La crema del crimen, el debate por el Código Penal y los consejos de los economistas para reducir el delito

Sebastián Campanario
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16 de marzo de 2014  

"Quince años de encierro en un ambiente de miedo constante, por algún motivo, fracasan a la hora de rehabilitar a un prisionero", tituló la semana pasada el sitio humorístico estadounidense The Onion una nota -irónica, claro- que abría su sección de policiales. "Me parece imposible que un individuo que vivió una década y media en un entorno completamente deshumanizante, en el cual sus compañeros lo estuvieron amenazando constantemente, no emerja como un miembro de la sociedad productivo y emocionalmente estable", se pregunta un jefe de policía ficticio en el artículo.

La nota humorística aludida bien podría acompañar una producción sobre la polémica por la reforma del Código Penal en la Argentina, que en las últimas semanas dominó la agenda mediática y la discusión entre políticos, en medio de una ola de crímenes ligados al narcotráfico que le dieron un trasfondo dramático al debate. Los economistas, en este terreno, tienen unas cuantas cosas para decir al respecto.

"La denominada «economía del crimen» fue noticia en los últimos meses en Estados Unidos y Europa, por razones bastante distintas a las locales", cuenta a LA NACION Ernesto Schargrodsky, economista especializado en esta temática y rector de la Universidad Di Tella. En los países desarrollados, a pesar de las recesiones y de las altas tasas de desempleo -que son aún más elevadas entre los jóvenes de 18 a 24 años, por lejos el grupo con mayor participación en delitos-, la cantidad de ilícitos registrados viene mostrando bajas importantes.

La ola de aumento de crímenes que comenzó en la década del 50 encontró su pico en 1991 en los Estados Unidos (y desde allí la tendencia es declinante), en 1995 en Inglaterra y en 2001 en Francia. La mejora se da en casi todas las categorías delictivas, con algunas excepciones, claro está, como las violaciones, pero allí los expertos afirman que en alguna medida el crecimiento tiene que ver con víctimas que se animan más a hacer denuncias por ataques que hasta hace poco tiempo eran estigmatizantes para quienes los sufrían.

¿Por qué disminuye el crimen en estos países si las condiciones económicas se deterioran? Los economistas citan varias explicaciones. Hay cuestiones demográficas: las poblaciones de las naciones ricas están envejeciendo, y el grupo de 18 a 24 años -que en los 80 y 90 tenía mucho peso por los hijos de los baby boomers- comenzó a desinflarse. Hay resultados por mejores políticas de seguridad. Y, también, apuntan varios académicos, menores oportunidades para los ladrones: en la era de los televisores gigantes -difíciles de transportar- y DVD y otros electrodomésticos baratos, el valor promedio del "botín" viene en caída libre.

La correlación con la cantidad de personas encarceladas es dudosa: la tasa de delitos viene cayendo en lugares donde aumentó la población carcelaria, pero también en ciudades donde disminuyó. "Para sostener esta tendencia, los gobiernos deberían focalizarse en la prevención y no en el castigo", concluyó un extenso reporte publicado en junio pasado por la revista inglesa The Economist.

"Los avances tecnológicos son tantos que hacen que la discusión entre visiones polares de «mano dura» vs. garantistas se vuelva a veces absurda -explica Schargrodsky-.Hoy hay muchas herramientas intermedias que son efectivas y ni se mencionan en los debates."

Junto al economista Rafael Di Tella, también profesor de la UTDT y de Harvard, Schargrodsky publicó el año pasado en el Journal of Political Economy un estudio sobre monitoreo electrónico de condenados por delitos en la Argentina. Los economistas pusieron el foco en criminales de similares características en la provincia de Buenos Aires, donde a fines de los 90 se empezaron a implementar sistemas de monitoreo electrónico (con pulseras que permiten ubicar a quienes cometieron delitos). La evidencia mostró, en forma abrumadora, que la tasa de reincidencia delictual fue mucho más baja entre quienes no pasaron por la cárcel y quienes sí lo hicieron. "Además de ahorrarle costos a la sociedad, hoy la tecnología se abarató y ofrece más opciones, además del GPS, por ejemplo, hay sensores de transpiración que permiten saber en forma remota si una persona se droga o si consume alcohol", dice el académico.

La diferencia de reincidencia es muy fuerte para quienes cometieron su primer delito (esto es, reduce drásticamente la probabilidad de volver a delinquir de quienes evitan pasar por la cárcel y son monitoreados en forma electrónica), pero se desvanece para quienes ya tuvieron una experiencia en prisión.

En la Argentina, no hay estadísticas oficiales sobre delitos desde 2009. En su momento, el entonces ministro Aníbal Fernández le explicó a Gary Becker, Nobel de Economía y padre de la economía del crimen, que "si el Gobierno dice que los crímenes bajan, no nos creen, y si decimos que sube, nos pegan". Becker le pidió a la traductora que le repitiera la frase: pensó que no había entendido bien. Existen algunos datos parciales, como los de las tasas de homicidios que publica la Corte para la ciudad de Buenos Aires, o los de la Procuración bonaerense para la provincia, que muestran un empeoramiento de la inseguridad, al igual que los reportes de víctimas que releva el Licip (Laboratorio de Investigaciones sobre Crímenes, Instituciones y Política, de la UTDT).

Schargrodsky y Di Tella ya habían publicado en revistas especializadas otras conclusiones contraintuitivas sobre la economía del crimen. Por ejemplo, hallaron que, contrariamente a lo que suponía a priori, la gente que es víctima de algún delito no necesariamente se vuelve más partidaria de las políticas de "mano dura" luego de atravesar esa experiencia. "En promedio, encontramos que quienes fueron víctimas de un acto delictivo de alguna forma toman más conciencia de los problemas de pobreza y se vuelven más partidarias de apoyar medidas de redistribución."

Para llegar a este resultado, en el Licip entrevistaron a cientos de personas en un panel fijo a lo largo del tiempo y luego tomaron los casos de aquellos que en la primera ocasión no habían sido víctimas de un delito y que, un año más tarde, sí lo habían sufrido. En otra ocasión, el rector de la UTDT aprovechó la presencia policial intensa que se asignó a la zona de la AMIA, en Once, tras la explosión, para medir el impacto de esta variable sobre delitos contra la propiedad: descubrió que la presencia policial evita ilícitos, pero sólo en la cuadra donde se encuentra, con lo cual una política de seguridad basada en esta premisa es muy costosa.

La economía del crimen nació una mañana de 1968, cuando Becker daba clases en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Por aquella época, el centro de estudios no tenía estacionamiento para profesores, y Becker, que llegaba tarde a tomar exámenes, se encontró en la disyuntiva de tener que elegir entre estacionar en forma ilegal frente al campus o dejar el auto en un estacionamiento pago que se encontraba a varias cuadras de distancia de allí. Semanas más tarde, escribió un trabajo seminal: "Crimen y castigo: una aproximación económica", que inauguró toda una literatura que centra el tema de la inseguridad en incentivos a cometer delitos: penas más altas suben "el costo" de delinquir, por ejemplo.

Desde entonces, el campo de estudios creció hasta rincones insospechados. Hay investigaciones económicas sobre los ataques terroristas, los asesinatos políticos, el narcotráfico, el extremismo religioso y la discusión sobre la pena de muerte (el economista argentino Alfredo Canavese, ya fallecido, escribió un trabajo corto muy interesante en el cual argumentaba que los regímenes con leyes penales muy duras y con poca diferencia en los castigos según la gravedad del ilícito subían los incentivos a cometer crímenes violentos).

Los sociólogos y miembros de otras disciplinas que se dedican a estudiar la problemática del crimen suelen criticar de los economistas su "visión reduccionista" del asunto.

Pero las burlas, como se ve en el artículo de The Onion referido al principio de esta nota, abarcan a todas las profesiones que siguen de cerca a "La crema del crimen", como se titulaba aquella fabulosa compilación de historias breves policiales que publicó Emecé en los años ochenta.

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