Llegó el déficit cero

Por Jorge B. Mosqueira Especial para LA NACION
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28 de agosto de 2001  

Hola. Mi nombre es Guillermo R. La historia que voy a relatar es verídica y ocurre actualmente en una empresa multinacional.

La Argentina sufre una profunda recesión desde hace varios años y las casas matrices están presionando para recuperar sus inversiones. Las ventas siguen cayendo en picada, por lo que se decidió en un lugar de Europa que era necesario hacer cirugía mayor. Se reestructuró el Departamento de Ventas y vino un director extranjero que no habla ni una palabra de castellano. Desde su llegada, las cosas siguieron mal, el pobre mercado interno no repunta y las exportaciones sólo contribuyen a solventar los gastos.

Permanentemente recibimos mensajes de que no podemos invertir ni gastar, se despide personal, no se pinta la planta, se tercerizan tareas pagando menores sueldos, etc. En fin, nos impusieron el déficit cero.

Todos los compañeros ponen el hombro día tras día para que la empresa salga adelante y para preservar las fuentes de trabajo, pero lo que realmente molesta es la imagen que da el director recién llegado. No es porque sea extranjero y no hable español, pero este señor conserva el sueldo que tenía en su país de origen, superior al de su antecesor argentino y, como si fuera poco, la empresa puso a su disposición una casa amueblada en un coqueto barrio del Gran Buenos Aires; los hijos van a un renombrado colegio, también pagado por la empresa, y para movilizarse le compraron una modernísima camioneta 4 x 4. Además, realiza frecuentes viajes al interior, siempre acompañado por su esposa.

Pero lo que colmó el vaso de la indignación fue que durante el tiempo en el que se demoraron en entregarle su vehículo, la empresa le alquiló un auto. Para mayor sorpresa, el director no usaba el auto, sino remises, para que su mujer pudiera llevar a los niños al colegio manejando ella misma.

Esto ocurre actualmente, insisto, en una importantísima empresa de renombre internacional.

* * *

Quien escribió este mail -cuyo texto respetamos casi por completo- está visiblemente enojado. Habría que preguntarse por qué. Muy probablemente el señor europeo haya negociado hábilmente allá, en casa matriz, sus condiciones de traslado. No cualquiera se muda a un país como éste por la misma plata, a lo que hay que agregar el cambio de casa y colegio, todos hechos traumáticos, sin duda. Cualquier otro, en su lugar, debería hacer lo mismo. Es parte del juego, donde se gana aprovechando oportunidades, sacando ventaja sobre la otra parte y acopiando para sí todo lo posible. Un mal arreglo hubiera sugerido una dudosa capacidad comercial de este funcionario que, no por casualidad, es especialista en la materia. Habría que dejarlo que disfrute en paz de su negocio: se lo ha ganado.

Reconozcamos, eso sí, que el espectáculo es horrible cuando se lo contempla desde la vereda del ajuste. Es probable que allá en Europa todos hayan quedado contentos por conseguir quien cubriera el puesto. Faltó, quizás, analizar el impacto sobre el segmento de los recursos humanos, del que Guillermo forma parte, indignándose inútilmente.

* * *

Los lectores interesados en contar anécdotas o situaciones curiosas, buenas o malas, sucedidas en la búsqueda de empleo o en la relación de trabajo, pueden enviar un breve relato a Suplemento Empleos, Historias de pasillo , Bouchard 557, e-mail: historiasdepasillo@lanacion.com.ar

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