Del ascenso al despido

Por Jorge B. Mosqueira Especial para LA NACION
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22 de enero de 2002  

"Esta es mi historia -dice Leonardo J-. Tengo 48 años y comencé a trabajar a los 21 en la empresa X. En 2000 cumplí 25 años, así que en diciembre me hicieron un homenaje y me entregaron un reloj. El presidente de la compañía vino especialmente desde la casa central de Lausanne, Suiza. Yo había empezado como liquidador de sueldos y llegué a ser asistente del gerente de RR. HH. Todo era felicidad para mí y mi familia.

"En enero decidí tomarme vacaciones. Antes de irme se me convocó a una reunión, donde se anunció la desvinculación del presidente local y el nombre de su sucesor, un suizo de 35 años con dos años de residencia aquí. Antes de irme, el nuevo presidente me pidió que me comunicara con él al día siguiente porque habría más novedades."

La noticia era que Leonardo había sido nombrado gerente de RR. HH. Se informó por correo interno a todo el personal, con copia a Suiza.

"Me felicitaron por el nombramiento; mi esposa lloraba, mis hijos compartían la alegría y hasta unos compañeros de trabajo vinieron a festejar a la costa, donde pasaba mis vacaciones. Yo estaba feliz, lleno de proyectos y futuro."

Leonardo vuelve. El 1º de febrero va a trabajar. Lo felicitan en el ascensor, la recepcionista y también algunos empleados. Apenas apoya el maletín sobre el escritorio lo llaman para notificarle su despido.

"Me dieron el cheque y chau", describe Leonardo con ajustada precisión. Preguntó sobre lo sucedido, pero le respondieron con evasivas. Una explicación era que habían decidido trasladar su área al interior. "Hoy miro las fotos de todas las personas que festejaron conmigo en aquella cena de la costa. Sólo hubo dos o tres que me llamaron." Finalmente, pregunta: "¿Realmente hubo daño moral o yo estoy demasiado equivocado?"

* * *

Las indemnizaciones -ese costo tan molesto a la hora de despedir- no siempre son reparadoras de la desvinculación laboral. Sería difícil tabular por ley cuántos dólares oficiales cuestan las frustraciones, algunas ingratitudes de distinto peso o, como en el caso de Leonardo, tamaña burla.

Hay casos donde el empleado se ha negado a recibir indemnización presentando su renuncia, porque para él resulta más valioso preservar su dignidad. Es un gesto que revela cierta convicción sobre el honor, la honestidad y otras cualidades pasadas de moda, que no sirven para sortear las cajas registradoras del supermercado. Esto es lo que se puede llamar, estrictamente hablando, la subversión de los valores.

Es obvio que a Leonardo no le van a abonar ningún monto adicional por el daño producido sobre su estima ni por el desconcierto de su familia y amigos. Nadie se hará cargo de eso, ni siquiera por amparar el buen nombre de la empresa, eximida de responsabilidades mediante el sortilegio de la indemnización.

Lo curioso es que se trata de una organización cuya casa matriz queda en Suiza, un país que imaginamos casi perfecto, equilibrado y escrupuloso, es decir, el anverso de nuestras características nacionales. Parece que existiera, también, una moral de exportación regida por los vaivenes del mercado.

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