En la anterior crisis la Argentina necesitó menos ayuda y hoy el FMI ya no presta a manos llenas

Desde la crisis asiática hubo una gran discusión sobre el rol de los salvamentos, que hoy son menos En la última década del siglo XX hubo un rediseño parcial del papel de la entidad La tarea no parece concluida El Tesoro de EE.UU. quiere más intervención de los privados
Desde la crisis asiática hubo una gran discusión sobre el rol de los salvamentos, que hoy son menos En la última década del siglo XX hubo un rediseño parcial del papel de la entidad La tarea no parece concluida El Tesoro de EE.UU. quiere más intervención de los privados
Jorge Oviedo
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26 de agosto de 2001  

En los últimos años la Argentina nunca necesitó tanta ayuda de los organismos internacionales. Es verdad también que nunca en este período sufrió una depresión económica de tres años, como la actual, con deflación que incluye caída de salarios, de puestos de trabajo, de reservas y de depósitos bancarios.

En 1995, y con el efecto tequila erosionando a pasos agigantados el sistema financiero local, el entonces, como hoy, ministro de Economía Domingo Cavallo acudió a la ayuda del FMI.

Pero en aquellos tórridos días de verano no había un acuerdo en vigor con el organismo multilateral, sino uno caído, que la Argentina no había podido cumplir y a cuyos desembolsos había renunciado.

En octubre de 1994 Cavallo había anunciado que la Argentina no necesitaba de la ayuda del FMI y que renunciaba a los dos desembolsos que faltaban para que finalizara el acuerdo en marcha.

El representante del organismo en Buenos Aires hizo las despedidas de rigor, cerró la oficina en la sede del Banco Central y se marchó. Sólo quedó una oficina en Montevideo.

Pero todo cambió en diciembre. México devaluó y había serias sospechas sobre la Argentina. Desde hacía tiempo la recaudación caía.

La tasa de interés en los Estados Unidos -muy baja desde el inicio de la convertibilidad- había comenzado a subir en febrero y el mercado pedía más por los recursos prestados.

En julio entró en vigor la reforma previsional, por la cual los aportes personales de quienes optaron por el régimen de capitalización individual dejaron de ir al sistema jubilatorio estatal, que hasta entonces había tenido superávit gracias a que se había llevado parte de lo recaudado por las privatizaciones.

Además, hubo versiones de que la hiperactividad del entonces secretario de Ingresos Públicos, Carlos Tacchi, había sufrido un freno de origen político justo en el momento en que se había logrado reformar la Constitución y habilitar a las autoridades de entonces a que buscaran la reelección. Nadie quería apagones de vidrieras ni manifestaciones de comerciantes en contra de las clausuras de la DGI.

De modo que aunque del Ministerio de Economía no salían los informes sobre el resultado de las cuentas del sector público, todo el mundo descontaba en diciembre -incluso antes de la devaluación en México- que la Argentina había vuelto al rojo fiscal y que no podía cumplir con las metas del acuerdo en vigor. "Cavallo se fue del FMI", se decía por entonces.

Pero en los primeros meses de 1995 no tuvo más remedio que volver. Pedir una dispensa (waiver) por los dos trimestres incumplidos, aumentar los aportes patronales, que antes habían sido reducidos, y elevar -en principio por sólo un año- de 18 a 21% la alícuota del IVA.

Pero entonces la economía sólo acumuló cuatro trimestres con el PBI en caída. Los precios de los bienes básicos y de muchos industrializados que la Argentina exporta no cayeron y Brasil crecía y demandaba mercaderías de su principal socio en el Mercosur.

Hoy la situación es muy distinta.

El gran inicio del cambio fue la crisis asiática, que comenzó en Tailandia, Malasia y Filipinas en julio de 1997 y se extendió a Hong Kong en octubre y a Corea del Sur en diciembre.

Fue entonces cuando en Washington comenzaron las enormes discusiones acerca de si el FMI y el Tesoro de los Estados Unidos debían acudir en salvamentos para evitar las enormes convulsiones que se generaron.

Eran las épocas en que el columnista de The New York Times, Thomas Friedman, recogía el pensamiento de los senadores republicanos: "es hora de que los banqueros se corten el pelo".

Eran los partidarios de mezquinar y hasta negar los recursos de salvamento.

Entonces apareció la discusión sobre el "riesgo moral" (mortal hazard), con lo que se quiere definir al peligro de que los prestamistas vuelquen sus fondos de manera irresponsable a sabiendas de que no habrá quiebra y pérdida del capital por obra y gracia de los paquetes de ayuda.

Lentas modificaciones

Por entonces, el número dos del FMI y representante de los Estados Unidos -como es tradición, junto a la de dejar a un europeo en el primer puesto- defendía el ideario del presidente Bill Clinton y de Lawrence Summers y Robert Rubin, en el Tesoro.

En ese momento lo dijo muy claro: "No hacemos beneficencia con el FMI, cobramos intereses". Rubin insistía: "El FMI no les cuesta un centavo a los contribuyentes norteamericanos".

Pero dentro del propio FMI comenzó a cobrar cuerpo la idea de que "de algún modo" el sector privado debía involucrarse en los salvamentos. Es decir, pagar parte del costo de dar ayuda, de prestar cuando casi nadie quiere hacerlo.

Fischer repetía que a los países del sudeste asiático, que podían entrar en crisis terminal, iba el 20% de las exportaciones de los Estados Unidos. Y recordaba el riesgo de las devaluaciones competitivas en la brutal carrera en que se habían enfrascado los países en las primeras décadas del siglo XX y que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial.

Esta discusión aún no está saldada, aunque las ayudas a Turquía y la propia Argentina muestran que los republicanos han moderado en el poder las ideas que defendían desde el llano.

Aunque es evidente que no las abandonaron del todo. Juran que la fiesta de los megapaquetes de ayuda terminó. Es claro que la Argentina no tendrá otro.

Hombres en pugna

Daniel Marx

Viceministro de Economía

  • "Con el acuerdo logrado están dadas todas las condiciones para que la Argentina tenga una situación más tranquila. Ahora no hay más remedio que cumplir con el déficit cero"
  • Paul O´Neill

    Secretario del Tesoro de EE.UU.

  • "Parte del nuevo programa se dedicará, específicamente, a respaldar un canje voluntario de la deuda de la Argentina para ayudar a hacer más sostenible la situación fiscal del país"
  • Horst Koehler

    Director gerente del FMI

  • "Las autoridades argentinas también están considerando la posibilidad de una operación voluntaria de mercado para mejorar la viabilidad del perfil de vencimientos de la deuda"
  • Con virtual poder de veto

    El Fondo Monetario Internacional (FMI) está formado por los propios países, que pagan una cuota -calculada sobre la base de su riqueza- por asociarse. A partir de esa cuota se calculan los préstamos que el país puede recibir. Una, dos, tres veces o más la suma.

    Sobre la base de esa cuota se calcula también el valor de los votos, como si se tratara de una sociedad de accionistas. La Argentina tiene una cuota de 2117,1 derechos especiales de giro (DEG), la moneda del FMI. El DEG es una especie de canasta de monedas en la que el organismo lleva sus cuentas, otorga los préstamos y hace sus transacciones crediticias.

    Para la Argentina, su cuota equivale a poco más de US$ 2700 millones. Eso le da el 0,99% del poder de voto.

    Estados Unidos tiene una cuota de alrededor de US$ 48.000 millones, poco menos que todo un presupuesto nacional de la Argentina.

    Eso le da el 17,16 por ciento de los votos y un virtual poder de veto en las decisiones más trascendentes que deben adoptarse con mayorías del 80 por ciento o más.

    Por eso, entre muchos otros factores, era tan decisiva la opinión de los Estados Unidos en esta negociación con el FMI.

    Las fuentes de las negociaciones aseguraron que Paul O´Neill insistió en que el sector privado se involucrara primero. Y que los bancos extranjeros con los que la Argentina contrató un seguro contra corridas liberaran los recursos.

    Pero las reticencias de las entidades fueron un nuevo problema para seguir adelante, aseguran los informantes.

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