Hay espacio para nuevas crisis

Por Aldo M. Abram Para LA NACION
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2 de abril de 2006  

Con la caída del Muro de Berlín y la URSS, algunos se apresuraron a anunciar "el fin de la historia". Ahora, se pronostica "el fin de las crisis", dadas las grandes ganancias de los inversores y la bonanza que ha traído a los países de América latina el auge que vive el mundo en los mercados de activos financieros e inmobiliarios, basados en una gran liquidez internacional y economías del este de Asia que crecen fuertemente en la medida que avanzan hacia el capitalismo. ¿Será verdad o será sólo la necesidad de creer que las ganancias y los árboles pueden crecer hasta el cielo?

Sumémonos al mundo. Las crisis no existen pero:

Estados Unidos: ante el estancamiento que vivió su economía desde finales de 1999 y los bajos índices inflacionarios, la Reserva Federal decidió bajar sus tasas de interés desde 6% a apenas un 1% en el tercer trimestre de 2003. Si bien el resultado fue exitoso, a partir de 2001 el gobierno de EE.UU. pasó a tener un rampante déficit presupuestario y la economía empezó a crecer fuertemente. Ambas cosas implicaron un importante aumento de la demanda de crédito y una presión al alza de las tasas de interés, que la Reserva Federal se negó a convalidar. Para cubrir el aumento de la demanda de crédito, tuvo que emitir gran cantidad de dólares que la gente no demandaba para atesorarlos, sino para gastarlos.

La moneda norteamericana empezó a depreciarse y hacia mediados de 2004, las perspectivas inflacionarias se volvieron preocupantes. Para revertir estas tendencias, la Reserva Federal instrumentó subas graduales de sus tasas de referencia, que neutralizaran las presiones alcistas de la creciente demanda de crédito. Aunque el dólar no se fortalece, la apuesta generalizada es que la suba de la Federal Fund Rate a 5% o 5,5% mantendrá los bajos índices de precios actuales. Pero ¿si fuese necesario llevarla a 6,5%? La fuerte contracción de la liquidez ¿no afectará los flujos de capitales? La rápida apreciación del dólar, ¿no precipitará la baja de los commodities y de los activos financieros e inmobiliarios? Una agresiva suba de la tasa de EE.UU. ¿no arrastrará las de Europa y Japón? Todo esto ¿cómo afectará las economías emergentes?

Europa: los principales países de Europa están encontrando dificultades políticas para encarar las reformas estructurales necesarias para minimizar los costos en bienestar y actividad económica que implica la adaptación a la nueva revolución mediática e informática. A pesar de la excelente tarea realizada por el Banco Central Europeo para mantener estable el valor de su moneda, el euro, son constantes los embates en su contra que recibe de parte de quienes no quieren enfrentar un mundo que cambia y les es más fácil echarle la culpa a la joven moneda única. ¿Pueden las revueltas sociales y la resistencia al cambio de alemanes, franceses y otros europeos quebrar la solidez del euro? Los dolores de parto de la nueva economía europea ¿matarán el proceso de profundización de la Unión? Un aumento de la percepción de riesgo o una fuerte contracción de la liquidez internacional ¿podrían sumir a la UE en una crisis económica?

La Argentina: el proceso de recuperación económica de los últimos años se basó en una política monetaria y cambiaria que mantiene controlada, aunque alta, la inflación y en un elevado superávit fiscal primario. Sin embargo, para el Gobierno, el motor del crecimiento es el Estado. Sacarle un peso al sector privado y gastarlo desde el sector público genera crecimiento. Por ello, la presión tributaria se ubica en niveles récords y no interesa asignar parte del enorme aumento de la recaudación a la búsqueda de un sistema impositivo más justo y eficiente. Mantener la solvencia fiscal es un costo que es necesario asumir para poder aplicar el resto de sus políticas:

El Estado determina el modelo económico, por lo que debe intervenir para fijar los precios relativos, dirigir la inversión hacia donde lo considere conveniente, influir arbitrariamente en la determinación de los costos empresarios, estatizar las obras de infraestructura o directamente los servicios públicos (correo, energía, aeronavegación, ferrocarriles, aguas, etcétera).

El principio básico de gestión es la redistribución del ingreso, no solamente a través del gasto estatal asistencialista, sino de aumentos de sueldos por decreto, cambios en las condiciones laborales, congelamiento de tarifas de servicios públicos, acuerdos o controles de precios, restricciones a las exportaciones, etcétera.

Con una política monetaria de tipo de cambio alto que lleva a niveles de inflación alto, la gente ¿no podría empezar a huir del dinero? Los acuerdos de precios ¿no terminarán en el establecimiento de precios máximos? Los aumentos de retenciones y las prohibiciones de exportar ¿no se volverán una constante?

Las empresas de servicios públicos vieron quebrados unilateralmente por el Estado sus contratos y las normas que los regulaban. Con tarifas congeladas y una gran incertidumbre sobre su evolución futura no habrá inversiones. Cuanto más alta sea la inflación, habrá menos chances de que el Gobierno suba las tarifas, pero también será menor el valor real de lo que cobran las prestadoras. ¿Cómo acaba este círculo vicioso? ¿Hasta cuándo la acumulación de inversiones anterior a la crisis permitirá sostener la cantidad y calidad de las prestaciones? ¿Cuántos servicios públicos terminará reasumiendo total o parcialmente el Estado?

Conclusión: las crisis no existen pero, que las hay, las hay.

De hecho, se pueden dar otros ejemplos además de los expuestos, desde una pandemia de gripe aviaria hasta algún conflicto de magnitud en alguna parte neurálgica del mundo.

Por ende, los gobiernos, las empresas y los inversores deben actuar con prudencia previendo los riesgos y posicionándose adecuadamente ante ellos.

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