La Argentina se muestra limitada para el cambio

Un ranking de la consultora KPMG, que mide la capacidad para afrontar transformaciones ante un nuevo escenario internacional en los próximos 15 años, muestra el rezago del país; está en el puesto 88 entre 127 estados
Luján Scarpinelli
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16 de agosto de 2015  

Erradicar la pobreza extrema, poner fin a la desigualdad, mejorar la educación y la salud y construir una conciencia sustentable. No son lemas de la campaña hacia octubre; se trata de algunas de las metas de desarrollo que 193 líderes plasmaron en un borrador de la agenda global hacia 2030. Difícilmente algún habitante del mundo se opondría a la nómina de buenos propósitos que terminará de definirse el mes próximo en la Asamblea de Naciones Unidas, en Nueva York, donde participará la Argentina. Pero, ¿qué posibilidades existen de que estos ideales lleguen a realizarse en los próximos 15 años en el país?

Un estudio de la consultora KPMG, que analiza la aptitud para el cambio de más de un centenar de naciones, ubica a la Argentina en una posición rezagada, como resultado de la evaluación del sector público, empresas y personas. En el Change Readinees Index (CRI), un índice elaborado por la firma internacional que pondera cuán preparadas están para el cambio 127 naciones, la Argentina se encuentra en la mitad inferior, en el puesto 88.

Para Gabriel Berger, director del Centro de Innovación Social de la Universidad de San Andrés, el resultado "se corresponde con la ausencia de procesos de diálogo en el país, en relación con las metas que se vienen discutiendo y sirven de marco para políticas púbicas en otros países". La discusión local, opina Berger, está disociada de la agenda de desarrollo internacional en términos de inclusión social y desarrollo sustentable. "No hay agenda de mediano y largo plazo", sentencia.

Según KPMG, el posicionamiento en el ranking significa que el país tiene una eficiencia limitada para anticipar, preparar y responder a cambios que permitan aprovechar oportunidades. Esto significa que la Argentina es endeble frente a un shock financiero, la inestabilidad social o los desastres naturales; y es menos propensa a experimentar cambios en el plano estatal y económico y a implementar avances tecnológicos. Hechos de la realidad de estos días parecen alineados con esas observaciones: el resultado de las elecciones primarias, las inundaciones, o las limitaciones en el acceso a algunas tecnologías de punta.

"La incertidumbre que supone pensar el futuro hace que exista en el país un conservadurismo del presente, un enamoramiento de las condiciones que son mejores que el pasado inmediato, aun sin una visión de progreso generacional hacia adelante", reflexiona Fernando Straface, director ejecutivo del Cippec.

En contraste con la Argentina, la consultora destaca el caso de Chile, que forma parte de la primera veintena del ranking global y está por delante de Estados Unidos. Otros países del vecindario como Uruguay, Perú o Brasil, también aparecen en mejores posiciones que la Argentina, mezclados en el pelotón de los que superan la media. También aquí, el posible consuelo, al que habitualmente se apela al hablar de inflación, es Venezuela. El desempeño del país que preside Nicolás Maduro es el peor entre los ponderados de la región; quedó ubicado en el tramo final de la lista, junto a una mayoría de estados del continente africano.

En ésta, la tercera edición del índice, participaron un total de 1270 expertos de todo el mundo, integrantes de agencias de desarrollo, del sector privado, de dependencias gubernamentales y de entidades de la sociedad civil. Sus opiniones fueron recolectadas en 22 encuestas, realizadas entre octubre y enero últimos por investigadores de Oxford Economics.

El estudio releva distintas dimensiones, en las que la Argentina arroja resultados bien distintos. Tanto, que si se hiciera un ranking que sólo tomara en cuenta la capacidad de cambio de la sociedad, el país avanzaría varios casilleros, para ubicarse en el puesto 51. Y dejaría por detrás, entre muchos otros, a China, la segunda economía del mundo.

En el Change Readiness Index, los países de cinco continentes parecen seguir un orden muy diferente al que surgiría si se ordenaran según su riqueza. Aunque es uno de los más fuertes condicionantes: las primeras 22 posiciones están ocupadas por países de altos ingresos. "En general, eso tiene que ver con que esos países son los que tienen el mejor marco institucional para afrontar un evento no esperado, o para emprender cambios en forma proactiva", dice Straface.

De todos modos, se explica en el informe de KPMG que "la diversidad económica, geográfica, política y cultural de los primeros diez países del ranking muestra que no hay un solo factor que determine la aptitud para afrontar el cambio". Se advierte que los recursos naturales no son garantías y se asocia a la desigualdad con una baja predisposición para el cambio. Pero hay más.

Múltiples variables miden la apertura en el camino hacia 2030 a nivel gobierno, empresas y personas. En los primeros dos, sobre todo, surgen las deficiencias que explican el retraso de la Argentina.

En el caso del Estado, uno de los rasgos destacados para que las instituciones puedan conducir e impulsar el cambio es "la construcción de un marco macroeconómico de previsibilidad que minimice los riesgos de las fluctuaciones en la moneda y la inflación". Contar con "políticas amigables" para las empresas, con mínima interferencia política y mínima corrupción es otro de los aspectos sobre los que se erige la evaluación en el nivel público. Si algo caracteriza a la macro local son sus sobresaltos, al igual que el intervencionismo estatal.

KPMG destaca además la importancia de las regulaciones que persigan el interés público y alienten el desarrollo económico. Entre una decena de aspectos, el estudio hace foco en el balance de las cuentas públicas y el gasto eficiente. A nivel local, conspiró en la medición el déficit fiscal en aumento, al igual que el gasto, que se disparó motivado por una persistente política de subsidios.

La aptitud de cambio a nivel estatal releva también la seguridad jurídica, alimenticia y de infraestructura (incluso, la provisión de energía), y abarca la seguridad en el sentido más básico de la palabra. Cualquiera de los ítems mencionados puede explicar el puesto obtenido por el país. De allí que, de los tres pilares del índice, el de gobierno sea el de peor puntaje.

Alicia Caballero, decana de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Católica Argentina (UCA), cree que el índice refleja una "cultura cortoplacista" en la Argentina. "No es que no exista una visión de largo plazo, hay un debate de modelo de desarrollo; el problema es que la política de estado es pendular; de épocas muy aperturistas, pasamos a vivir con lo nuestro y así, la mirada hacia adelante es errática", analiza.

Por el lado de las empresas, la situación no es mucho mejor. La habilidad del sector privado para alcanzar las metas fijadas a 15 años está asociada, por ejemplo, al desarrollo de las empresas en una economía abierta. Según argumenta KPMG, la inclusión de este indicador tiene que ver con que "la competencia estimula al mercado doméstico y guía a la innovación y nuevas industrias". Otro punto en contra para las políticas locales, que han ido en dirección contraria en los últimos años.

El estudio señala que una forma de evaluar a las empresas con mayores oportunidades hacia el futuro es el gasto en innovación y desarrollo. Y su desempeño en un ambiente de negocios favorable para inversiones de riesgo que permitan responder a los virajes de los mercados. Otra vez, la escasa llegada de capitales al país expone el rumbo opuesto.

Nada de lo dicho, como tampoco el cuidado del medio ambiente y la sustentabilidad, escapa a la influencia del Estado. "Si tu problema es la subsistencia -advierte Caballero-, difícilmente puedas pensar en innovar y en ser sustentable".

En relación a las personas, el conjunto de variables incluye al capital humano. La educación de la fuerza de trabajo es, al fin, una fortaleza de la Argentina en miras a adaptarse al cambio y competir a nivel global. En este caso, según alertan los especialistas, el deterioro de la calidad puede poner trabas a futuro. De igual manera es clave el emprendedorismo motorizado por las nuevas generaciones, un dinamizador por excelencia de las economías en cuanto a innovación, competitividad y fuentes de empleo genuino. El desafío hoy, dice Caballero, es el capital de riesgo.

En materia de cambio político, el politólogo Marcos Novaro pone un reparo a la predisposición de la sociedad: "La inestabilidad crónica y las frustraciones políticas nos han vuelto más impotentes para el cambio, para un sano reformismo, y mientras soñamos con cambiarlo todo, terminamos en el más mediocre conservadurismo".

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