En los países de la eurozona, la llegada de la flamante moneda despierta todas las emociones

En Alemania están de duelo, mientras que en Francia hay alegría; llueven las críticas para las entidades financieras
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2 de diciembre de 2001  

ESTRASBURGO.- Quedan sólo tres chupetines en la máquina expendedora, pero Angelika Schwarz, responsable de su mantenimiento por estar instalada en la fachada de su confitería y hotel Gasthaus Sterner, en la calle principal de Kehl, se resiste a completar el contenido.

"Ya no vale la pena. En menos de un mes va a dejar de funcionar", explicó, al tiempo que le sacaba lustre con una franela. Durante 25 años, los chicos de esta ciudad alemana fronteriza con Francia se engolosinaron a toda hora colocando en la caja de vidrio de la Hauptstrasse una moneda de 50 pfennig (centavos) en la ranura y dando una vuelta de manija.

El rudimentario mecanismo permaneció imperturbable al avance de la cibernética, convirtiéndose así, sin saberlo, en un monumento urbano a la estabilidad de la economía alemana de la posguerra.

Pero la llegada del euro ha sido su sentencia de muerte. Con monedas de un tamaño y peso distinto en circulación, la máquina se tornará obsoleta. "Adaptarla al euro no es rentable, y por ahí tenemos que cambiar los precios en menos de un año -señaló Frau Angelika-. El euro perdió un 30% de su valor con respecto al dólar desde su aparición en 1999 en los mercados financieros y nadie sabe si la recuperación de los últimos será duradera."

Desconfianza "normal"

Thomas StrŠtling, analista del Instituto de Investigaciones Sociales Rheingold, considera normal la desconfianza de los alemanes. "Esa es una reacción racional, pero hay otra, más seria, que no lo es -advirtió-. Muchos están viviendo la partida del marco como el "entierro" de un viejo amigo. Y es por eso que están pasando por un período de duelo."

De este lado del Rhin, el euro despierta emociones totalmente opuestas. Aquí se lo espera con la alegría de la última vendimia del Beaujolais Noveau. Todo el mundo asegura que está listo para salir a hacer las compras con él y nadie tira una lágrima por el franco, que habrá visto la luz en 1360, pero que en el último siglo vio permutado su valor adquisitivo y denominación en más de una ocasión.

Los comerciantes, es cierto, rezongan porque durante casi un mes tendrán que seguir aceptando francos pero deberán dar los vueltos en euros. "Nos usan de cajas de caudales -protestó Marc Chargall, gerente del hotel Ibis Calais-. Nos están tirando el trabajo que deberían hacer los bancos."

Las entidades financieras son el Señor Avaro de este cuento de Navidad. Su insistencia en mantener comisiones por transferencias bancarias dentro de la eurozona, por más que se realizarán en una misma moneda, no las torna populares. Tampoco su tozudez en cobrarles a los pequeños comerciantes entre el 0,4 y el 1% de comisión por cada transacción que acepten con tarjeta de crédito, una opción que les habría evitado más de un rompecabezas inicial.

Y como si esto fuera poco, los sindicatos de empleados bancarios, en busca de reivindicaciones salariales, han llamado a la huelga para el 2 de enero, el primer día hábil del euro. Un acto de típica rebeldía gala teñida con una dosis de oportunismo.

Cada país adoptó una fecha distinta para despedirse de su moneda. En Alemania será el 31 de diciembre; en Irlanda, el 9 de febrero. Aquí será el 17 de febrero (el resto escogió el 28), lo que significa que desde el 1° de enero hasta esa fecha los que abonen con francos deberán recordar que cada euro equivale a 6,55957 franco antes de salir a reclamar un mal vuelto en la nueva moneda.

Para los lerdos en cálculos mentales los franceses inventaron el "convertisseur" (conversor) en euros, una calculadora fabricada en China que ya se ha convertido en el accesorio de moda en toda Europa. La mayoría de los bancos la ofrece a sus clientes en forma gratuita. También está a la venta en estaciones de servicio, supermercados y quioscos, ya sea con teclado grande para los miopes o con cubiertas de cuero multicolor para los adolescentes que la coleccionan. El Ministerio de Finanzas francés pagó por la distribución, entre discapacitados visuales, de una versión con impresora en braille.

Su uso reducirá altercados públicos, pero es probable que no impida "redondeos en alza" en los precios. Aunque no tanto como para afectar el nivel de inflación, porque la mayoría de las grandes compañías ya concretó el truco al colocar los dos valores en sus vitrinas. No subiendo las cifras en euros -enfrentándose así a la Comisión Europea-, sino adaptando las existentes en francos al equivalente más "gordito" de la nueva moneda.

Temores de fraude

Con un récord de 16 robos de camiones de caudales que cargaban euros en menos de un mes (la mayoría en Holanda, Italia y Francia), los europeos tienen razones para temer ser víctimas de un fraude. Las series de los billetes hurtados fueron anuladas, pero es probable que el consumidor promedio no lo descubra hasta que trate de depositarlos en un banco.

El euro ha creado serias confusiones sin pasar de mano en mano. La más insólita la acaba de protagonizar un irlandés radicado en España, David Hickey, beneficiado por un error cometido por su banco en Dublín. El les había ordenado girar 300.000 pesetas (unos 1560 dólares) pero le enviaron 300.000 euros (unos 260.000 dólares). Y él se niega a devolver el botín.

"El problema es de ellos. Yo ya le di un buen mordiscón la cereza que me mandaron y no voy a darles ni siquiera el carozo", sentenció, inmune a las amenazas de ser llevado a los tribunales por el Banco de Irlanda.

Estas anécdotas alimentan las conversaciones en los países que no forman parte de la eurozona (Reino Unido, Dinamarca y Suecia) con satisfacción patriótica. En ellos todo lo que sea "antieuro" es "pro soberanía nacional".

La prensa, que en el caso británico está en manos de norteamericanos, canadienses y australianos opuestos al proyecto europeo, no hace más que publicar noticias negativas.

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