Ensayo sobre la crisis de la banana y la plaga que amenaza con extinguirla

Fuente: Archivo
Esta nota fue publicada originalmente en la revista Brando en noviembre 2011
Nicolás Cassese
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2 de agosto de 2017  • 14:42

Todo esto arranca con una hipótesis simple y contundente: que la banana es el objeto mejor diseñado de la humanidad. Listo. Lo dije. Y en la categoría, me entusiasmo, compite no sólo con los artefactos surgidos de la naturaleza –otras frutas, animales, plantas y todo el resto de lo que existe bajo el sol–, sino también con aquellos que imaginamos los humanos. OK, un auto tiene más ingeniería, y en Wikipedia hay siglos y siglos de saber acumulado.

Pero lo brillante de la banana es lo natural de su belleza funcional: es sabrosa y viene protegida por un envoltorio que no sólo la resguarda, sino que también es descartable, fácil de pelar y hasta atractivo. En este caso, la perfección viene en envase amarillo.

Lanzada en almuerzos con compañeros de redacción y otras ocasiones de charla más o menos intrascendente, esta idea sobre la banana era apenas un capricho personal que solía generar algunos minutos de intensa pero amable discusión –pruébenlo, todos tienen una fruta o artefacto preferido, aunque ninguno supera a la banana–, hasta que encontré un aliado en la causa. Se llama Ray Comfort y parecía una cita de autoridad, una especie de aval científico a mi tesis, con páginas y páginas de hits en el buscador de Google.

Las virtudes que Ray le encuentra a la banana son su diseño ergonómico, ideal para calzar en la mano, su indicador natural de madurez –verde (sin madurar), amarillo (a punto) y negro (pasada)– y los beneficios ya señalados de su envase. Hasta ahí, íbamos bien, Ray era un amigo, un aliado. El problema es que el tipo se entusiasmó tanto que terminó diciendo que la banana es la prueba definitiva de la existencia de Dios, –la pesadilla del ateo–, según su curiosa definición. Tuve que indagar un poco más en sus hits de Google y ahí lo vi: de bigote a lo Emilio Disi y sentado delante de un paisaje bucólico con un lago que se esfuma en el horizonte, Ray resultó ser un fanático religioso, uno de esos locos prediluvianos y creacionistas de Estados Unidos que discuten la teoría de la evolución y predican que Darwin es el demonio.

La hipérbole de la banana fue asunto de debate en algunos blogs y canales de televisión de Estados Unidos, y Ray recibió burlas e insultos – ignorant fool lo llamaron– y una argumentación que demolió sus ínfulas religiosas: si la banana es perfecta, no lo es tanto por la sabiduría de Dios. Por el contrario, fue la intervención del hombre la que la convirtió en lo que es. La banana original, la que podría haber creado un dios, es un fruto oscuro, con semilla y poco más que incomible. Si fuese por sus propios méritos, seguiría hundido y olvidado en algún bosque de India o Malasia, su lugar de origen. La versión dulce y suave que el mundo occidental consume en cantidades industriales –según la FAO, representa el 12% de la producción de frutas– es estéril y asexuada, por lo que su diseño y su supervivencia son méritos de los primeros agricultores, que experimentaron cruzando especies hasta lograr lo que celebramos como el fruto perfecto. Lo que la banana en realidad demuestra, atacaron los detractores de Ray, es la genialidad del ser humano, no la de ningún dios.

En efecto, la banana que comemos hoy es una versión que no tiene sexo, un híbrido cuya evolución y reproducción es el fruto de siglos y siglos de experimentación genética. El beneficio de esto es la uniformidad: las bananas son una especie de clon, sus variaciones genéticas –y, por ende, en la forma y el gusto– son mínimas. Esto es muy bueno para el comercio y es una de las claves de su éxito. Las bananas son el Big Mac de la fruta: si te gusta una, te gustan todas. El perjuicio es que su diversidad genética es muy limitada, y eso la vuelve vulnerable a las plagas. Si aparece una enfermedad capaz de matar una planta, el riesgo es que acabe con toda la especie. Y eso es lo que está ocurriendo en este preciso momento.

Virus de Panamá, así se llama la peste que ya acabó con plantaciones enteras de Asia y amenaza con expandirse. Lo esperan con pavor en India –el mayor productor mundial de bananas, aunque las utiliza para consumo interno– y entre los grandes exportadores mundiales, que están en América latina (el ranking lo encabeza Ecuador, seguido por Costa Rica y Colombia). Si el virus de Panamá ataca antes de que los científicos encuentren una cura, algo en lo que trabajan con intensi-dad, su producción será devastada. Con ella, desaparecería la fruta más popular del mundo. ¿Tendremos que acostumbrarnos a vivir en un mundo sin bananas? Aunque suene insólito, esto no sólo es algo factible, sino que ya ocurrió en el pasado. Hubo un tiempo que fue trágico –alrededor de 1940– en que los humanos casi nos quedamos sin bananas.

El fin de la banana sería malo para todos, pero peor para Felipe Ayllon. Felipe –43 años, flaco y fibroso gracias a su entrenamiento arriba de la bicicleta o corriendo maratones– es el dueño y fundador de Quinta Fresca, una empresa que se hizo fuerte haciendo delivery a domicilio de frutas y verduras. Nacido y criado en La Plata, su familia era de buen comer –su nombre es un homenaje al San Felipe, el vino famoso por su vasija que era la debi-lidad de su padre– y se pasaba los meses de verano dándose panzadas con la verdura que cultivaba en su quinta. Tan rico comían que, con apenas 22 años, Felipe comenzó a financiarse su carrera de agrónomo vendiendo los cultivos a domicilio y entre sus amigos. Pasaron los años, las crisis, y el negocio creció. Quinta Fresca mantiene su parcela en La Plata, pero la mayoría de lo que vende no sale de allí, sino de estos galpones gigantes que recorremos una tórrida mañana del último diciembre. Estamos en el Mercado Central, doce naves repletas de la mercadería fresca que se distribuye todos los días por las miles bocas de expendio –megasupermercados, chinos de barrio, manteles callejeros– que abastecen a la gran urbe de Buenos Aires, y Felipe camina saludando y comiendo.

“Se nota que llovió, fijate cómo los espárragos están sucios y duros”, me dice mientras esquivamos los carros cargados de verdura y empujados por changarines sin contempla-ción con los que caminamos a ritmo de turis-ta por los estrechos pasillos del Mercado.

Hasta hace apenas tres meses y durante muchos años, Felipe los recorrió tres veces por semana y en horarios en que la mayoría de la gente aún abraza almohadas. La actividad fuerte aquí ocurre a eso de las 6 de la mañana, y los remolones se quedan con los peores precios.

“Este es un trabajo de madrugadores y cornudos”, se ríe.

Ahora ya no viene tan seguido y delegó esa tarea en Pepe, el hijo de un quintero veci-no de los Ayllón en La Plata que trabaja con él desde siempre, para poder concentrarse en organizar el negocio y hacerlo crecer. Lo que Quinta Fresca vende –productos natu-rales y frescos– se convirtió en tendencia, y hasta las papas fritas se promocionan con un campesino sonriente que las desentierra. Con el conocimiento de primera mano de un verdulero y la vocación de servicio puerta a puerta del delivery de sushi, Felipe se encuen-tra en el lugar con que sueña cualquier gerente de marketing.

Las bananas, sin embargo, no lo apasionan por una razón muy simple: son todas iguales, y su ojo entrenado sirve de muy poco. Cualquiera se da cuenta de cuándo está buena y cuándo no. Debe ser por eso que Marcelo, el encargado del puesto de Dole, uno de los dos grandes exportadoras de bananas del mundo, no tiene que andar esforzándose para vender su producto. A diferencia de sus vecinos en el Mercado Central, que llaman a Felipe para promocionar sus duraznos y sus naranjas, Marcelo espera con la suficiencia de conservar el producto, descartarse de mane-ra fácil y efectiva, servir de barrera contra los elementos del medio ambiente que lo amena-zan y comunicar sus atributos. A Patricia le gusta hablar de la –inteligencia– de la marca, que es la capacidad de comunicar su promesa de beneficio de manera simple y directa. La cáscara de la banana cumple todas estas funciones de manera ejemplar, y es, en un senti-do, una fruta más que inteligente, brillante.

Seguro que Michael Pollan coincidiría con esta idea. Pollan es un naturalista y escritor muy popular de Estados Unidos. Algo así como un Adrián Paenza, pero obsesionado no con las matemáticas, sino con la comida y, en especial, con los vegetales. Tiene muchas y muy buenas ideas, además de una gran capacidad para transmitirlas en libros y charlas, pero una de las más interesantes es aquella que describe la inteligencia evolutiva de los vegetales.

Pollan dice que tendemos a pensar los vegetales como especies tontas y poco sofis-ticadas. De hecho, decirle a alguien que es un vegetal es más bien un insulto. Sin embargo, argumenta, los vegetales vienen evolucio-nando desde hace mucho más tiempo que los seres humanos y lo hacen de una manera muy efectiva: engañándonos a nosotros y al resto de los seres vivos para que les aportemos la movilidad de la que ellos carecen.

Al no tener medios para trasladarse por iniciativa propia, los vegetales evolucionaron haciendo que otros esparzan sus genes por ellos. Por eso perfeccionaron su diseño y su química, para que las especies que los rodean –hombres, abejas, lo que sea– tomen su fruto y lo lleven consigo, y de esa manera permitan su reproducción. En este sentido, agrega Pollan, las plantas que sobrevivieron son aquellas que lograron evolucionar para satisfacer de manera más efectiva los deseos y necesidades de nosotros, los humanos, la especie que logró el dominio del planeta. El razonamiento es interesante y coloca a la banana en un lugar de privilegio, en algo así como el podio de la seducción evolutiva.

Y el atractivo no sólo es para nosotros, los consumidores, sino que también alcanza a los productores. “Si tengo que elegir, prefiero ser bananero a cañero”, se sincera Juanjo Ortiz, un productor salteño que dirige la Asociación de Frutas y Hortalizas de su provincia. Juanjo resiste en su condición de bananero argentino, pero su batalla es ardua. El clima ideal para la banana es el tropical, y en la Argentina, hoy, se cultivan apenas unas cuatro mil hectáreas en la zona de Salta, Jujuy y Formosa. La cifra es chica y viene en retroceso –en los 80, se cultiva-ban diez mil hectáreas–. A diferencia de la caña, que utiliza poca mano de obra, el culti-vo de banana es más caro. Según el ingenie-ro agrónomo Arnaldo Tapia, especializado en el asunto, una persona puede ocuparse de apenas dos hectáreas de bananos contra treinta si se trata de plantaciones de caña de azúcar. “La banana emplea mucha gente, y no podemos competir contra países que pagan miserias”, se queja Ortiz.

La falta de una economía de escala que permita reducir costos hace que las bana-nas argentinas terminen siendo más chicas y veteadas. Parecen la prima pobre de esos portentos de la naturaleza que llegan en barco desde el Norte. “Es cierto: las nuestras son más feas, pero más ricas”, argumenta Ortiz. Tapia coincide y brinda una explicación: las bana-nas del Norte se cosechan antes porque deben viajar en barco hasta Chile y de ahí cruzar a la Argentina, y eso las hace más insulsas, menos gustosas. “La pinta tira nuestras bananas para atrás –concede Tapia–, pero la ecuatoriana parece de plástico. Además, son demasiado grandes. ¡Yo tengo diabetes y no puedo comer una banana tan grande!”

¿Cómo hacer para que, frente al cajón del verdulero, los consumido-res elijamos la fea pero rica antes que la linda y menos gustosa? Con ese dilema, más viejo que el mundo, los productores se acercaron a Mariano Winograd, un ingeniero agrónomo de ojos claros y barba rala, pre-sidente de la fundación 5 al Día, que promue-ve el consumo de por lo menos cinco frutas y verduras diarias. Con él están trabajando en una estrategia de marketing similar a la que utilizaron los productores de las islas Canarias, en España. Lo que allí hicieron fue crear una identidad de marca que los dife-rencia incluso desde el nombre –plátanos de Canarias– frente a las bananas de América. “La nuestra es menos fachera pero más rica, y desde ahí tenemos que trabajar la lealtad del consumidor”, dispara Winograd con la pasión de los convencidos.

La tarea que tienen por delante es ardua por una simple razón: con la banana estamos acostumbrados a la más homogénea de las perfecciones. Podemos aceptar diferen-tes variedades de duraznos, uvas o manza-nas, pero miren las bananas en la verdule-ría: varían un poco en tamaño y en grado de madurez, pero el gusto y la forma es de lo más uniforme que se vende fuera de un paquete. Y lo curioso es que esta fruta, la más exitosa de todas, se cultiva en una zona restringida del planeta y lejos de los centros mundia-les de consumo. Es, en ese sentido, mucho menos maleable que las manzanas, por caso, que tienen mayor tolerancia climática para su cultivo. ¿Cómo fue que una fruta tropical se impuso como la golosina mundial?

Fue amor a primera vista, explica Dan Koeppel en su libro Banana: The Fate of the Fruit that Changed the World. En 1870, el capitán de un pesquero de Cape Cod, en Estados Unidos, importó 160 racimos de bananas jamaiquinas a su país. Treinta años des-pués, en Estados Unidos se consumían quin-ce millones de racimos. Para 1930, la compañía del capitán, United Fruit –la actual Chiquita–, valía más de 200 millones de dólares y la banana estaba camino a con-vertirse en uno de los símbolos de la pros-peridad capitalista de la segunda mitad del siglo XX. Cuando cayó el Muro, los berlineses del Este se fascinaban comiendo lo que hasta entonces era, para ellos, un fruto pro-hibido. Para abastecer la demanda crecien-te, la United y su rival, Standard Fruit –hoy Dole–, arrasaron hectáreas y hectáreas de selvas en América latina reemplazando los árboles por plantaciones de bananas.

En el medio, también caían aquellos gobiernos o movimientos que osaban ejercer resis-tencia a las condiciones de esclavitud con que las empresas trataban a los empleados de sus latifundios. Las repúblicas bananeras que alguna vez intentaban dejar de serlo solían terminar con sus gobiernos derrocados por golpes ejecutados por militares locales, pero financiados con el dinero y las influencias de las compañías. En una nota muy bien docu-mentada que publicó en la revista New Yorker, Mike Peed señala la influencia bananera detrás de los golpes de 1911 en Honduras y de 1954 en Guatemala. La historia negra de las compañías también registra masacres de tra-bajadores en Colombia y hasta el salto al vacío desde un piso 44 neoyorquino de Eli Black, el CEO de la United, que estaba siendo investi-gado por coimear a un político hondureño.

Pero no fueron escándalos políticos ni sui-cidios los que casi voltean a las compañías bananeras. Fue la naturaleza en su versión enferma. La primera versión del virus de Panamá o fusariosis del banano arrancó en la década del 30 y fue avanzando en su des-trucción. Según las cifras de Peed, en tres décadas, el virus arrasó con 100 mil hectáreas de bananeros en América latina y causó pérdidas de 2,3 billones de dólares. El sumi-nistro oligopólico de la más popular de las frutas estaba herido de muerte.

La variedad que se exportaba y se consumía entonces en el mundo industrializado era la Gros Michel. Pero, ante el ataque del virus Panamá, que amenazaba con borrarla del planeta y acabar con el lucrativo nego-cio, los científicos de las compañías busca-ron una variedad que fuese inmune y lo más parecida en gusto y condiciones de cultivo. La encontraron en la especie que la familia del duque de Devonshire, en Inglaterra, había traído de China y cultivaba en su casa desde el siglo XIX. La Cavendish, así se llamaba la familia del duque, es menos gustosa y más difícil de transportar que la Gros Michel, pero tenía la gran ventaja de su inmunidad ante el virus. La Gros Michel hoy está fuera del mercado, y el 99% de las exportaciones de bananas son de Cavendish, pero el cambio no fue fácil. De hecho, Standard Fruit reaccionó más rápido que United Fruit para abrazar esta nueva variedad y le robó el podio entre las bananeras, un lugar que con-serva hasta el día de hoy.

El reinado de la reina bananera, sin embargo, vuelve a estar amenazado. La nueva versión del virus de Panamá es más refinada y ahora sí lastima a la Cavendish. Arrancó en Taiwán y ya se expandió por Asia destrozando plantaciones en Filipinas, Australia, China, Indonesia y Malasia. El “sida de las bananas”, como lo bautizó un diario, aún no llegó a América latina, donde se produce el grueso de la exportación mundial, pero la duda no es si llegará o no, la duda es qué tan pronto lo hará –los científicos trabajan en un rango que va de los cinco a los veinte años– y si ese tiem-po será suficiente para encontrar una alter-nativa que salve a la industria. Los esfuerzos en este sentido se producen en dos ámbitos opuestos. En los laboratorios, los biólogos intentan decodificar la información genética de la banana para manipularla y crear una Cavendish resistente al virus. Y en el campo, los ingenieros agrónomos buscan una especie similar que la reemplace, del mismo modo en que ésta reemplazó a la Gros Michel.

En cualquier caso, lo paradójico de la banana es que en su fortaleza yace su debilidad. Es exitosa porque su método de reproducción hace que haya escasa variación genética entre un ejemplar y otro, lo que satisface el mercado mundial y su predilección por la producción en serie. Pero esta misma condición la vuelve una víctima fácil de los virus: el que mata a una mata a todas. Al final, la banana es una fruta demasiado perfecta. Linda, pero débil. Nada nuevo bajo el sol.

Esta nota fue originalmente publicada en la revista Brando en noviembre de 2011

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