La isla de la fantasía

Néstor O. Scibona
Néstor O. Scibona LA NACION
Por Néstor O. Scibona
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31 de mayo de 2009  

Con 10.000 millones de dólares de financiamiento externo, la perspectiva económica de la Argentina en la etapa poselectoral sería muy diferente. No sólo ahuyentaría fantasmas de problemas de pagos para 2010, sino que habría menores apremios fiscales y se aliviaría la presión de demanda sobre el dólar, que se traduce en una fenomenal fuga de capitales y un debilitamiento de los niveles de actividad.

Palabras más, palabras menos, este diagnóstico pertenece a funcionarios con acceso a la Casa Rosada, que piden estricta reserva de identidad. El anonimato es explicable. Nadie puede asegurar que el matrimonio Kirchner comparta aquella idea. Nadie tampoco está seguro de que la Argentina esté en condiciones de obtener ese financiamiento. El kirchnerismo ha hecho un culto de vivir al día y "con lo nuestro"; cerró casi todas las puertas de acceso a fuentes voluntarias; sigue en deuda con el Club de París y los bonistas que no ingresaron al canje, y se resiste, por ahora, a aproximarse al "nuevo" Fondo Monetario, pese a que ahora el organismo rebosa de recursos prestables a bajo costo y mínima condicionalidad. La Argentina se ha convertido en una isla y, para colmo, el discurso kirchnerista busca instalar la fantasía de que esto es lo mejor para el país.

El aislamiento financiero obliga a la Argentina a vivir al contado y a hacer malabarismos para evitar un default. Desde que el Gobierno optó por manipular los indicadores del Indec, hace más de un año que no puede colocar un bono en el mercado voluntario; o sea, desde mucho antes de que estallara la crisis global. Con altos vencimientos en 2009 (unos 20.000 millones de dólares), debió confiscar, por eso, los ahorros de los futuros jubilados en las AFJP para reforzar los ingresos de la Anses y cancelar deudas del Tesoro. El próximo paso será ofrecer el pago anticipado de los cupones de Boden 2012 que vencen en agosto (unos 2300 millones de dólares), a cambio del canje voluntario de esos títulos por otros con vencimiento a más largo plazo.

Aunque este inminente anuncio apunta a transmitir la señal de voluntad de pago en medio de la áspera campaña, no modifica el problema de fondo. Como el sector público no produce flujos financieros de largo plazo, necesita más stocks. Requiere de un alto superávit fiscal primario para pagar los intereses de la deuda y también para atender vencimientos de capital que, en otras circunstancias, podrían ser objeto de refinanciación a largo plazo. Hoy, el Estado se autofinancia con los excedentes en pesos de otras áreas del sector público, con la Anses a la cabeza. A diferencia de lo que ocurre en otros países en medio de la recesión mundial, tampoco puede tener déficit para reactivar la economía porque no tiene quien lo financie. Y aunque hipotéticamente aumentara el superávit primario, tampoco sobran dólares para comprar y atender obligaciones en divisas sin resentir las reservas del Banco Central, debido a la fuerte fuga de capitales.

Para 2010, las perspectivas no varían demasiado. Los vencimientos son igualmente elevados (equivalentes a casi 20.000 millones de dólares). Las únicas certezas son que el Gobierno ya no tendrá a mano otra vez a las AFJP y que no podría fortalecer el superávit si el gasto sigue aumentando al doble que los ingresos. Tal vez esto lo obligue a moderar el actual rol de la Anses como financista de los planes oficiales.

Pero, aun así, algo tendría que ocurrir en el frente fiscal después de las elecciones, especialmente si se tienen en cuenta los crecientes déficits de las provincias a pesar de la coparticipación parcial de las retenciones a la soja. ¿Ajuste de gastos, más devaluación, mayor presión tributaria, vuelta a las cuasimonedas o a la emisión, menos subsidios tarifarios? ¿Un poco de cada cosa? Nadie tiene las respuestas y menos en plena campaña electoral. Para Néstor Kirchner, quien ahora está de licencia como superministro económico, el horizonte llega hasta el 28 de junio a las seis de la tarde. Para los agentes económicos, también. De ahí que no se disipe la desconfianza, aunque los mercados estén más calmos.

Tras las elecciones, el gobierno de Cristina Kirchner apostará más fichas al blanqueo de capitales para obtener ingresos extra. La AFIP acaba de liberar de la exigencia de depósito bancario a quienes tengan capitales no declarados en el país. También promoverá su inversión en cédulas hipotecarias con el pago de la alícuota mínima de 1%, para aliviar a la Anses en el fondeo de las nuevas líneas de crédito. Pero el resultado del blanqueo será incierto mientras la política económica poselectoral continúe siendo una incógnita.

Estrategia defensiva

Paradójicamente, el gobierno kirchnerista tendría a mano un salvavidas, si decidiera recurrir al FMI para obtener la asistencia de 10.000 millones de dólares señalada al comienzo. La cifra equivale a lo que le pagó anticipadamente al organismo hace tres años. Parece alta en medio de la actual estrechez, pero representa apenas dos meses de exportaciones o de ingresos totales del sector público. Sin embargo, la decisión implica costos políticos que nadie sabe si el matrimonio Kirchner está dispuesto a asumir: el principal es la normalización del Indec y del sistema estadístico. También abandonar el aislamiento de un mundo en el que nada es lo que era, aunque los discursos de cabotaje sean los mismos. Otra paradoja es que aliviaría la situación fiscal en lugar de endurecerla, al permitir la refinanciación en el largo plazo de vencimientos que hoy se cubren al contado. Pero para crear confianza necesitaría delinear una política económica consistente y abandonar las decisiones discrecionales caso por caso. Nada de lo que se vio en los últimos años. Pero la necesidad tiene cara de hereje (y tal vez, en algún momento, el Fondo pueda ser caracterizado como kirchnerista y keynesiano), lo que por ahora convierte la hipótesis en una fantasía es que los Kirchner prefieren replegar a la Argentina sobre sí y buscar aliados afines con los cuales hacer negocios bilaterales.

La reacción del gobierno de CFK, al convalidar la nacionalización de empresas del grupo Techint en Venezuela, respondió a esa lógica, sin otra visión estratégica que mantener la alianza con Hugo Chávez, aunque éste ya no sea el prestamista de última instancia que alguna vez fue y tenga que aceptar como una broma irreal algo que no lo es. Las empresas brasileñas quedarán fuera de la ofensiva estatizadora chavista, después que Lula decidió facilitar el ingreso venezolano al Mercosur y el acceso a financiación del Bndes por más de 4000 millones de dólares, que reforzarán su proyección en un país donde la Argentina había hecho punta.

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