La otra innovación (o la imitación en sentido amplio)

Eduardo Levy Yeyati
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20 de junio de 2016  

¿Qué es innovación? Esta pregunta dispara la discusión hace unos días en una mesa informal organizada por Ubatec. Primera reacción visual: jóvenes disruptivos inventando productos y tecnologías en un garaje de Silicon Valley o en un laboratorio del MIT -o incubando la salvación del mundo en la Singularity University-. Los satélites "porteños" de Satellogic (los últimos dos bautizados Fresco y Batata) o las valijas con Wi-Fi de Bluesmart son buenos ejemplos nacionales. Pero no hay muchos más. Y los pocos que hay son en su mayoría pequeños y globalizados.

Entonces, ¿qué sería innovación en el contexto local? No Silicon Valley, fetiche que muchos países intentaron importar sin suerte, tal vez porque precisa condiciones especiales de mercado, concentración de conocimiento, financiamiento y escala. O porque este modelo de alto riesgo es un "ganador lleva todo" en el que sólo uno, el mejor o el más grande o el primero, puede ganar. Y en este frente unos pocos países nos llevan ya demasiada ventaja.

Al resto nos toca innovar por imitación. Sin ir más lejos, nuestros unicornios (empresas nuevas de crecimiento rápido) son imitadores: Mercado Libre de EBay, Despegar de Expedia, Office Net de Staples. Este "modelo de arbitraje" es simple: replico empresa exitosa en EE.UU. para el modesto mercado latinoamericano, con la idea de ocupar el lugar o de vender a la empresa americana si ésta decide entrarle al latino. (Ali Baba, copia china de Amazon, muestra que no somos los únicos imitadores exitosos.) Pero el arbitraje tiene patas cortas: difícil fundar un modelo productivo nacional que requiere decenas de miles de nuevas empresas dinámicas replicando un puñado de compañías de Internet.

La innovación que hace la diferencia suele ser imitación en un sentido más amplio. Como en nuestra industria farmacéutica, basada en gran medida en hacer ingeniería inversa (es decir, descular y replicar) de innovaciones ajenas. O el modelo malbec, fundado en la imitación de métodos extranjeros: la elección de un varietal "exótico" para competir con el vino de corte del terroir europeo, la certificación de calidades diferenciales. La adaptación de procesos, empaques, marcas, modos de comercialización, muchas veces importados de otros países, son todas variedades de la innovación.

¿Quién innova? Sin negar las bondades del romántico emprendedorismo disruptivo con el que muchas veces se asocia, buena parte de la innovación que agrega valor a la economía y eleva su productividad imita y adapta lo existente, no en garajes y aceleradoras de desbordante creatividad, sino en aburridas empresas medianas y grandes con espalda suficiente para bancar equipos, laboratorios y procesos largos de resultado incierto.

Aun en Silicon Valley (ni qué decir en Palermo Valley) el innovador cuentapropista depende de amigos y familiares con capacidad de financiamiento y oferta de repechaje, sin los cuales corre el riesgo de quedar prematuramente desempleado y desalentado, como actor-lavacopas en Hollywood. No es la falta de espíritu emprendedor, sino la escasa inversión en innovación de las empresas argentinas, solas o en asociación con universidades y Estado, lo que amplía nuestra brecha tecnológica. Esta innovación made in Argentina puede que no sea tan glamorosa y motivadora como para emocionar multitudes, pero no por eso es menos urgente para nuestro desarrollo.

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