Escenario global: cuando las diferencias son sobre el modelo productivo

Cómo se trata a los animales, en el eje de las discusiones
Cómo se trata a los animales, en el eje de las discusiones Fuente: Reuters - Crédito: Enrrique Marcarian
The Economist
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13 de agosto de 2020  • 11:15

La secretaría de comercio internacional británica y su contraparte estadounidense, Robert Lightizer, se encontraron en Washington el 3 y 4 de agosto. Nadie esperaba un avance. Ambas partes previamente habían dicho que era improbable que se llegue a un acuerdo en 2020. Eso se debe en parte a que los alimentos, una de las cuestiones principales, representan una cuestión particularmente indigesta.

El problema es que la producción agropecuaria no es sólo una industria. Lo que la gente come y cómo produce sus alimentos es central a cómo se ven las sociedades así mismas.

Estados Unidos ve el Brexit como una oportunidad para exportar cerdo y pollo, entre otros alimentos, a través del Atlántico. A muchos británicos no les gusta esa idea. Las palabras "pollo clorinado" se están convirtiendo en un insulto en Twitter, como en la frase "este acuerdo es un pollo clorinado mal cocido".

El problema no es, de última, que los estadounidenses bañen su carne de pollo en cloro. Los consumidores británicos beben agua y comen lechuga tratada con cloro. La autoridad de seguridad alimenticia de la Unión Europea dice que este proceso no representa un riesgo para la salud. Las objeciones al clorinado de pollo son un síntoma de una división más profunda, entre sistemas normativos basados en distintas filosofías y distintos valores.

El sistema estadounidense se centra en el producto final y si lo que la gente se pone en la boca la enfermará. Los estadounidenses dicen que esto está "basado en la ciencia". Si los estudios no han demostrado que cierta práctica, tal como la de inyectar hormonas en las vacas para hacerlas más gordas, causa daño al consumidor, entonces es seguro poner esos productos en las góndolas de los supermercados.

Sobre esa base no hay motivo por el que los británicos no debieran aceptar los alimentos estadounidenses, que son tan seguros como los europeos. La comparación de las tasas de infección anuales con los tres parásitos que se reportan con más frecuencia en los alimentos y que son transmitidos por la carne muestra que están aproximadamente al mismo nivel en Estados Unidos y Europa.

Los europeos en cambio se basan en el "principio precautorio", que no sólo mira los efectos conocidos sobre la salud, sino que incorpora también preocupaciones más amplias respecto de los métodos de producción de la industria de los alimentos, aún cuando los estudios no hayan establecido que representan una amenaza para la salud humana. Esto llevó a que la UE impusiera una temprana prohibición de organismos modificados genéticamente. La prohibición ha sido relajada pero la normativa sigue siendo más dura que en Estados Unidos. La UE también ha adoptado una postura más dura en materia de pesticidas.

Donde se ubique Gran Bretaña en relación a esta línea divisoria es de gran interés y no sólo para los productores agropecuarios y los negociadores comerciales. Los ambientalistas defienden mantener la postura europea; los liberales en materia económica proponen adoptar una más proclive a la innovación.

El entusiasmo europeo por un sistema que lleve los alimentos directo del establecimiento agropecuario a la mesa y que regula los pasos por los que se producen los alimentos tanto como los alimentos mismos, es una ilustración de la diferencia entre las dos filosofías normativas. En Europa existe la búsqueda de que coexistan los establecimientos agropecuarios y los sistemas naturales, que no deben verse como competidores por la tierra.

Las peculiaridades culturales británicas destacan un tercer elemento: el bienestar de los animales. Esa es la fuente de preocupaciones respecto del clorinado de pollos. La oposición al uso de ese elemento químico proviene de la creencia de que los productores clorinan alimentos que se han ensuciado, tanto moral como físicamente, por malas prácticas de bienestar animal. Europa pide mejores condiciones para los pollos que Estados Unidos.

De modo similar algunos establecimientos hacen más rentable la cría de cerdos alojándolos más densamente en espacios más reducidos. Este método utilizado en el 75% de los establecimientos estadounidenses ha estado prohibido en Gran Bretaña desde 1999 y en Europa desde 2013. Y Gran Bretaña impone estándares de bienestar animal más elevados que Europa. Los mejores fiambres se hacen con la carne grasa de cerdo macho castrado, pero a los británicos no les gusta la idea de castrar a los cerdos para mejorar el salame, especialmente porque comúnmente se hace sin anestesia. Por lo que mientras los productores europeos como cosa de rutina castran a sus animales, los productores británicos que quieran obtener la calificación de calidad de la industria, con la etiqueta de Tractor Rojo, deben dejar intacta la masculinidad de los suyos.

El gobierno tiene que desandar un camino complicado entre las demandas de los negociadores comerciales estadounidenses, los productores británicos y los lobistas defensores del bienestar animal y de grupos ambientales. Actualmente avanza en el parlamento el debate de una ley agropecuaria para reemplazar la Política Agropecuaria Común de la UE. Tendrá que navegar entre estos intereses diferentes. En mayo el gobierno provocó el enojo de los lobistas del bienestar animal y ambientalistas rechazando una enmienda que hubiese asegurado que las importaciones de alimentos cumplieran con los mismos estándares requeridos de los productores británicos.

Pero el proyecto de ley contiene mucho de lo que quieren los que se preocupan por la naturaleza. Propone un principio de fondos públicos para el bien público, por el cual los productores serán recompensados por mejoras en la calidad del aire, el agua y el suelo y por promover ecosistemas biodiversos. Y el 28 de julio Truss lanzó una nueva Comisión de Comercio y Producción Agropecuaria para atender a todos los intereses en la cadena alimenticia, desde los productores agropecuarios pasando por la industria hasta los grupos defensores del bienestar animal. Pocos días más tarde el primer volumen de la Estrategia Nacional Alimentaria, una revisión independiente encargada por el gobierno del sistema alimentario británico, aconsejó que el gobierno debería aprovechar la "oportunidad que se da una vez en la vida" representada por el Brexit para proteger "los altos estándares ambientales y de bienestar animal" británicos.

Si un acuerdo comercial trae efectivamente carne barata estadounidense a Gran Bretaña, los productores locales tendrán dificultades para competir. Podrían terminar obteniendo la mayor parte de sus ingresos como custodios de la tierra, produciendo cantidades más pequeñas de carne más costosa, como ya sucede con algunos cortes vacunos. Ésa práctica podría extenderse..

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