La era del WhatsApp: te necesito, pero ya no te quiero

La aplicación de mensajería tiene la virtud de favorecer la comunicación, pero a veces termina apabullando
Paula Urien
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28 de diciembre de 2015  

Hace unos días, la Justicia de Brasil bloqueó por 48 horas (al final fueron menos) la aplicación WhatsApp, y afectó con esta medida a unos 100 millones de usuarios. Hasta el famoso Mark Zuckerberg, creador de Facebook y dueño de la compañía estadounidense de mensajería instantánea, dijo que esta acción fue triste para Brasil y lamentó que el país "quedara aislado" del mundo. La popular aplicación está instalada en más de 90% de los teléfonos inteligentes de los brasileños.

Hoy, no tener WhatsApp es quedarse aislado ya que para los fines de la comunicación personal quedaron vetustos los mensajes de texto y los mails. Ni hablar de las llamadas por teléfono, que se sienten casi como una invasión. Es casi el fin de los ringtones, que tuvieron un auge que parecía eterno, pero que ya ni se escuchan en el entorno laboral, familiar o de amigos.

El protagonismo del WhatsApp es total, especialmente entre los padres de los chicos en edad escolar. En estos grupos, cada tanto hay alguno que intenta algunas reglas de convivencia que no se cumplen del estilo no contesten todos sí, fulanita va. Háganlo por privado y no a través del grupo. O por favor, en este chat sólo cuestiones concretas que tengan que ver con la organización de los niños, o chistes, emoticones y comentarios al margen no.

Hay grupos de familia, primos, amigas, que a veces se desbordan con algo así como 127 mensajes cada uno. Aparecen fotos, videos, memes, mensajes del gobierno y hasta rezos en cascada en los que todos los integrantes suman un amén.

Y finalmente asoma el grupo del trabajo. Fue una incursión tímida al comienzo, pero ahora cobra una dimensión extraordinaria, que no sabe de horarios ni feriados. Porque la informalidad del recurso hace que se mezcle la amistad y el compañerismo, la risa y la cargada con temas laborales que no se pueden/deben dejar de leer, por lo que hay que leer todo (y lo mismo pasa con el resto de los grupos).

En toda esta marabunta de mensajes es cierto entonces que hay algunos de extrema importancia, lo que hace que se produzca un efecto "atrapado sin salida" y haya que dedicarle tiempo y esfuerzo a una app que hoy es sinónimo de comunicación o incomunicación si es que no se la tiene. Un cable de la agencia de noticias ANSA reprodujo el testimonio de una empleada doméstica que le contó a una radio de Brasilia: "Estoy medio perdida sin el Whats, lo uso para hablar con mi patrona y con mi hijo para que me espere cuando llego tarde a buscarlo a la escuela".

Entonces, ¿qué se puede hacer? Comunicarse con un hijo no puede ser algo agobiante...

Hasta ahora no hay demasiada respuesta, aunque se le podría pedir un cambio al mismo Zuckerberg para que cuando alguien tímidamente decida salir del chat no le aparezca a todos los demás el odioso fulanito ha abandonado el grupo. No se trata de herir/ofender a nadie; es simplemente que hay un límite a la cantidad de chats instantáneos y espontáneos que pueden leerse por día. Hay también un límite para poder responderlos ya que también parece un imperativo la respuesta inmediata a un mensaje inmediato. Te mandé un chat suena en tono de reproche, cuando no hay respuesta. Se le podría contestar algo así como tengo 1237, voy por el 535; cuando llegue al tuyo, quizás el año próximo, te aviso.

WhatsApp

Llega al trabajo

La tentación es demasiado grande, y comentarios amenos y de compañerismo se postean fuera del horario laboral. Puede ser parte de la tendencia en la que el trabajo y la vida personal dejan de ser compartimentos estancos, ya que los amigos también trabajan con nosotros, pero también puede llevar a la imposibilidad de desconectarse y al estrés.

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