La vida después de De Vido

Francisco Olivera
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10 de junio de 2012  

Justo en el momento en que más necesita el Gobierno recomponer el vínculo con empresarios, mientras la actividad económica empieza a ceder y persiste el nerviosismo por el control de cambios, Julio De Vido, el último de los interlocutores en que creía el establishment, entra en su peor reclusión política desde 2003.

Y eso que la ocasión requiere de encargos concretos. No está fácil, por ejemplo, la convocatoria que inició Axel Kicillof entre los banqueros para "una patriada" (así la llaman en los bancos) para financiar a YPF. La reticencia tiene varias excusas. La última ya excede el mundo del economista keynesiano: por las restricciones se duplicaron los consumos con tarjeta en el exterior y eso genera un descalce desde que el cliente compra hasta que paga, al dólar oficial.

No todos tienen la oportunidad de decírselo de frente a alguien con poder. La tuvo Adelmo Gabbi, N°1 de la Bolsa, en aquel encuentro de hace diez días con Cristina Kirchner. La reunión, cuya duración se había fijado para 15 minutos, se extendió una hora y media y funcionó en los hechos como la reconciliación de Gabbi con la Casa Rosada, tras las acusaciones de tráfico de influencias que había recibido de Amado Boudou, que no estaba allí. Cuando la Presidenta le preguntó cómo veía la situación cambiaria, el dirigente contestó que el problema no era el dólar sino la inflación. Hernán Lorenzino, ministro de Economía, empezaba ya a fusilarlo con la mirada ante la mención de esa palabra prohibida, pero fue interceptado por la anfitriona: No te preocupes, con Adelmo se puede hablar .

El problema es que no todos pueden hablar. Y ese distanciamiento involucra a veces a los propios funcionarios. Lo supo Héctor Timerman en su accidentado viaje a Angola, donde fue víctima del enojo presidencial. Al llegar la delegación, la muestra no estaba terminada y hubo que trabajar a las apuradas. Una desinteligencia típica de asuntos en los que se inmiscuye Guillermo Moreno: su autoridad es tal que cohíbe a los encargados formales y, finalmente, si nadie determina quién debe asumir cada responsabilidad surgen agujeros operativos. Para colmo, el canciller había seguido un consejo que los empresarios de la gira juzgan todavía intencionado: fue Moreno, dicen, quien le dijo que ni se le ocurriera organizarle a la Presidenta una reunión con la oposición angoleña. Mala idea: ella se molestó después por eso.

Algunos miembros del Gobierno empiezan a confiar en privado cierto hartazgo ante el destrato. En particular De Vido y el secretario de la Presidencia, Oscar Parrilli. No todos son como Ana González, la secretaria privada de Moreno. Cuando uno de los empresarios a quienes llama en feriados y a horas insólitas le insinuó condolencias por el trabajo insalubre a que estaba expuesta, la fiel González sorprendió: Pero si para mí esto es una religión .

No es ni mucho menos el caso de De Vido. Que, por ejemplo, ya presentó su renuncia por lo menos dos veces en los últimos tiempos. Le fue rechazada con amenazas, según han dicho ante hombres de empresa colaboradores de su secretario privado, José María Olazagasti. Pero el ministro está cansado y recordó días atrás ante confidentes la necesidad de cuidar su salud ante esta situación de stress. Es diabético. Hace cinco años, de regreso de una gira presidencial por Europa en un Boeing 747-200 de Aerolíneas Argentinas alquilado, tuvo que ser atendido en pleno vuelo por una descompensación. Se puso blanco y la tripulación llegó a analizar la posibilidad de un aterrizaje en un aeropuerto alternativo, decisión finalmente desechada. Hombre disciplinado, se atiende regularmente en el Instituto Argentino de Diagnóstico y Tratamiento, centro de salud que comparte por casualidad con quien más ha contribuido a su despojo político: Guillermo Moreno.

El esmerilamiento que De Vido viene soportando puede ser más o menos explícito, como el último recorte de áreas, o subyacente, como ciertas objeciones hacia su entorno. Hace más de un mes, intrépidos que responden a Moreno y de la generación que conduce Máximo Kirchner empezaron a cuestionarle hombres de confianza como Olazagasti o el subsecretario Roberto Baratta. La última acusación: un presunto mal desempeño en gestiones en la Aduana. El ministro los defendió sin concesiones y eso aceleró el desgaste.

No sorprende. Y podría pasar en adelante con áreas que él acostumbraba a controlar sin curiosos de por medio. Juan Manuel Abud y Paula Español, por caso, son los nuevos gerente general y gerenta de finanzas, respectivamente, de Cammesa, la firma mixta que administra el mercado eléctrico. Si no se ponen muy exigentes empezarán seguramente por consultar el "Informe de situación empresaria 2010-2011" elaborado por la Sigen. Sería, de paso, y si el documento no tiene errores de tipeo, una revancha para Daniel Reposo, conductor de la Sigen.

¿Qué otra misión que la vigilancia podría además cumplir en Enarsa, emporio de las importaciones gas, el tándem Juan José Carbajales-Jorge Seoane? Tal vez esta nueva dirigencia sea pasajera, pero recibe hace tiempo el respaldo de Cristina Kirchner. Todos ellos son críticos de la vieja política y, en algunos casos, parten de prejuicios. Dos actitudes que los condenan a competir con Moreno. Ya lo anticipó el secretario en Angola delante de su claque: El único honesto del Gobierno soy yo .

La contienda sería inocente si no persistieran, como trasfondo, variables que se deterioran. Una de ellas es demoledora para todos: la Presidenta tiene ya en su poder encuestas que marcan una nueva caída en su imagen. Pero existen también otras. Algunas automotrices se apuraron en consultar sus informes de preventa, sondeos de las direcciones de Marketing y Ventas que anticipan la actividad de meses siguientes, y hallaron caídas de entre el 8 y el 10 por ciento.

Varias administraciones provinciales se quedarán sin caja una vez que paguen el aguinaldo. Lo advirtió el jueves San Luis, pero la lista es más extensa. Y las penurias con la obra pública son más abarcadoras: el sector está parado en todo el país. Cualquiera de los casos, a los que se podría agregar la relación con los gremios, requerirá de un interlocutor que reemplace la función que hasta hace meses cumplía el ministro de Planificación. "Ojo, que de De Vido dependen muchos puestos de trabajo", protestaron en una contratista.

A menos que se esté pensando en un casting de urgencia, no han aparecido aún funcionarios capaces de reunir cohesión. La deficiencia deja entrever una resurrección del desplazado si las cosas se complican más. Pero parece improbable por ahora. Lo vivieron los empleados del programa de propiedad participada (PPP) de Aerolíneas que habían ido a ver a De Vido para pedirle que intercediera ante la empresa, que se aprestaba a aprobar el balance 2008. Según los trabajadores, eso implicaba una autocrítica de todos los directorios de los últimos años y, así, la posibilidad de acciones de responsabilidad contra quienes hubieran intervenido. El arquitecto les dijo que lo dejaran en sus manos. No habían llegado a acreditar, por cuestiones de tiempo, la personería como representantes.

La asamblea fue el viernes 1° de junio. El balance se aprobó. Y Rodolfo Casali, el hombre de la PPP, ni siquiera pudo entrar.

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