El saber se fue de la mano de los despidos

Jorge B. Mosqueira
Jorge B. Mosqueira
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25 de septiembre de 2005  

En el sector privado, el retiro de trabajadores entrenados ha contribuido a las explosiones de plantas químicas y problemas de mantenimiento en líneas aéreas, para citar sólo dos ejemplos, por lo cual un buen número de empresas ha cambiado fuertemente hacia la captura y retención de conocimientos

En Outlook Journal, junio de 2005

¿Alguien ha regalado alguna vez un juguete nuevo a un niño pequeño? Primero se asombra y entusiasma, luego prueba su resistencia golpeándolo contra el piso. Finalmente, una vez roto, se desilusiona y llora. Tal parece la conducta observable en los estratos más altos de la dirigencia empresaria de nuestro planeta.

La compulsiva ola de reemplazos del stock humano iba a traer, tarde o temprano, sus consecuencias. Quizás esto fuera imposible de ver años atrás, cuando el frenesí por absorber sangre nueva ocultó el hecho de que cada uno que era reemplazado algo se llevaba, además de su desconsuelo. No bastó con vigilar el vaciamiento de los cajones del escritorio o palparlo a la salida por si escondía una herramienta. Igualmente, algo se llevaba. Hoy descubrimos qué era: su experiencia y sus conocimientos, adquiridos en su lugar de trabajo.

El argumento principal siempre surge de una dogmática convicción de que, por sus características generalizadoras, tiene tintes discriminatorios. Se basa en que los viejos -es decir, los mayores de 40, un indicador que sigue bajando- tienen dificultad para aceptar los cambios. En parte es verdad: todo aprendizaje implica un esfuerzo y quien ha transitado muchas veces por el tortuoso terreno de las novedades puede cansarse y apuntar a situaciones más confortables.

En la educación de adultos, éste es un principio básico. No es lo mismo cuando los participantes promedian los 20 años que cuando bordean los 50. El esfuerzo es distinto y más de un docente elige, por este motivo, privilegiar al grupito de adelante que lo sigue y descartar al resto. No obstante, la responsabilidad profesional sigue siendo por el conjunto.

Pero ya está. Muchos juguetes se rompieron y se amontonan en algún lugar que, a veces, se reconoce como un capital desperdiciado. Aparece ahora cierta estrategia de recuperación, contratando veteranos para que expliquen cómo se inventó la rueda, evitando empezar de cero. Tal vez sea consecuencia de que los jóvenes dinámicos de hace veinte años están ingresando en décadas etarias sospechosas.

Pero no importa. Cualquier experiencia, buena o mala, puede coronarse con una lección positiva. Toda transición generacional -inevitable, por otra parte- obliga a tiempos, retribuciones y cuidados especiales tanto para el que viene como para el que se va. Es el único medio para no desaprovechar tanta riqueza atesorada y, de paso, lastimar a menor cantidad de gente.

jmosqueira@ar.internet.net

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