Es tiempo de que la Argentina vaya en busca del siglo perdido

Por Osvaldo Cortesi Para LA NACION
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27 de diciembre de 2001  

El país enfrenta una difícil situación cuya magnitud debe compararse con otros trascendentes momentos de sus ya cercanos dos siglos de vida, y que marcaron los tiempos posteriores. Ante la declarada necesidad de replantear los pagos de la deuda pública, como consecuencia de su incremento desmedido en la última década, se abre la oportunidad de cambiar la historia decadente que signó la mayor parte del siglo XX. Acertar en el diagnóstico de esta situación será esencial para ir, con liderazgo y convicción, en busca del tiempo perdido.

El siglo XX se podría representar gráficamente por medio de la evolución de uno de los indicadores de bienestar que se utilizan para comparar el desarrollo económico de los países a lo largo del tiempo; esto es, el producto bruto per cápita. Podríamos agregar otros indicadores, como la disparidad interna de esos ingresos, pero la síntesis presentada parece sobradamente esclarecedora.

El gráfico que acompaña la nota muestra la evolución del PBI per cápita en un grupo de países -hoy desarrollados-, desde 1880 -época conocida como la "primera globalización"- hasta 2000. La comparación se expresa en forma relativa al PBI per cápita de los Estados Unidos, al que se le asigna durante el período el valor 1. Es decir, que si un país tiene un PBI per cápita de 8000 dólares y EE.UU. uno de 10.000, el primero se registra como 0,8. Si luego de 10 años el primero pasa a tener un PBI per cápita de 10.000 y en los EE.UU. se alcanzan los 20.000 dólares por habitante el nuevo registro relativo será de 0,5.

Esta representación reúne a países que acertaron con su estructura institucional y con su estrategia de desarrollo a lo largo del siglo, como la Europa industrial (Alemania, Francia, Inglaterra, Holanda y Bélgica); la Europa periférica de fines del siglo XIX (España, Italia, Dinamarca, Finlandia, Portugal y Suecia); Japón y el nuevo mundo de entonces (Canadá, Australia y Nueva Zelanda) en relación con nuestro país, que ocupaba un lugar muy destacado.

En aquella primera globalización, la Argentina tenía una estrategia y una organización institucional que le permitía explotar sus recursos con un desarrollo sostenido y un bienestar económico creciente para sus habitantes (inmigrantes en una gran proporción). Se ubicaba en el sexto lugar por PBI per cápita en el nivel mundial, lo que equivalía en el momento pico, alcanzado en 1913, a más del 80% del producto per cápita norteamericano.

En 1890 también había sufrido una crisis de pagos en sus finanzas públicas, firmemente resuelta por el presidente Carlos Pellegrini ("la gran muñeca"). Luego, desde 1913, este indicador evidenció una caída permanente hasta llegar, a fines del siglo XX, a representar sólo un 35% del PBI per cápita de los Estados Unidos. Por el contrario, el resto de los países representados en el gráfico continuó con fluctuaciones su acercamiento a los niveles de bienestar que lograba la economía norteamericana, aunque ésta dio un salto fuerte en la última década.

Cuando en el futuro los científicos sociales analicen este largo período, coincidirán en que, para la Argentina, el siglo XX ha sido un siglo perdido en términos del bienestar que podrían haber logrado sus habitantes. La calificación englobará a toda su clase dirigente, en los planos político, empresarial, sindical e intelectual. Gobiernos y oposición, sus cambiantes formas, democracia y dictaduras, sus contenidos ideológicos, y sus variados modelos económicos, comparten por igual los pobres resultados.

Sin consenso

Faltó una visión estratégica consensuada, consistente con los cambios que se consolidaban en los demás países desarrollados, debilitando en consecuencia las instituciones esenciales para garantizar la certidumbre de una economía que pudiera ser "sustentable" y generadora de mayor bienestar.

La profundidad de la crisis actual es superior a la de la hiperinflación. Los recursos financieros para administrar el Estado se han ido licuando durante el siglo pasado. Luego de un período más estable, hasta la década del 30 -donde las rentas de la aduana ocupaban un rol central, permitiendo que el país no entrara en default cuando la mayoría de los países latinoamericanos no lo pudo evitar- siguió una etapa en la que recurrió al impuesto inflacionario.

Desembocamos en la hiperinflación, que es la máxima enfermedad de esa equivocada política, y pasamos a la venta de activos y el crecimiento del endeudamiento público con estabilidad monetaria. Con la convertibilidad se corrigió una distorsión, la emisión y el impuesto inflacionario, pero no se modificó la tentación de gastar más allá de las posibilidades de sustentabilidad de largo plazo.

La "mala praxis" de tantos años llegó a su final. Salir de este default es empezar a recuperar el tiempo perdido.

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