Suscriptor digital

Rechazada por ser mujer

Por Jorge B. Mosqueira Especial para La Nación
(0)
29 de agosto de 2000  

Las fusiones de empresas comparten, con demasiada frecuencia, una característica esencial: dejan a una buena porción de gente. Tal fue el caso de Graciela S., una promisoria ingeniera mecánica de 34 años, técnica, además, en la misma especialidad y con una interesante experiencia. Debido a todos estos antecedentes, sus intentos de reinserción tuvieron rápida respuesta. Así fue como logró acceder a una primera entrevista con un joven gerente de recursos humanos, encargado de realizar la búsqueda. Al fin del encuentro, quedó abierta la posibilidad de una segunda entrevista con un gerente del área donde ella se desempeñaría.

Graciela se encontró, al volver a su casa, con que ya estaba siendo citada para concurrir a la entrevista prometida. Esta vez el interlocutor fue otro ingeniero como ella, con el que compartió pareceres y contó sobre sus experiencias anteriores. Se sorprendió un poco cuando le preguntó sobre qué pensaría si alguien objetara su condición de mujer en un medio fundamentalmente masculino. Era demasiado obvio que toda su carrera se había desarrollado entre hombres.

Hubo una tercera entrevista con un superior. Este resultó ser más joven que todos los anteriores. Demasiado joven, pensó Graciela por un momento. La entrevista contó con preguntas de bajo tenor profesional, como ¿por qué ha elegido ser ingeniera?, ¿por qué mecánica?, ¿cómo se ve usted de aquí a cinco años? El creciente optimismo de Graciela se derrumbó. Esa entrevista le dejó muy pocas expectativas favorables. Las preguntas no sólo revelaban un hondo prejuicio, sino el bajo nivel del responsable del área. Lamentablemente, las presunciones se confirmaron. Graciela se enteró, más tarde y por vías informales, que no fue aceptada por su condición de mujer.

Decisiones como las que dejaron a Graciela sin ingresar en la empresa sólo pueden conocerse en los pasillos. Si se hicieran públicas o fueran refrendadas mediante algún documento o testigos, se identificaría un delito de discriminación. Estas cosas pasan y su reiteración no las justifica de ningún modo.

En esta historia prevalecen los prejuicios que, como se sabe, suelen definirse como verdades anteriores a cualquier otra verdad posible. El primer prejuicio que aparece es aquel que impone la visión masculina sobre lo que debe hacer una mujer o los problemas que puede traer una mujer . Este es un rasgo que nos ubica bien afuera del Primer Mundo. El segundo prejuicio, más sutil pero en ascenso, es la definición de los jóvenes como propietarios exclusivos de la mente abierta y flexible. Lamentablemente, la realidad no corrobora la propuesta. Basta observar la composición de los nacientes grupos neonazis. En las empresas, como en cualquier otro ámbito, el mayor peligro es la necedad.

Los lectores interesados en contar anécdotas o situaciones curiosas, buenas o malas, sucedidas en la búsqueda de empleo o en la relación de trabajo, pueden enviar un breve relato a Suplemento Empleos, Historias de pasillo , Bouchard 557, e-mail: historiasdepasillo@lanacion.com.ar

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?