La mano en el bolsillo ajeno

Por Roberto H. Cachanosky Para LA NACION
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2 de mayo de 2003  

El listado de problemas económicos que tendrá que resolver el próximo gobierno resulta bastante abrumador y complejo.

La renegociación de la deuda, las tarifas de los servicios públicos, cuentas fiscales que cierran porque sólo se paga una parte de los intereses de la deuda, un mercado cambiario artificialmente contenido por los controles y una tasa de interés absolutamente desalineada con las posibilidades de pago del sector real de la economía, inseguridad jurídica a partir de un fuerte cuestionamiento a los derechos de propiedad, no sólo por la confiscación de depósitos, sino también por la acción de piqueteros que pretenden tomar empresas privadas y salarios reales destruidos a partir del impuesto inflacionario como mecanismo de financiamiento del gasto público.

Si a todo esto se le agrega la necesidad de aplicar profundas reformas estructurales en el sector público y en el sistema financiero, en la coparticipación federal de impuestos, por citar algunos ejemplos, queda claro que el próximo gobierno tiene una tarea titánica. No es de imposible cumplimiento, pero producirá un desgaste fenomenal a quienes deban resolver estas cuestiones.

Al mismo tiempo, las demandas de la gente son muy altas en comparación con los ingresos disponibles y la ansiedad que cada uno tiene por ver resueltos sus problemas acorta dramáticamente los tiempos que tendrá el próximo gobierno para mostrar resultados.

Sin embargo, el primer set de problemas por resolver como la refinanciación de la deuda o la renegociación de las tarifas puede tener soluciones técnicas más o menos satisfactorias en el corto y mediano plazo, e indudablemente son brasas calientes que caerán en las manos del próximo gobierno. Pero no es ese set de problemas lo más preocupante hacia el futuro. Lo más preocupante consiste en cambiar una cultura económica por la cual todos tienen la mano en el bolsillo del otro.

Sin cultura del trabajo

En el país impera una cultura generalizada por la cual todos se sienten con una serie de derechos, que en rigor no son tales, que termina traduciéndose en una lucha generalizada por el ingreso. La cultura del trabajo honesto para ganarse la vida y progresar ha sido reemplazada, desde hace décadas, por la cultura de presionar al gobierno para que éste le meta la mano en el bolsillo a otros sectores de la sociedad para beneficiar a determinados sectores. Dicho más vulgarmente, hoy no es "negocio" trabajar y esforzarse para progresar, sino tener suficiente poder de lobby para apropiarse de ingresos y patrimonios de terceros.

Por ejemplo, algunos sectores empresariales se creen con derecho a que el Estado los proteja de la competencia o a recibir subsidios. Es decir, no creen en que sus utilidades deben provenir de ganarse el favor del consumidor sino que tienen la cultura de gestionar sus ganancias ante los funcionarios públicos.

Los piqueteros se sienten con derecho a ser subsidiados por el resto de la sociedad para cortar rutas, puentes y armar sus estructuras políticas y fuerzas de choque. Dirigentes sindicales se sienten con derecho a manejar compulsivamente miles de millones de pesos que corresponden a los trabajadores, y políticos se sienten con derecho a utilizar al Estado en beneficio propio.

Este perverso sistema de vivir a costas de otro genera varios problemas. En primer lugar, constituye una fuente de corrupción de proporciones incalculables. Conseguir el favor del funcionario no resulta gratis la mayoría de las veces. En segundo lugar, la parte de la sociedad que trabaja tiene que sostener a toda esta legión de sectores privilegiados que consume y no produce.

En tercer lugar, la productividad de la economía tiende a ser cada vez menor, porque invertir para ser eficiente pierde sentido con estas reglas. Y, en cuarto lugar, la lucha por el ingreso es cada vez más feroz, porque lo que le queda para repartir al Estado es un ingreso que disminuye.

Hoy se ha puesto de moda hablar del modelo productivo. ¿Quién puede estar en contra de producir? El problema no es ése, sino si el modelo productivo se basará en el trabajo honesto o si los funcionarios de turno seguirán declarando, en forma arbitraria, ganadores y perdedores dentro de la sociedad.

Es cierto que durante décadas la Argentina se ha volcado a la especulación financiera, lo que no se dice es que esa especulación es hija del manejo cambiario y de la tasa de interés que hace el Estado para financiar sus desequilibrios fiscales. Hablar de modelo productivo sin resolver el problema fiscal puede resultar muy vendedor en términos electorales, pero poco efectivo para privilegiar la actividad productiva sobre la especulación financiera.

El mayor desafío económico del próximo gobierno es, entonces, restablecer reglas de juego donde levantarse todas las mañanas para trabajar se transforme en un buen negocio. Si esta cultura no es restablecida, no debería extrañarnos que dentro de un tiempo estemos discutiendo una nueva confiscación de depósitos u otra estampida inflacionaria y cambiaria.

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