Rumores infinitos

Por Jorge B. Mosqueira Especial para LA NACION
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25 de abril de 2004  

Manuel J. era liquidador de jornales. Un día, mientras llevaba un paquete de tarjetas perforadas al sector computación, pasó cerca de dos empleadas que conversaban frente a la cartelera de comunicados. Pudo escuchar, sin querer, que una de ellas decía: "¿Cómo no la van a promover? Desde hace meses que anda saliendo con Raimundes?"

Cuando llegó a su oficina preguntó si sabían que Amalia, la promovida, tenía algo con su jefe. Le respondieron que sí; todo el mundo lo sabía.

Años más tarde, Manuel fue destinado a una de las plantas del Gran Buenos Aires. Solía cruzar la fábrica de punta a punta y en el camino se demoraba en conversaciones variadas con los operarios.

En una de esas paradas informales, un veterano le clavó una pregunta: "¿Así que nos van a vender, jefe?" Manuel no entendía. "Ya hay comprador. Nos venden a una compañía francesa. ¿Qué va a pasar con nosotros?"

Manuel lo tranquilizó: no había nada de eso, vaya nomás y no se preocupe. Un mes después fue anunciada la venta a una empresa europea, que invertiría cifras millonarias, etcétera.

El operario quedó, pero Manuel aún no había salido de su sorpresa cuando su nuevo jefe, con acento francés, le comunicaba su despido.

Manuel llegó a ser director de Recursos Humanos en otra empresa. Había aprendido varios trucos en su larga carrera. Uno de ellos era amortiguar el paso cuando encontraba empleados hablando frente a una cartelera. Una mañana llegó algo tenso.

Ese día se comunicaba la desvinculación de un alto directivo que produciría un fuerte impacto en la gente. En vez de utilizar la puerta principal, ingresó por uno de los pasillos laterales.

Frente a la cartelera, había un grupito de empleados. "Estaba cantado", dijo uno. "Hace rato que venía de mal en peor."

Manuel siguió su camino, recordando con cuánta reserva él mismo había participado en la decisión, para que nadie pueda adosar una mancha al despedido.

* * *

Manuel descubrió que siempre, dentro y fuera de las empresas, hay por lo menos dos historias, la oficial y la otra.

Aunque corren paralelas, muchas veces se tocan, se entrecruzan o superponen. Es difícil identificar cuál es más confiable; depende de los protagonistas y el momento.

En cualquier caso, es preciso escuchar las dos, porque cada una contiene una parte de la verdad.

Las historias de pasillo forman ese tejido informativo que produce datos clave para entender qué le pasa a la gente real cuando busca empleo, cuando lo tiene y lo pierde, o cuando lo soporta, ya sea con estoicismo o con humor.

Han pasado por esta sección más de doscientas historias aportadas por los lectores, con quienes tenemos distintos tipos de deudas.

Las que fueron publicadas en estas páginas aportaron lecciones para todos. Las que debieron ser postergadas, por razones de espacio o contenido, son igualmente valiosas por su generosa colaboración.

Que se sepa: las historias de pasillo continuarán, aun cuando no sean publicadas en un medio impreso como éste.

Todos los relatos enviados son apenas un segmento de una historia infinita y subterránea, de todos los tiempos.

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