La Argentina busca inversiones

(0)
25 de septiembre de 2005  

Que el Poder Ejecutivo declare que el país busca inversores es una gran noticia. Lo es porque la inversión es imprescindible para el crecimiento y la distribución del ingreso. Regla número uno entonces: tratar bien a los inversores que ya están en el país, pues ellos están en la gatera para invertir y serán los referentes para los que puedan venir.

Si en los próximos cinco años la economía creciera al 8% anual, al cabo del quinquenio tendríamos que la producción -y, por ende, la torta a repartir- será un 50% más grande que la de hoy día. Esa tasa constante del 8% anual sólo es técnicamente posible si se incrementan los niveles actuales de inversión.

En los últimos 50 años, entre todos los sectores nos hemos pasado tironeando el mantel en una puja distributiva que repartió más de lo que se producía, desalentando así la inversión. Y el país vivió cinco décadas de estancamiento y logró el macabro récord de que se triplicaran los índices de pobreza, de que desapareciera buena parte de las empresas nacionales -grandes, medianas y pequeñas- y de que se atrofiara el espíritu emprendedor de los argentinos. Ello sucedió mientras los otros países de América latina evolucionaron y mejoraron sustancialmente el nivel de vida de sus pueblos.

¿Por qué se atrofió esa capacidad de iniciativa, que era una marca registrada del país? La maraña de reglamentaciones y las altas tasas impositivas por un lado y la inestabilidad, la inseguridad jurídica y los cambios en las reglas de juego por el otro, hacen que no sea sostenible un proyecto productivo en el largo plazo. Salvo que tenga una posición cuasi monopólica o una masa crítica tan importante que le otorgue viabilidad a un negocio, los nuevos emprendimientos están condenados en el mediano y largo plazo al fracaso. Sólo pueden sobrevivir mientras se mantengan en una pequeña escala que les permita evadir los impuestos asfixiantes.

Si se pretendiera actuar de manera intolerante con las reglamentaciones e impuestos que gravan a las pymes y se pudiera actuar fácticamente a la misma vez contra todas ellas, se produciría una contracción tan fuerte que podríamos llegar a experimentar otro colapso. Las pymes, tan fundamentales en la economía nacional, sólo pueden sobrevivir gracias a que buena parte de su actividad se mantiene en la informalidad. Pero los impuestos que no pueden afrontar deben sobrecargarse en la tasa a los grandes contribuyentes, la que pasa a ser tan elevada que desestimula la inversión.

Por ello, luego de las elecciones de octubre, el país se enfrentará con una disyuntiva clave en la que se dilucidará si está buscando realmente inversores o si se trata de un juego discursivo. La opción fundamental está en el destino que se dará a partir de entonces al superávit fiscal. Si se usa para que el Gobierno aumente el clientelismo en vistas a las presidenciales del 2007, acrecentando las dádivas y los subsidios, veremos que se ha optado por la demagogia. Si, en cambio, el superávit se usa para buscar mecanismos que estimulen la inversión, bajando impuestos y dando garantías de estabilidad y respeto a las reglas de juego, comprobaremos que se eligió el camino del crecimiento.

Si el Estado continúa buscando a qué inversores les va bien para subirles los impuestos, sabremos que el país sigue con la misma decepcionante actitud de estancamiento en que ha vivido por 50 años.

Es cierto que si los precios de un sector suben -los lácteos, por ejemplo- eso afecta los índices de inflación y aumenta el caudal de pobreza.

Pero pretender contener la inflación aumentando impuestos es apenas un parche que agrava a la larga el problema, pues esos impuestos desalientan inversiones en un sector que estaba resurgiendo luego de una profunda crisis, y sin inversión no aumenta la producción global, que es la única forma de que haya más bienes para consumir. Es verdad también que desincentivar la inversión en un sector específico no tiene un impacto tan decisivo sobre la tasa global de inversión, pero una fracción en un rubro, más otra en otro, completan los puntos que el país necesita para pasar de la recuperación al crecimiento. Ese desestímulo tiene además el pernicioso efecto de asustar a inversores en otros sectores e instalar el clima de desconfianza.

Es ciertamente desalentador para un inversor comprobar que de un plumazo, el Estado, sin poner un solo centavo, se vuelve en socio parasitario de su negocio, arrancándole -por sobre los impuestos que ya le cobraba- un 20% de todo lo que ese inversor exporta. Nadie arriesga invirtiendo si la plusvalía la quitan políticos para repartir subsidios.

La inversión es un proceso que no tiene ideología, no es de izquierdas ni de derechas, es apenas el único instrumento conocido para que en cualquier comunidad, socialista o capitalista, pueda crecer la torta común.

El día que los inversores sientan que los impuestos son parejos para todos (ganen mucho o poco), que intuyan que el Estado se congratula cuando haya sectores que progresen y empresas que se capitalicen, y que perciban que cree con convicción que esa es la vía genuina para aumentar la riqueza colectiva, ese día los inversores se sentirán espontáneamente invitados a apostar por el país. Y lo harán, pues la Argentina sigue siendo una panacea de oportunidades. Y ese será el verdadero despegue que tanto hemos anhelado. Así de simple.

El autor es empresario.

Que el Poder Ejecutivo declare que el país busca inversores es una gran noticia. Lo és porque la inversión es imprescindible para el crecimiento y la distribución del ingreso. Regla N° 1 entonces: tratar bien a los inversores que ya están en el país, pues ellos están en la gatera para invertir y serán los referentes para los que puedan venir.

Si en los próximos 5 años la economía creciera al 8% anual, al cabo del quinquenio tendríamos que la producción -y por ende, la torta a repartir- será un 50% más grande que la de hoy día. Esa tasa constante del 8% anual solo es técnicamente posible si se incrementan los niveles actuales de inversión.

En los últimos 50 años, entre todos los sectores nos hemos pasado tironeando el mantel en una puja distributiva que repartió más de lo que se producía, desalentando así la inversión. Y el país vivió 5 décadas de estancamiento, logrando el macabro record de triplicar los índices de pobreza, de que desaparezcan buena parte de las empresas nacionales -grandes, medianas y pequeñas- y de que se atrofie el espíritu emprendedor de los argentinos. Ello sucedió mientras los otros países de América Latina evolucionaron y mejoraron sustancialmente su capacidad productiva y el nivel de vida de sus pueblos.

¿Por qué se atrofió esa capacidad de iniciativa, que era una marca registrada del país? La maraña de reglamentaciones y las altas tasas impositivas por un lado y la inestabilidad, la inseguridad jurídica y los cambios en las reglas de juego por el otro, hacen que no sea sostenible un proyecto productivo en el largo plazo. Salvo que tenga una posición cuasi-monopólica o una masa crítica tan importante que le otorgue viabilidad a un negocio, los nuevos emprendimientos están condenados en el mediano y largo plazo al fracaso. Solo pueden sobrevivir mientras se mantengan en una pequeña escala que les permita evadir los impuestos asfixiantes. Si se pretendiera actuar de manera intolerante con las reglamentaciones e impuestos que gravan a las pymes y se pudiera fácticamente actuar a la misma vez contra todas ellas, se produciría una contracción tan fuerte que podríamos llegar a experimentar otro colapso. Las pymes, tan fundamentales en la economía nacional, solo pueden sobrevivir gracias a que buena parte de su actividad se mantiene en la informalidad. Pero los impuestos que ellas no pueden afrontar, debe sobrecargarse en la tasa que grava a los grandes contribuyentes, la que pasa a ser tan elevada que desestimula la inversión. Es por ello, que luego de las elecciones de octubre, el país se enfrentará ante una disyuntiva clave en la que se dilucidará si está buscando realmente inversores, o si se trata de un juego discursivo. La opción fundamental está en el destino que se dará a partir de entonces al superávit fiscal. Si se usa para que el gobierno aumente el clientelismo en vistas a las presidenciales del 2007, acrecentando las dádivas y los subsidios, veremos que se ha optado por la demagogia. Si en cambio, el superávit se usa para buscar mecanismos que estimulen la inversión, bajando impuestos y dando garantías de estabilidad y respeto a las reglas de juego, comprobaremos que se eligió el camino del crecimiento.

Si el Estado continúa buscando a que inversores les está yendo bien para subirles los impuestos, sabremos que el país sigue con la misma decepcionante actitud de estancamiento en que ha vivido por 50 años.

Es cierto que si los precios de un sector suben -los lácteos por ejemplo- eso afecta los índices de inflación y aumenta el caudal de pobreza. Pero pretender contener la inflación aumentando impuestos es apenas un parche que agrava a la larga el problema, pues esos impuestos desalientan inversiones en un sector que estaba resurgiendo luego de una profunda crisis, y sin inversión no aumenta la producción global, que es la única forma para que haya mas bienes para consumir. Es verdad también que desincentivar la inversión en un sector específico no tiene un impacto tan decisivo sobre la tasa global de inversión, pero una fracción en un rubro, más otra en otro, van completando los puntos que el país necesita para pasar de la recuperación al crecimiento. Ese desestímulo tiene además el pernicioso efecto de asustar a inversores en otros sectores e instalar el clima de desconfianza.

Es ciertamente desalentador para un inversor comprobar que de un plumazo, el Estado, sin poner un solo centavo, se vuelve en socio parasitario de su negocio, arrancándole -por sobre los impuestos que ya le cobraba- un 20% de todo lo que ese inversor exporta. Nadie arriesga invirtiendo si la plusvalía la quitan políticos para repartir subsidios.

La inversión es un proceso que no tiene ideología, no es de izquierdas ni de derechas, es apenas el único instrumento conocido para que en cualquier comunidad, socialista o capitalista, pueda crecer la torta común.

El día que los inversores sientan que los impuestos son parejos para todos (ganen mucho o poco), que intuyan que el Estado se congratula cuando haya sectores que progresen y empresas que se capitalicen, y que perciban que cree con convicción que esa es la vía genuina para aumentar la riqueza colectiva, ese día los inversores se sentirán espontáneamente invitados a apostar por el país. Y lo harán, pues la Argentina sigue siendo una panacea de oportunidades. Y ese será el verdadero despegue que tanto hemos anhelado. Así de simple.

El autor es empresario

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?