La era del triple impacto: el mundo de los que crean valor económico, social y ambiental

Pequeñas empresas se suman al concepto de una economía que, sin perder el fin lucrativo, se propone sumar otros beneficios
Silvia Stang
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6 de abril de 2015  

En la basura encuentran muchas veces parte de lo necesario para concretar negocios. Y en la manera en que organizan esos negocios dicen hallar la fórmula para responder a sus deseos de integrar su visión personal de la vida -que incluye el interés por transformar en algo el entorno- con el objetivo de lograr ingresos económicos. A la par de un movimiento que plantea una nueva mirada de la economía de mercado y que tiene en el mundo algunas grandes compañías como referentes, avanza una ola de emprendedores que se proponen ser parte activa en los negocios de triple impacto. Desarrollan una actividad que, desde su esencia, busca beneficios económicos, sociales y ambientales. Por eso, para conseguir materia prima recurren por ejemplo a los residuos o para proveerse de insumos arman alianzas con sectores vulnerables.

"Tradicionalmente se habló de economía social referida al cooperativismo; ahora hay un movimiento que tiene que ver con apalancarse en el mercado para generar valor", dice Margarita Carlés, coordinadora de los Premios Mayma, una iniciativa que impulsa emprendimientos de este tipo y que, más allá de dar una ayuda económica a los elegidos por un jurado, logra ser un espacio generador de vínculos.

Los Premios Mayma (en lengua guaraní la palabra significa "todos, sin excepción") son organizados por la ONG Contribuir al Desarrollo Local, y van por su novena edición, aunque antes se hicieron bajo el nombre de BID Challenge. Según Carlés, la iniciativa actúa como un "semillero de empresas B". Las Benefit Corporation -por su nombre en inglés- se definen por el hecho de tener su responsabilidad societaria ampliada, desde el objetivo económico hasta los sociales y ambientales. "Nacieron en Estados Unidos y en algunos lugares tienen su encuadre legal", agrega Gabriel Berger, director de la Escuela de Administración y Negocios de la Universidad de San Andrés, asociada a la organización de Mayma. "Hace 20 años que estudiamos casos de responsabilidad social empresaria y hace 10 que observamos interés por los negocios inclusivos; más recientemente aparecieron quienes crean empresas para resolver problemas sociales y ambientales", explica. LA NACION consultó a los emprendedores distinguidos un año atrás; a continuación, algo de sus historias.

"Me moviliza el tema de la naturaleza, y el neumático usado representa hoy un problema enorme; ni se sabe cuánto tarda en degradarse", dice desde Mendoza Ezequiel Gatti. Tal preocupación lo llevó a producir, junto con dos socios, calzado informal hecho con suelas de gomas desechadas. Las zapatillas de Xinca -el nombre de la empresa es el de una etnia de Guatemala en extinción, y los socios encontraron en la palabra un guiño marketinero- tienen también "residuos vírgenes": retazos descartados por fábricas textiles. Parte de la producción se hace en un taller montado por una organización social para personas con dificultades de inserción laboral en otros ámbitos. Gatti dice que los productos compiten con marcas muy fuertes y que a veces el retail no le da valor a lo mismo que él y sus socios, por lo que llegar a más clientes es ahora el gran desafío.

"Existen algunas barreras reales al momento de lograr puntos de venta, debido a lo novedoso del producto", cuenta desde Córdoba Fernando Rabellini, dueño de Toncreatón, una fábrica de juguetes de cartón, que tiene mucho que ver con lo que se vive en su familia. Él es diseñador gráfico y Sabrina, su mujer, trabaja con niños con discapacidades. "Me he sensibilizado mucho con el tema del desarrollo de los chicos", dice. El emprendimiento arrancó de la mano de una fundación y hoy, además de camioncitos, aviones y otros juguetes, se hacen piezas en cartón a pedido de empresas, para usos variados. Por la experiencia en el mercado y la necesidad de expansión, los productos no son en un 100% de material reciclado (sí en gran porcentaje). Todos son reciclables. "Trabajamos con proveedores que certifiquen sus procesos con el sello de Fuentes Responsables", dice Rabellini, que espera para diciembre el punto de equilibrio.

"Quiero alinear mi forma de vida con mi actividad que, por supuesto, tiene que ser rentable", se entusiasma José Manuel Rodríguez Paz, que con su suegro desarrolla el proyecto Más que Huertas: arman cajones con cultivos para el balcón o la terraza. El tema le interesa desde que participó en un proyecto de turismo social que buscaba revitalizar pueblos en riesgo de desaparecer: ahí aprendió sobre huertas. En cuanto a los cajones, relata que en 2013 se hicieron los prototipos. "Al ser reconocidos por Mayma me di cuenta de que era algo valorado y ahí surgió la empresa", relata. Por ahora sigue en su empleo, pero proyecta vivir del emprendimiento. En el modelo de negocios están las alianzas con proveedores de maderas de bosques reforestados y con carpinteros independientes. Y en el diseño del producto, está la idea de llegar a poblaciones como las de geriátricos, ya que los cajones en altura les permiten a quienes tienen dificultades para moverse hacer algo -muchas veces con efecto terapéutico- en contacto con la naturaleza.

"Achicamos distancias para que productores sustentables se vinculen con empresas", define Mariano Salerno, un ingeniero agrónomo que puso en marcha Achalay Sustentable, con un socio que aportó conocimientos del rubro gastronómico. La empresa trabaja con cooperativas y emprendimientos familiares que trabajan la tierra en forma sustentable. La consigna es respetar los principios globales del comercio justo, como la fijación de precios con equidad, el cuidado del planeta, la prohibición del trabajo infantil y la transparencia. "Muchos productos compiten con los de marcas conocidas y los industrializados suelen tener precios menores; otro problema que se enfrenta es la logística", dice Salerno, ocupado hoy en buscar más puntos de venta, con marcas propias y la idea de transmitir conciencia.

"Tenemos un programa con escuelas para concientizar del daño que hace verter aceites", cuenta desde Comodoro Rivadavia Cristian Orellana, que montó un negocio de recolección, acopio y disposición final de ese insumo usado en restaurantes y rotiserías. No fue el fin económico lo que dio vida al proyecto, sino el solo interés por reducir daños ambientales, que surgió en él por lo que había aprendido sobre el tema en un trabajo anterior. Pero mientras estaba en eso, Orellana presentó un proyecto de ordenanza, que se aprobó. La regulación municipal le permitió acceder mejor al producto y así terminó por dedicarse de lleno a la actividad, hoy rentable "desde lo económico y desde lo ambiental". Cada 5 meses, manda 20.000 litros de aceite usado a La Matanza, donde la firma Sodir se encarga del tratamiento para su reutilización. Y por cada uno de esos litros, dice, evita la contaminación de 1000 de agua.

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