El rol actual de las empresas, puesto en debate

El rol de las empresas, puesto en debate
El rol de las empresas, puesto en debate Fuente: Archivo
Surge cada vez con más fuerza la idea de un "capitalismo colectivo"; cómo deberían tomarse las decisiones de negocios para que haya una economía sana y competitiva
The Economist
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25 de agosto de 2019  

En todo el mundo occidental el capitalismo no está funcionando como debería. Abunda el empleo, pero el crecimiento es lento, hay excesiva desigualdad y el medio ambiente está padeciendo. Uno podría esperar que los gobiernos hagan reformas que resuelvan todo esto, pero la política en muchos lugares está trabada o es inestable. ¿Quién vendrá al rescate? Un número creciente de personas cree que la respuesta es pedir a las grandes empresas que ayuden a arreglar los problemas económicos y sociales. En los últimos días, 180 ejecutivos de firmas en Estados Unidos, incluyendo los jefes de Walmart y JPMorgan Chase, acabaron con tres décadas de ortodoxia comprometiéndose a que el propósito de sus firmas ya no era sólo servir a sus dueños, sino también a los clientes, el personal, los proveedores y las comunidades.

En parte, los motivos de los CEO son tácticos. Esperan evitar ataques a las grandes empresas de la izquierda del Partido Demócrata. Pero el cambio también tiene que ver con tendencias sociales. Los más jóvenes quieren trabajar para firmas que asuman una postura ética frente a la realidad. Y políticos de diferentes ideas quieren que las firmas generen empleos e inversiones para sus países.

Por más bien intencionada que sea, esta nueva forma de capitalismo colectivo terminará haciendo más mal que bien. Se corre el riesgo de afianzar a una clase de CEO faltos de legitimidad que no rindan cuentas a nadie. Y es una amenaza para la prosperidad a largo plazo, condición básica para el éxito del capitalismo.

Desde que se permitió a las empresas actuar con responsabilidad limitada en Gran Bretaña y Francia en el siglo XIX, hubo debates respecto de lo que la sociedad puede exigirles. En las décadas de 1950 y 1960 Estados Unidos y Europa experimentaron con el capitalismo gerencial, un modelo en el que firmas gigantes trabajaban con el Estado y los sindicatos y ofrecían a los trabajadores estabilidad en el empleo y otros beneficios. Pero tras el estancamiento de la década de 1970 se impuso el dar valor a los accionistas.

Es este marco el que está ahora bajo ataque. En parte, tiene que ver con una declinación percibida en la ética empresaria. Pero, principalmente, se acusa de una lista de pecados a las compañías que cotizan en bolsa: entre ellos, obsesionarse con las ganancias de corto plazo, no tener interés en invertir, explotar personal y bajar salarios y no pagar por las consecuencias catastróficas que provocan, en particular, la polución.

No todas estas críticas son certeras. La inversión en Estados Unidos respecto del PBI está en niveles históricos. Y el horizonte de tiempo de la bolsa en Estados Unidos es tan prolongado como siempre.

Pero algunas críticas son correctas. La participación de los trabajadores en el valor creado por las firmas ha caído. Los consumidores a menudo se ven perjudicados y la movilidad social se ha deteriorado.

No obstante, la reacción popular e intelectual contra el darle valor a los accionistas ya altera la toma de decisiones corporativas. Los CEO apoyan causas que son populares entre los clientes y el personal. Las firmas invierten capital por motivos distintos a la eficiencia: Microsoft financia viviendas en Seattle por US$500 millones. El presidente Donald Trump alardea de que impone a los patrones dónde deben construir fábricas. Y algunos políticos esperan que se llegue más lejos. Todo tiende a un sistema en el que las grandes empresas fijan y persiguen metas sociales amplias, y no su propio y estrecho interés.

Eso suena lindo, pero el capitalismo colectivo tiene dos problemas. Falta de responsabilidad y falta de dinamismo. Consideremos primero la responsabilidad. No está claro cómo deben saber los CEO lo que la "sociedad" quiere de sus compañías. Es probable que decidan los políticos, grupos que hacen campañas y los mismos CEO. Y que la gente común no tenga voz. En los últimos 20 años la industria y las finanzas quedaron bajo dominio de grandes firmas, por lo que un número pequeño de líderes empresarios no representativos terminarán con un inmenso poder.

El segundo problema es el dinamismo. El capitalismo colectivo rechaza el cambio. En un sistema dinámico las firmas tienen que dejar de lado al menos a algunos interesados: para responder al cambio climático las petroleras tendrán que reducir mucho el empleo. Los fans de las firmas gigantes de la era gerencial en los años 70, a menudo olvidan que AT&T estafó a los consumidores y que General Motors hizo autos inseguros. Ambas firmas corporizaban valores sociales que estaban equivocados. Fueron protegidas en parte porque cumplían con objetivos más amplios, como el empleo de por vida.

La forma de hacer que el capitalismo funcione mejor no es limitar la responsabilidad y el dinamismo, sino promover ambas cosas. Esto requiere que el propósito de las firmas sea definido por sus dueños, no por los ejecutivos o por gente que haga campañas. Algunos pueden obsesionarse con los objetivos de corto plazo y los resultados trimestrales, pero eso por lo general se debe a que están mal administradas. La mayoría de los dueños y las firmas optan por maximizar el valor a largo plazo y eso es hacer bien los negocios.

También se requiere que las firmas se adapten a las preferencias de la sociedad. Si los consumidores quieren café que provenga de un comercio justo, eso deberían recibir. Si los graduados universitarios rechazan a las compañías no éticas, los empleadores tendrán que acomodarse a ellos. Una forma de hacer que las firmas sean más sensibles y responsables sería ampliar el número de propietarios: el sistema impositivo debería alentar la compra de acciones. Y el poder del voto en las elecciones de las compañías no debería ser transferido a unos pocos barones de la administración de fondos.

La responsabilidad solo funciona si hay competencia. Esto hace bajar los precios, aumenta la productividad y asegura que las firmas no puedan tener ganancias anormalmente elevadas por mucho tiempo. También alienta a las compañías a anticipar cambios según las preferencias de los clientes, los trabajadores y las autoridades. Si se mira la lista de los 180 ejecutivos que firmaron su compromiso reciente por sus compañías, muchos están en sectores oligopolios, que cobran de más a los clientes y que tienen muy mala reputación en cuanto al servicio al consumidor.

Una economía saludable y competitiva requiere de un gobierno efectivo que haga cumplir las normas antimonopólicas, elimine el excesivo lobby y ofrezca respuestas ante el cambio climático. Empoderar a los CEO de las grandes empresas para que actúen como sustituto de esos gobiernos no es el camino. El mundo occidental necesita de la innovación, la propiedad repartida y firmas que se adapten rápido a las necesidades de la sociedad. Eso es el tipo de capitalismo realmente sabio.

Traducción de Gabriel Zadunaisky

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