempo dedicado a algo tan gratificante a cambio de horas dedicadas a actividades de ocio que son menos satisfactorias?

Eso, sin duda, describe las circunstancias de algunos trabajadores afortunados. Pero hay más de una manera de ver esta dinámica. Investigaciones de Linda Bell, de Barnard College, y Richard Freeman, de la Universidad de Harvard, por ejemplo, concluyen que la desigualdad explica gran parte de las diferencias en el número de horas trabajadas en Estados Unidos y Alemania. Cuando la diferencia de ingresos en una economía o dentro de una ocupación es muy pronunciada, la gente tiende a trabajar más horas y más duro para elevar sus probabilidades de ascender en la escala de ingresos. Visto el tema de esta forma, la desigualdad podría contribuir a un producto bruto más elevado.

Pero muchos trabajadores pueden sentir que no tienen control sobre el tiempo que se espera que trabajen. El poder de las personas, según sugieren Michael Huberman de la Universidad de Montreal, y Chris Minns, de la London School of Economics, importa tanto como la desigualdad, en lo que se refiere a la determinación de las tendencias en materia de tiempo de trabajo. Históricamente, las organizaciones de trabajadores han encabezado la lucha por la reducción de las horas de trabajo. Los sindicatos debilitados en Estados Unidos y Gran Bretaña han sido mucho menos capaces de lograr concesiones que sus contrapartes europeos continentales. De modo similar, no han tenido el poder para lograr una paga tal que le permita a la gente más pobre poder trabajar menos.

En un sentido importante, la elección de cuánto trabajar es necesariamente colectiva. Por más que amen sus trabajos, los profesionales podrían llegar a apreciar un mundo en el que criar hijos o tomarse las vacaciones que les correspondan no los descalifique para ser promocionados laboralmente.

En la práctica, a menos que los profesionales acuerden reducir las horas en forma colectiva, los que optan por más tiempo para el ocio simplemente corren el riesgo de ser desplazados, dejando las decisiones a los pocos obsesionados con el trabajo que ascienden a puestos de mando.

Igualmente importante, las decisiones individuales respecto del trabajo evolucionan inevitablemente en respuesta a las elecciones de los pares. Edward Glaeser de la Universidad de Harvard, Bruce Sacerdote, de Dartmouth College, y José Scheinkman de la Universidad de Columbia, describen un efecto de "multiplicador social". ¿Qué significa ese efecto? Se reduce a la noción de que pasar tiempo de determinada manera es más disfrutable cuando hay otros que hacen lo mismo.

Es costoso no trabajar cuando otros lo hacen y es más divertido ir a festivales cuando otros tienen la libertad de hacerlo. La flexibilidad individual para elegir el tiempo de trabajo es importante. Distintas personas tienen necesidades y preferencias diferentes.

Pero a algún nivel, la sociedad en su conjunto debe juzgar si la vida se trata de algo más que trabajar.

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