Griesa ayudó a Cristina más de lo que pidió el Papa

Jorge Oviedo
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23 de marzo de 2015  

Fue la diputada Elisa Carrió la que advirtió acerca de la intención de Cristina Kirchner de "malvinizar" la disputa en el juzgado de Nueva York con los bonistas que no aceptaron los canjes de deuda. Pero, en estos días, pareciera ser que el papel del fracasado Leopoldo Fortunato Galtieri lo asumió el juez Thomas Griesa. Fue el fallecido militar quien en 1982 con sus desafortunadas y temerarias decisiones confrontativas terminó por hacer renacer la agónica estrella de una líder política en decadencia: la Dama de Hierro, Margaret Thatcher.

Griesa llevó a la Presidenta al terreno que más le gusta y que mejor maneja: el de la confrontación a todo o nada. El juez acaba de autorizar otra vez al banco Citi a que pague los bonos que surgieron de los canjes y que fueron emitidos bajo legislación argentina. Y anticipó la autorización para junio próximo.

Primero, con sus negativas o tentativas, permitió a la Presidenta refugiarse en el nacionalismo de "patria o buitres". No hay duda de que esta batalla en el terreno político y mediático la ganó el Gobierno. Que además sumó puntos para sus argumentos de que detrás de las decisiones de la justicia norteamericana se esconden oscuros intereses políticos y económicos. Bastó con amenazarlos con quitarle la licencia al Citi en la Argentina.

¿Cómo entender, si no, las marchas y contramarchas del juez? Que se puede pagar, que no, que sí, que por esta vez. Una decisión ajustada a derecho no puede tener tantas revisiones de ocasión. ¿O sí?

Fue Polack, no el mediador designado por Griesa, Dan Pollack, sino el excelente pediatra argentino, Norberto, quien enseñó hace dos décadas a este cronista cómo conducirse con los hijos pequeños: "Si va a decir que sí, hágalo de entrada; no diga «no» para luego, ante la insistencia, ceder. El mensaje es confuso". Es un recuerdo más o menos literal.

Este argumento tan sencillo y certero para quien debe administrar la autoridad doméstica no le ha llegado, parece, a Griesa para casos de mucha mayor trascendencia.

En el Ministerio de Economía y en el Banco Central creen que Griesa juega un partido político. Y las últimas actitudes del juez les servirán de argumento. Habían previsto que tendría que retroceder y autorizar los pagos. Y que también deberá hacerlo con la jurisdicción inglesa, para no entrar en un conflicto de impredecibles consecuencias entre los tribunales de dos países socios y aliados.

Así, creen cerca de Alejandro Vanoli y de Axel Kicillof, la Argentina podrá volver a colocar bonos en la Argentina y en Europa, en la plaza de Londres, y conseguir los dólares que la administración de Cristina Kirchner necesita para llegar a octubre y aun a diciembre sin otro sobresalto mayúsculo.

En el equipo de Vanoli reconocen que varias veces vislumbraron una salida menos conflictiva. Hablan de momentos en que el juez neoyorquino parecía volcado a fallar en favor de la Argentina y obligar a los holdouts o buitres a aceptar el canje. Armar mediante la jurisprudencia un esquema de quiebras o bancarrotas para países.

Lo atribuyen a circunstancias políticas: "Fue cuando parecía que Mitt Romney [candidato republicano] ganaría las elecciones. Después ganó Obama y todo volvió a estar como antes", dicen. Creen que el litigante republicano Paul Singer y los tribunales, a los que acusan de prorrepublicanos, no habrían querido mantener un conflicto que podría complicar a una gestión propia. Con un odiado demócrata en la Casa Blanca es otra cosa.

También reconocen que, como reveló oportunamente LA NACION, casi hubo un acuerdo cuando en 2014 Kicillof viajó de Caracas a Nueva York y el entonces presidente del Banco Central le giró en secreto millones de las reservas. El ministro salió del tribunal con los pulgares en alto. Caminó hasta el consulado argentino y, en una flamígera conferencia de prensa, demolió el entendimiento. Fábrega lo llamó por teléfono satelital, para evitar escuchas. "¿Qué hiciste?", dice un testigo que le inquirió el entonces banquero central al ministro.

En el Gobierno dicen que al llegar al consulado Kicillof enfureció cuando supo que Dan Pollack había salido del encuentro y dicho: "La Argentina está en default". Eso, aseguran, disparó unos 900 millones de dólares en pagos de seguros contra default (CDS es la sigla en inglés). "Ése era el único objetivo de estos tipos, no arreglar, es mucha plata", señalan.

Creen ahora que están más cerca de conseguir el puente que permita volver a los mercados de deuda y transformar el conflicto en "abstracto, superado, sin importancia", con la única salvedad de que no podrán hacerse operaciones en Wall Street. Creen que no será un problema.

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