En medio de la desolación, un rapto de nostalgia por Néstor Kirchner

Francisco Olivera
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18 de diciembre de 2011  

Néstor Kirchner valoraba a Guillermo Moreno, pero no siempre lo tomaba en serio. Podía incluso dejarlo en ridículo delante de terceros si lo creía oportuno. El día en que el secretario de Comercio Interior le llevó la idea de abrir una especie de mercado central en cada provincia, Kirchner le contestó que estaba loco. ¿Y van a tener que cerrar todos los comercios y los supermercados de los pueblos?, sonrió.

Con la Presidenta es distinto. Ultimamente sus consultas a Moreno por poco tienen la atención de quien trata con Ludwig Erhard, artífice del milagro alemán. Tanta fe académica en el economista inquieta a referentes del Gabinete. Por ejemplo, a Julio De Vido, que cuestiona cada vez más la estrategia del Gobierno para frenar la salida de capitales. La juzga torpe.

La solución del arquitecto era otra. Convocar, por ejemplo, a los cinco banqueros más importantes para pedirles colaboración sin asustar a los ahorristas. Pero no. Sábado de noviembre a las 9 de la noche, un hombre de negocios de buena relación con el Gobierno recibe una llamada de Moreno: Veo que tenés unos palitos para importar –empezó el secretario–. ¿No me los demorás dos semanas, así arreglamos esta cagada que nos está haciendo Brito [Jorge]?

La acusación al banquero, de buen trato con De Vido e inmejorable con Amado Boudou, es ya un clásico del ex militante de La tendencia. Al igual que una jactancia que les oyen quienes fueron en estos días a visitarlo a él y a Beatriz Paglieri, la secretaria de Comercio Exterior: Ni Beatriz ni yo les vamos a pedir nunca un mango, se ataja. Increíble: Moreno se ha propuesto ser sutil. Mencionar a la mosca blanca es siempre aludir al resto. Tendió además lazos con el grupo de economistas de La Cámpora, que también influye en la Presidenta. Por ejemplo, Iván Heyn, segundo de Paglieri, o el viceministro de Economía, Axel Kicillof, a quien llama ahora El buenmocito.

Esas ínfulas son las que perturban en su propio entorno. La semana pasada, Moreno andaba averiguando cuánto cuesta aquí producir un barril de petróleo. ¿Pensará meterse ahí? ¿Debería alarmarse aún más Sebastián Eskenazi, cansado ya de los desdenes telefónicos de la Presidenta desde que repartió dividendos? ¿Volverá Moreno a pelearse con De Vido, que ya se molestó una vez con él cuando lo vio meterse con las tarifas? Cualquier enfrentamiento entre ambos no es inocuo, por lo menos desde el punto de vista conyugal: Marta Cascales y Alessandra Miniccelli, casadas con Moreno y De Vido, respectivamente, son socias en la consultora de responsabilidad social empresaria Fonres SA.

De todos modos, el Gobierno entero parece estar aceptando el juego. En la noche del miércoles, en una despedida que le organizaron en La Torcaza –la casa de Carlos Pedro Blaquier en San Isidro–, Luis Kleckler evaluó la que supone razón de su mudanza desde la Secretaría de Comercio Exterior a la embajada en Brasil: darle esa herramienta a Moreno. Escuchaban Brito, Eduardo Eurnekian, José Ignacio de Mendiguren, Federico Nicholson, Santiago Blaquier y Cristiano Rattazzi, entre otros.

El problema de estas elucubraciones es que son incomprobables. Cristina Kirchner no comparte sus pensamientos. Así, los escasos contactos dan pie a interpretaciones. Estoy muy preocupada con las utilidades que giran las empresas al exterior, le dijo días atrás a un interlocutor que desde entonces deja volar la imaginación. De ese desvelo presidencial se ocupará la nueva Subsecretaría de Competitividad, que encabeza Augusto Costa, otro economista que reportará a Kicillof, su compañero de militancia en la UBA y en La Cámpora. ¿Será una dependencia antiempresarial, como sospechan las corporaciones?

Mejor será verla funcionar. De poco sirve hoy un sondeo en Olivos. Viejos confidentes de los Kirchner suelen explicar que ambos líderes siempre fueron propensos a creer en conspiraciones. Pero que cuando Néstor oía la idea de que otro le estaba jugando en contra, se sacaba inmediatamente la duda consultando a otros. Con Cristina es distinto: desde el momento en que ella escucha la versión hasta que la corrobora pueden pasar varios días. En esa parábola, el supuesto conspirador habrá sufrido el maltrato de quienes siempre se esmeran en colaborar con el proyecto. En eso anduvo Brito, hasta que recibió en estos días señales de que el encono hacia él no excedía los confines de Moreno.

Ese aislamiento resulta decisivo para gobernar. Podría incidir, por ejemplo, en la relación con Hugo Moyano. En las empresas y en los gremios coinciden en que sólo De Vido está en condiciones de recomponerla. Aunque el antecedente más cercano no es alentador. Hace un mes, mientras desde la Casa Rosada se acusaba a la Asociación del Personal Técnico Aeronáutico, que conduce Ricardo Cirielli, de fogonear el conflicto con los controladores aéreos, José María Olazagasti, secretario del ministro, se comunicó con los actores de la protesta. En la noche del sábado 12 de noviembre, la negociación parecía encaminada. Alejandro Granados (h.), jefe de la Administración Nacional de Aviación Civil, llegó a reunirse con los controladores en El Mangrullo, el restaurante de su padre e intendente de Ezeiza. Pero al día siguiente, desde El Calafate, Cristina Kirchner ordenó pedir a la Justicia la suspensión o la quita de la personería a APTA. Molesto, De Vido obedeció.

Otro efecto del ensimismamiento está en el mundo de los negocios. Hay quienes recuerdan casi con ternura los tiempos en que Olivos podía llegar a reunir a 15 empresarios merodeando a Néstor Kirchner. Ahora, el gran interlocutor es Mendiguren. Pero el nuevo rol del textil desencadena celos ocultos. Nadie sabrá, por ahora, si el aplauso que los industriales le dieron el miércoles, cuando Mendiguren los convocó a una reunión en su casa de San Isidro, fue sincero. El presidente de la UIA los agasajó con dos animales de su campo, puestos a las brasas desde las 10 de la mañana: un lechón y, lo mejor del día, un cordero de la raza scottish blackface, exquisitez de unas ovejas regaladas años atrás por Carlos Blaquier a Mendiguren. Un cordero casi sin grasa, ideal para una tarde de temas políticos pesados que la UIA acompañó, porque todo se aprovecha, con vinos Terrazas, sobrantes del Día de la Industria en el Hilton. Brasil ya no crece lo mismo, el sector local lo hace a la mitad que el promedio del año, y Moyano dejó de apuntalar el modelo: nadie está para despilfarros.

folivera@lanacion.com.ar

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