¿Hace falta viajar para las reuniones cumbre?

Juan Carlos de Pablo
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25 de noviembre de 2018  

El viernes y el sábado próximos, el G-20 , a nivel presidencial, sesionará en la ciudad de Buenos Aires. Los porteños somos conscientes de las molestias que ocasiona el encuentro, como cierre de calles y aeropuertos, manifestaciones con la consiguiente rotura de plazas, riesgos mayores, como el estallido de bombas, etcétera, además del costo en términos del mantenimiento de la seguridad de los argentinos y los extranjeros. Para que tengan sentido tanto costo y tanta molestia, ¿qué puede esperarse de la interacción de los primeros mandatarios de tantos países en beneficio de sus respectivas poblaciones?

Al respecto conversé con el norteamericano Lester Carl Thurow (1938-2016). Según Kathleen Brook y James Peach, Thurow analiza el proceso económico aplicando la teoría de los juegos, particularmente en La sociedad de suma cero, publicado en 1980. La tesis central del libro es que los cuellos de botella políticos impiden resolver los problemas económicos, porque como sociedad no queremos decidir quién tiene que afrontar los costos.

Otro tema recurrente en sus trabajos es que la porción estocástica del universo económico puede ser cuantitativamente importante con respecto a la porción determinística. Cuando esto es así, las recomendaciones de política económica basadas en modelos determinísticos pueden ser inapropiadas o inútiles, ratificando los peligros de lo que Joseph Allois Schumpeter denominó el vicio ricardiano.

-¿Para qué sirve, concretamente, una reunión del G-20 a nivel presidencial?

-El interrogante, que naturalmente no sirve para detener la inminente reunión que tendrá lugar en su país, pero puede servir para que esta sea la última reunión de este tipo, se puede responder en varios sentidos.

-Explíquese.

-Vale preguntar para qué sirve que los máximos responsables ejecutivos de los países se reúnan cara a cara si con la tecnología existente es necesario el traslado físico de los presidentes, primeros ministros, etcétera, y, también, a qué tipo de acuerdos pueden arribar representantes de 20 países que son heterogéneos desde el punto de vista de su situación económica, régimen político, etcétera.

-Vayamos por partes.

-La interacción personal entre máximos responsables ejecutivos de los países es muy importante. Winston Churchill documentó de manera atractiva y relevante, en 6 tomos, su versión sobre los que ocurrió en la Segunda Guerra Mundial. Cualquiera que se tome el trabajo de leer esa obra observará la importancia que le atribuyó a la interacción personalizada, principalmente con Franklin Delano Roosevelt y Joseph Stalin. Lo cual implicó viajar por barco o por avión, con muchas menos comodidades y muchos más riesgos que los actuales, y no una, sino varias veces.

-Pero entonces tiene sentido la reunión que tendrá lugar en la ciudad de Buenos Aires.

-Calma. ¿Sabe cómo se comunicaban, durante la primera mitad de la década de 1940, los tres líderes nombrados? Por carta, que en el caso de Churchill-Roosevelt se cuentan en varios cientos. Existía el teléfono, claro, pero no se había desarrollado una "cultura telefónica". Anna Jacobson Schwartz y Milton Friedman también se cartearon mientras escribieron La historia monetaria de Estados Unidos. Y durante la crisis de los misiles de 1962 no existía el "teléfono rojo" para que John Fitzgerald Kennedy y Nikita Sergueievich Kruschev pudieran hablar de manera directa. La situación es hoy completamente diferente.

-¿De qué está hablando?

-¿No se podría sentar cada uno de los líderes de los países que integran el G-20 delante de una cámara de televisión para interactuar con las 19 personas restantes? La interacción personal continuaría, pero no estarían ya los costos y los riesgos que generan los traslados físicos. Estoy hablando muy seriamente, literalmente estoy proponiendo que las próximas reuniones se desarrollen sin necesidad de movilizar a los altos funcionarios, con sus custodias.

-¿La propuesta que está haciendo se aplicaría a todas las reuniones, incluyendo las asambleas del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o las Naciones Unidas?

-Mi recomendación no es principista; quizá tenga sentido continuar con alguna reunión internacional. Pero parecería que en cada organización, cuanto mayor es el número de participantes menor es la posibilidad de lograr progresos significativos. Viene a cuento la historia de las "rondas" destinadas a reducir las barreras al comercio internacional, que llevó adelante el Acuerdo General de Aranceles y Comercio, actualmente transformado en la Organización Mundial del Comercio.

-Lo suyo luce nihilista.

-De ninguna manera. Pero eso de que los recursos son escasos y tienen usos alternativos no es algo que solamente se aplica a la producción de porotos y bufandas, sino también a las energías humanas y los recursos materiales que absorben los Estados en todo el mundo para implementar reuniones como la que inspiró esta conversación. Los gobiernos de los países deberían revisar seriamente el sentido que tiene este tipo de esfuerzos, averiguando qué relación existe entre esos esfuerzos y la mejora concreta de la población de los países involucrados.

-Don Lester, muchas gracias.

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