La economía que imagina el Gobierno tras la estabilización

Francisco Jueguen
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6 de julio de 2019  

Queda mucho por liquidar, creen en el equipo económico. Hablan del campo, la cosecha récord, las elevadas ventas de maíz y lo que resta de soja. Esta coyuntura seguiría ofertando dólares hasta después de las PASO.

El clima financiero ayuda, con perspectiva de tasas por lo menos estables en la Reserva Federal de los EE.UU. (hasta el muy buen dato de empleo conocido ayer), y el aliento al ingreso de dólares a emergentes que ofrecen altas tasas en la lucha por bajar la inflación. Es ese el caso de la Argentina. Mejoraron los términos de intercambio y el dólar parece haber tocado un pico a nivel global, otra noticia que favorece a los emergentes. También aportan -claro- las ventas diarias de US$60 millones por día del préstamo del FMI que, con David Lipton a la cabeza en lugar de Christine Lagarde, acaba de ratificar el apoyo al país.

¿Puede haber otro cimbronazo como el del año pasado o un reflujo del temor cambiario como el de marzo? En el Gobierno confían en que no. La puntada final a la extrema volatilidad -creen- la dio el Fondo Monetario Internacional (FMI) cuando desató en abril las manos del Banco Central (BCRA) para intervenir en el mercado cambiario. Era algo que venía debatiéndose con el staff técnico del organismo desde hacía por lo menos un año.

Pero, con un esquema flotante, el equipo económico no descarta volatilidades acotadas para un tipo de cambio que analizan como "competitivo", lejos del atraso que algunos economistas comenzaron a pronosticar. No puede haber atraso -confían- cada vez que el dólar se aprecia desde el punto más alto de la serie. Sostenerlo en ese punto -creen- retroalimenta la inflación. ¿Las elecciones? En el Gobierno se suben el precio por la estabilización lograda. "Si ganamos, puede haber calma todo el año", dicen.

Pero el oficialismo siente que todo lo anterior es una foto necesaria, pero no suficiente. No alcanza sin una base sólida. Allí, consideran que los fundamentos macro de hoy ofrecen un equilibrio "virtuoso" tras los ajustes de una cuenta corriente de balanza de pagos que llegaba el año pasado a seis puntos del PBI de déficit (US$30.000 millones) y un rojo fiscal que hacía inviable al país pese a la alta presión tributaria. En el oficialismo estiman que este año habrá un superávit comercial de US$14.000 millones, gracias a las mayores exportaciones, pero también por caída de importaciones.

Los costos de ese ajuste fueron la actividad económica y una elevada inflación tras la depreciación del tipo de cambio "necesaria" para enfrentar un sudden stop y una sequía. La flotación cambiaria, como amortiguador, tuvo mayor impacto en los precios que en el empleo. Pero esa virtud repetida por el Ejecutivo determinó un alza de la pobreza por la pérdida de poder de compra de 12% en 2018, pese a que el Gobierno prefiera poner el foco en los indicadores multidimensionales y no en aquellos por ingresos, que ofrecen una peor imagen.

Pese a los anabólicos ensayados (aumento de la AUH, créditos de la Anses, Ahora 12 con tasa 0%, suspensión, en parte, de alzas de tarifas y planes de beneficios para comprar autos), no habrá más espacio fiscal para iniciativas que empujen el consumo masivo. Sin embargo, el Ministerio de Hacienda tiene todavía un as en la manga: margen para usar un buen porcentaje de lo que el FMI le permite disponer de déficit para gasto social. Ahí todavía queda espacio y se distribuirá a lo largo del año electoral.

La economía recuperó raíces sólidas, aseguran. En ese camino, el Gobierno ve un crecimiento gradual, lento, pero sostenido. Este año, según el avance del presupuesto 2020 enviado al Congreso esta semana, el PBI caerá 0,8%. Sin embargo, la versión oficial dice que se tocó piso en noviembre y -con un sobresalto en marzo- comenzó una recuperación secuencial, mes a mes, desde niveles inferiores a los de 2018. El año que viene, el Gobierno espera una expansión de un 3,5%.

En el equipo económico ven una mejora en el consumo de bienes durables en junio y datos mensuales levemente positivos para el consumo masivo. Los anuales son todavía malos. La demanda mejoraría con una desaceleración de la inflación y salarios actualizados. Nadie espera un rebote significativo del consumo. La política fiscal es contractiva, pero el gasto caerá 14% real en el primer semestre y un 10% en el segundo de elecciones. Pese a eso, en Hacienda no dudan: se cumplirá la meta de $60.000 millones de superávit en el tercer trimestre. Es el objetivo más desafiante planteado por el Fondo, sobre todo con una recaudación impositiva que no se expande por encima de la inflación desde hace meses.

El avance del presupuesto 2020 prevé una inflación inferior a la del Relevamiento de Expectativas del Mercado para este año (40,3%). Será más baja en junio que en mayo y seguirá ese camino en julio. Con las PASO, agosto vendrá sin regulados. Vuelve a haber optimismo oficial en este nuevo trazado, siempre reconociendo el punto de partida de una inflación inaceptable.

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