Los mercados dan alertas ante los temores de que caiga la economía global

Los rendimientos de los bonos y los precios de las divisas y las commodities muestran signos preocupantes; las tres luces de alerta que se encendieron
Los rendimientos de los bonos y los precios de las divisas y las commodities muestran signos preocupantes; las tres luces de alerta que se encendieron Fuente: AFP
The Economist
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18 de agosto de 2019  

Encontrarle sentido a lo que pasa en los mercados financieros es como buscar patrones en un mar embravecido. La información que emerge es producto de compras y ventas que hacen las personas, con todas sus contradicciones. Los precios reflejan una mezcla de emociones, prejuicios y frío cálculo. Pero, tomados en su conjunto, los mercados expresan algo sobre el ánimo de los inversores y el humor reinante. Y el ánimo dominante en los mercados hoy, como también ha sido durante gran parte de la última década, no es de complacencia, sino de ansiedad.

Un hecho en el cual eso se hace evidente es el apetito asombroso por los activos que resultan más seguros: los bonos estatales. En Alemania, donde la última estadística difundida indica que la economía se está achicando, las tasas de interés son negativas, tanto para los depósitos a 24 horas como para los bonos a 30 años. Entonces, los inversores que compren y retengan bonos hasta su madurez, tendrán una pérdida. En Suiza los rindes negativos se extienden a los bonos a 50 años. Incluso en la Italia endeudada y proclive a la crisis un bono a 10 años rinde solo 1,5%.

Mientras tanto, en Estados Unidos la curva se invierte: las tasas de interés para los bonos a 10 años están más bajas que las de los papeles a tres meses. Es una situación peculiar que anticipa una recesión.

La angustia es evidente en otras latitudes. El dólar como moneda de resguardo elevó su cotización frente a muchas otras divisas. El oro está en su precio más alto en seis años. Los precios del cobre, un indicador del estado de la industria, han caído fuertemente. El valor del petróleo ha caído a US$60 el barril.

Hay quienes temen que estas señales extrañas anticipen una recesión global. Y lo cierto es que se están acumulando nubes de tormenta. En China, la producción industrial está creciendo a su ritmo más lento desde 2002. La expansión de Estados Unidos, que lleva una década, es la más prolongada de la que se tenga registro y la sensación es que hace tiempo que debió haber una baja. Los inversores temen que el mundo se vuelva como Japón, con una economía torpe que se debate con la deflación y que, por tanto, es proclive a retroceder.

Temor, no realidad

Pero lo cierto es que hasta ahora la recesión es un temor y no una realidad. La economía mundial sigue creciendo, aunque a un ritmo menor que en 2018. Su fortaleza se basa en el consumo, en particular en Estados Unidos. Hay mucho empleo, los salarios están en alza, el crédito es abundante y la nafta, barata. Además, hubo pocas señales de la exuberancia que suele preceder a una caída.

Los directorios de las compañías que cotizan en bolsa y los accionistas a los que supuestamente sirven apuestan a lo seguro. Las empresas son ahorristas en términos netos y los inversores han apoyado a las firmas que generan dinero sin tener que gastar mucho en activos fijos. Esto se ve en el contrapunto existente entre la bolsa estadounidense en alza, dominada por firmas de internet y de servicios de escaso capital fijo que dan ganancias, y las bolsas europeas, que crujen bajo el peso de los bancos y las automotrices.

Si no ha habido boom y la economía mundial aún no está en quiebra, ¿por qué los mercados están tan ansiosos... La mejor respuesta es que las firmas y los mercados se debaten con la incertidumbre.

Ese factor, y no los aranceles, es el mayor daño causado por la guerra comercial entre Estados Unidos y China. La disputa se ha extendido desde las importaciones de algunos metales industriales a categorías más amplias de productos acabados. Se abrieron nuevos frentes, incluyendo las cadenas de producción de tecnología y, este mes, también las divisas. En momentos en que Japón y Corea del Sur permiten que sus diferendos históricos deriven en una disputa comercial, no está claro quién será el próximo en dejarse arrastrar a la contienda. Como es difícil revertir grandes inversiones, las firmas no están inclinadas a concretarlas.

Una medición de JP Morgan Chase sugiere que, a nivel global, las inversiones de capital están cayendo. Las señales de una inversión limitada aparecen en encuestas que muestran caídas en el ánimo de los empresarios, en la producción industrial del mundo en baja y en el tartamudeo de las economías dominadas por la actividad manufacturera, en particular, la alemana.

Los bancos centrales también están ansiosos y hacen más laxas sus políticas. En julio, la Reserva Federal bajó los tipos de interés por primera vez en una década, como reaseguro contra una caída. Es probable que a ello le sigan más recortes. Los bancos centrales de Brasil, la India, Nueva Zelanda, Perú, Filipinas y Tailandia han reducido sus tasas testigo desde que actuó la Fed. Es probable que el Banco Central Europeo retome su plan de compra de bonos.

Pese a estos esfuerzos, la ansiedad podría convertirse en alarma y el crecimiento lento podría transformarse en recesión. Vale la pena seguir tres señales de alerta.

Tres luces de alerta

La primera está vinculada al dólar, que es un termómetro del apetito por el riesgo. Cuanto más los inversores se refugian en la seguridad del billete verde, tanto más es señal de que ven peligro por delante.

En segundo lugar vienen las negociaciones comerciales entre Estados Unidos y China. En la semana que pasó, el presidente Donald Trump demoró inesperadamente la aplicación de los aranceles anunciados el 1º de agosto para algunas importaciones, lo que generó esperanzas de que se llegue a un acuerdo. Eso podría ser favorable para sus propios intereses, porque una economía en acenso es crítica para sus perspectivas de reelección en 2020. Pero puede ser que esté calculando mal las probabilidades de una caída de la actividad.

El tercer factor al que hay estar atentos es el de los rindes de los bonos corporativos en Estados Unidos. Los costos de financiamiento se mantienen llamativamente bajos. Pero el spread -el rinde extra- que los inversores requieren para retener deuda corporativa más riesgosa ha comenzado a incrementarse. Si el creciente nivel de ansiedad fuera a causar una explosión de los spreads, a las firmas altamente endeudadas les resultaría más costoso renegociar sus vencimientos. Eso las llevaría a reducir sus nóminas y sus inversiones para poder cumplir con el pago de intereses. Entonces, se acercaría la probabilidad de una recesión.

Cuando en el futuro se ponga la mirada en el pasado (es decir, en el hoy) se encontrarán abundantes inconsistencias en la configuración de los precios de activos.

La ansiedad extrema en los mercados de bonos puede llegar a verse como una forma de irresponsabilidad. Por ejemplo, ¿cómo pudieron los mercados llegar a ligar el ascenso del populismo con el temor a la deflación? Es una idea extraña que una repentina caída de la actual ansiedad pueda llevar a violentos cambios de precios.

Traducción de Gabriel Zadunaisky

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