De pasatiempos a trabajos

Con espíritu emprendedor, un hobby puede transformarse en una actividad rentable
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21 de enero de 2003  

Daniel Raimondo es artesano en maderas, Andrea Chiocca fabrica papel reciclado y Sandra Vollkomm deleita paladares con sus platos. A simple vista no tienen nada en común. Sin embargo, los tres se entusiasman como pocos al hablar de sus trabajos. Y no es para menos, si la tarea laboral que realizan nació precisamente de un pasatiempo que les alegraba la vida.

Licenciado en publicidad, con más de 20 años de experiencia en la materia, hace seis meses que Daniel pasó de los avisos publicitarios al perfume de la madera.

"Estaba muy cansado porque viajaba mucho y estaba poco tiempo en casa; además, la situación laboral era cada vez peor. Y aparte, hacía tiempo que venía pensando en un cambio de vida cuando cumpliera los 40, al menos en lo laboral porque en lo familiar estaba bien -cuenta Raimondo-. Y dejé la empresa en la que trabajaba como gerente y empecé con esto (artesanías, muebles y elementos de decoración en madera) que lo hacía como un pasatiempo, para mi casa y mis amigos. Era un desafío saber si esta actividad podía llegar a ser un medio de vida: llevarlo a gente que no lo conocía y que lo valorara y le pareciera bueno."

Feliz de ser su propio patrón, "ahora -afirma- soy dueño y esclavo de mis aciertos y de mis errores", Daniel reconoce que su experiencia en relaciones públicas y en ventas lo ayudó a mostrar su producción en los negocios y a montar su microempresa, RT Artesanías de Nuestra Tierra. "Pero había otra cosa en juego, que lo ofrecido fuera bueno, que eligieran mi producto y no otro. Y ahí empezaron a tallar un poco el ingenio y la creatividad para hacer cosas que no había en el mercado o para mejorar lo que había con un valor adicional."

Además de dejar la corbata en el placard, el nuevo oficio, que aprendió solo en su adolescencia con serrucho y martillo en mano sobre la base del ensayo y error, también le permite disfrutar de otra calidad de vida. "Me cambió el humor. Un día fui a cobrarle a un cliente al centro y mi mujer me fue a buscar a la estación. Cuando me vio bajar del tren, me dijo: Hace años que no te veía reír así . Es que había roto con la rutina. Yo no me había dado cuenta de que había perdido las ganas de reírme por la vorágine en la que vivía. Por los viajes, no podía juntarme los viernes a la noche a comer con mis amigos. A mis viejos nos los veía nunca y hoy en el camino, cuando voy a ver a un cliente, paro y me voy a tomar mate con ellos", se ufana Daniel.

De la colección a la hechura

"Soy diseñadora gráfica -dice Andrea Chiocca- y, en la época en que estudiaba, me empezó a interesar todo lo relacionado con el soporte de la escritura. Coleccionaba papeles porque me apasionaban. Hasta que un día llegó a mis manos un papel hecho a mano que me alucinó. Entonces empecé a leer, a investigar y asistí a un par de cursos. Y me largué a hacer los papeles en la cocina de mi casa, mientras mi hermana cuidaba desde la puerta que no se desbordara el agua por los pasillos del departamento, porque prensábamos y salía agua y agua."

Pasaron más de diez años desde aquellas primeras pruebas y ahora Andrea, junto a su marido, Luis Bolletti, serigrafista de oficio, muestra con orgullo en su casa de Campana, donde tiene montado su taller, cómo produce el papel a partir del formio, una planta muy común en la zona.

Así surgió Molino Aguada, un emprendimiento familiar que con técnicas milenarias produce invitaciones, sobres, tarjetas de comunión, almanaques, cajas, papeles para acuarela, para grabado, entre los que se destacan papeles con pétalos de flores y perfume. "También fabricamos papel con los desechos de la malta que nos dio una empresa cervecera y armamos carpetas que ellos regalan a sus clientes. Y para el Museo Numismático del Banco Central hicimos papel, sobres y señaladores a partir de los billetes que iban a la quema", ejemplifica Andrea.

El placer de la cocina

Su gusto por la cocina nació entre los cucharones y las ollas de la abuela y de la madre. Apasionada por la gastronomía, no perdía oportunidad de sorprender con algún plato de su propia invención a su familia y a sus amigos. Y así como, estimulada por ellos, Sandra Vollkomm empezó hace un tiempo a vender tartas, primero a sus conocidos y luego a comercios.

Esta maestra de grado y profesora de paddle ahora también luce el título de chef, pues tanto se entusiasmó con su hobby que decidió profundizar lo aprendido en la cocina familiar. Así que, hoy, la docencia sólo la ejerce por placer con sus amigas, enseñándoles algún truco culinario.

Del oficio, lo que más le gusta es la creatividad que puede desplegar. Así, a la hora de hacer un catering, se despacha con tranquilidad. "Me gusta inventar -expresa Sandra-, tratar de hacer cosas distintas que no se comen todos los días, de sorprender con bocados nuevos. Pero hay un clásico que me piden siempre: la torta de mousse de chocolate."

Trabajar en algo que apasiona puede ser un privilegio pero, como lo demuestran los entrevistados, el esfuerzo y el tesón no quedan al margen.

Espíritu emprendedor

Cuando los dígitos de la desocupación son una preocupación colectiva, los pasatiempos pueden resultar un arma eficaz a la hora de enfrentarla. Claro que, además, un espíritu emprendedor también ayuda.

Daniel Raimondo admite que la decoración es lo que más lo entusiasma y aventura: "Creo haber tomado la decisión acertada; en mi vida personal no me voy a arrepentir; en lo económico este país dirá. Yo le pongo toda la fuerza, todas las ganas como para que salga bien."

Con proyectos firmes de exportar una producción de papel artesanal, Andrea Chiocca reconoce que supo vencer los malos augurios: "La cuestión es que yo soy muy testaruda, me enfrento contra viento y marea; cuando empecé un señor que estaba en el tema me dijo que jamás iba a poder vivir del papel".

"Me encanta lo que hago, aunque tenga que levantarme a las 5 de la mañana para cumplir con los pedidos, lo hago con gusto porque para mí la cocina es un placer", sostiene Sandra Vollkomm.

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