Estuvo presa en Ezeiza, fue "trapito"y hoy es empleada modelo en un local de maquillaje

Catacora Hernández estuvo presa en el penal de Ezeiza y fue detenida varias veces por causas relacionadas con robos y drogas
Catacora Hernández estuvo presa en el penal de Ezeiza y fue detenida varias veces por causas relacionadas con robos y drogas Crédito: Santiago Cichero/AFV
Delfina Torres Cabreros
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22 de agosto de 2019  • 10:24

Un día de diciembre pasado, Nancy Catacora Hernández dejó el departamento que comparte con sus cinco hijos en La Boca y llegó hasta este local de maquillaje ubicado en la parte más elegante de la peatonal Florida, casi sobre la plaza San Martín. Era su primer día de trabajo, pero una vez en el lugar no se animó a entrar y solo pudo quedarse llorando en la puerta. Otras empleadas vieron desde adentro a la mujer paralizada en la vereda, salieron a buscarla y ella apenas pudo explicarles lo que le pasaba: era todo demasiado lindo y no podía creer que fuera real, que por primera vez, a los 47, tuviera un trabajo.

Cuando sus dos hijos más grandes eran todavía bebés, Nancy estuvo presa con ellos en el penal de Ezeiza en 2002 y pasó los años que siguieron entrando y saliendo de comisarías de la ciudad por causas relacionadas con robos y drogas, que también consumió por más de una década. "Era la vergüenza de mis hijos. Siempre llegaba el patrullero preguntando '¿Fulana de tal vive acá?' Les he hecho llevar una vida que no se merecía nadie", dirá después.

Pero ahora Nancy -blazer negro, blusa blanca, anteojos angulosos de marco acrílico y labios pintados de rosa- aparece entre las paredes repletas de productos de belleza y luces de camarín y pregunta: "¿Te maquillo o te hago las manos?". La suya es una historia dura y prefiere contarla mientras hace lo que aprendió en un curso al que llegó por casualidad y que se convirtió en el salvavidas que la sacó a flote.

Catacora Hernández vive en La Boca con sus cinco hijos, que tienen entre 19 y 7 años
Catacora Hernández vive en La Boca con sus cinco hijos, que tienen entre 19 y 7 años Crédito: Santiago Cichero/AFV

La última vez que la llevaron detenida, en 2017, fue especialmente violenta: allanaron su casa, rompieron cosas y le advirtieron que cuando su hijo mayor cumpliera 18 le seguiría los pasos y terminaría en un penal. "Estuve adentro un tiempito y salí por falta de pruebas. Mi hijo, llorando, me dijo 'Basta, vieja' y eso, la mirada de mis hijos, fue lo que me hizo decir listo, no lo hago más", cuenta Nancy, que llegó a la Argentina hace más de 20 desde Perú, donde nació.

Pero los días que siguieron y la decisión de sobrevivir sin recurrir a los atajos de antes fueron especialmente difíciles de sostener. "Esos casi dos años en la calle fueron terribles -dice-. Iba a los comedores a pedir comida, me peleaba por lo que sobraba, llamaba con diferentes nombres al SAME en las noches de invierno para que me den viandas, empecé a vender ropa usada, a cuidar coches en Parque Lezama. Siempre sin robar nada, ni un atún".

Un día Nancy se acercó a una oficina del gobierno a preguntar por una ayuda social y le hablaron del curso "Look que transforma", organizado conjuntamente por la empresa Farmacity y la Dirección de Readaptación Social del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación. "Me dijeron que con eso podía empezar a trabajar y yo me ilusioné, empecé a hacer planes. Pensaba en que podía comprarme una lima y salir a hacer las manos", recuerda.

Nancy empezó a ir al curso, que se dicta en una ex cárcel de mujeres ubicada en San Telmo, donde compartía el aula con otras compañeras ex convictas. Algunas tenían tobillera electrónica. "No falté nunca en los tres meses porque me daban de comer y, sobre todo, porque me trataban de igual a igual; ahí no era ninguna ex presidiaria, no era mala persona. Yo en ese curso me sentía bonita, me sentía querida, las maestras me hablaban, me enseñaron a levantarme más temprano y bañarme aunque sea con agüita, a arreglarme", dice. Nancy guardaba en el lugar del curso su mejor muda de ropa y se cambiaba para ir luego a cuidar coches a Parque Lezama, donde intentaba ganarse unos pesos sin ceder a las ofertas de sus compañeros, "mala gente que se drogaba a cuatro manos".

Luego de dos meses de prueba, Nancy fue contratada por Farmacity como parte de su equipo permanente
Luego de dos meses de prueba, Nancy fue contratada por Farmacity como parte de su equipo permanente Crédito: Santiago Cichero/AFV

Todavía la emociona recordar el día en que egresó. Le dieron un diploma, una valija con herramientas para trabajar y estuvieron acompañándola sus hijos más chicos. Después de muchas decepciones, los más grandes seguían sin creer que ese nuevo intento de su madre terminaría bien. "Yo ya había empezado a hacer maquillaje infantil con talco y crema, pero cuando me dieron mi valija con herramientas me fui a las plazas y me puse a esmaltar por $100 -recuerda-. Me alquilaba un puesto en Parque Lezama y no sabe cómo le daba. Todo el día haciendo uñitas. Le ponía ganas".

En diciembre la llamaron para trabajar dos meses a prueba en el local Look que Farmacity tiene en la peatonal Florida y así llegó el día en el que Nancy lloró en la puerta. Al principio, dice, todo fue muy difícil: desde controlar el tono de voz ("en la calle te acostumbrás a gritar y a decir palabras feas") hasta aprender el nombre de todos esos productos que ni sabía que existían. Todavía le cuesta recordar "ácido hialurónico".

Pasado el período de prueba se incorporó al equipo permanente del local y, según dicen sus compañeros, es una gran vendedora. "Yo sé que hago mis cosas bien. Me brillan los ojos cuando maquillo, cuando esmalto, me encanta hacer esto. Y vendo, vendo, trato de vender más porque quiero que la empresa vea que yo puedo dar resultados. Que digan: sí, Nancy puede, no nos equivocamos".

Lo más difícil fue aprender el nombre de todos esos productos de belleza que ni sabía que existían
Lo más difícil fue aprender el nombre de todos esos productos de belleza que ni sabía que existían Crédito: Santiago Cichero/AFV

Son palabras de gratitud arraigadas en muchos años de frustraciones. "He ido a fábricas a presentar currículum, me he presentado hasta para limpieza y por mis antecedentes nunca me han aceptado. Y cuando uno está como un sapo en el fango, que alguien te tire una soguita, como diciendo: ¿Querés salvarte?, agarrá. eso es una oportunidad que a mi nunca nadie me había dado. Nadie nunca me dijo: yo confío en ti, negra", dice.

Nancy llora y como cada vez que necesita controlar la emoción, vuelve a concentrarse en las uñas que tiene enfrente. "A mi no me gusta hablar de mi pasado, pero quiero que la gente sepa que se puede, que esto es real. Que la droga se puede dejar, que se puede dejar de ir a robar para darle de comer a tus hijos, que no necesitas a tu lado a ningún hombre que te lastime", agrega.

-¿Qué dicen tus chicos de vos ahora?

-Están orgullosos de su madre. Salgo a hacer las compras con ellos, no tenemos recelo, vivimos muy felices. Yo me di cuenta que no conocía bien a mis hijos, porque no tenía tiempo para ellos, vivía a otro ritmo.

Con su sueldo, más lo que cobra por hacer trabajos particulares de maquillaje y manicura, Nancy puede pagar clases de taekwondo para uno de sus hijos, de natación para otro. Su hijo más grande, que tiene 19 años, planea retomar el CBC para estudiar Medicina en la UBA y su hija de 17 quiere ser abogada penalista, jueza y, eventualmente, presidenta de la República Argentina. "Ahora ellos saben que todo se puede -dice Nancy-. Tienen ese ejemplo".

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