Los economistas, metidos de lleno en el debate sobre la salida de la cuarentena

Marcos Buscaglia
Marcos Buscaglia PARA LA NACION
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10 de mayo de 2020  

La profesión de economista se metió de lleno en el debate de la salida de la cuarentena en la Argentina y en el mundo y, como siempre, está dando lugar a polémicas. A simple vista, los economistas parecen ser proclives a reabrir rápidamente la economía, mientras que los sanitaristas se encontrarían del otro lado de la vereda. En realidad, una visión adecuada del tema nos llevaría a la conclusión de que la mirada de los economistas no es opuesta a la de los epidemiólogos, sino más bien complementaria.

Está claro que el problema del manejo de la salida de la cuarentena no es solo una cuestión sanitaria, sino también económica. De lo contrario, alcanzaría con cerrar la economía por varios meses y listo. El problema de hacer esto lo expresó muy claramente el Premio Nobel de Economía Paul Romer en un artículo en The New York Times : "John Maynard Keynes bromeó con que, a la larga, todos estamos muertos. Si mantenemos nuestra estrategia actual de represión basada en la distancia social indiscriminada durante 12 a 18 meses, la mayoría de nosotros todavía estaremos vivos. Es nuestra economía la que estará muerta."

El coronavirus (Covid-19) ya está haciendo estragos en la economía mundial, llevándola a la mayor recesión desde la Gran Depresión de 1930. En Estados Unidos, la tasa de desempleo subió de 3,6% en enero a 14,7% en abril, el número más elevado en la posguerra. Más de 33 millones de personas ya pidieron seguros de desempleo en ese país en las últimas siete semanas. En otros países la situación es aún peor. En la Argentina, es probable que la actividad se contraiga en abril cerca de un 15% contra el mismo mes de 2019.

Cuanto más se prolongue la cuarentena, más se van a multiplicar los costos económicos. Muchas familias viven día a día. Las empresas tienen un límite para poder tirar con ventas muy reducidas o nulas y con sus costos fijos como salarios, alquileres y créditos que pagar. Los gobiernos de muchos países, además, tienen espaldas limitadas para financiar paquetes de ayuda a familias y empresas. La economía clama por poner un fin a la cuarentena.

Sin embargo, poner en foco solamente el aspecto económico también sería un error. Si se toma una decisión apresurada, solo sobre la base de criterios económicos y sin la adecuada preparación sanitaria, el riesgo es tener una segunda ola de contagios. Esto fue lo que pasó en varias ciudades de Estados Unidos como Saint Louis y Denver en 1919, durante la Gripe Española.

Una vez que está claro que la salida de la cuarentena no es solo un problema sanitario ni solo un problema económico, la pregunta es: ¿qué tienen los economistas para aportar al debate? Mucho, justamente porque incorporan los costos económicos al análisis y, en algunos casos, porque incorporan las decisiones individuales y no solo las decisiones de los gobiernos. Veamos...

Los modelos de los economistas aplicados a la pandemia utilizan el mismo instrumental que los modelos de los infectólogos. El caballo de batalla en ambos casos es el modelo SIR, acrónimo que viene de los tres estadios que puede tener una persona en el proceso de la enfermedad: "S" de susceptible de ser infectado, "I" de infectado y "R" de recuperado (o fallecido).

Para poner a funcionar estos modelos es necesario tener una idea de valores como, por ejemplo, la tasa de fatalidad, la tasa a la que los infectados se encuentran con personas susceptibles de infectarse (lo cual puede modificarse mediante políticas de distanciamiento social) y, relacionado con esto, la tasa de reproducción (llamado R0). Un problema es que hay bastante incertidumbre con algunos de estos valores para el caso del Covid-19. Por ejemplo, todos los modelos suponen que los que ya tuvieron la enfermedad quedan luego inmunes a ella, aunque no hay seguridad sobre si esto es cierto.

Antes de meternos de lleno con los aportes de los economistas, vale la pena aclarar un par de resultados de los modelos SIR. El primero es que la aplicación de estos modelos en febrero o marzo daba como resultado predicciones catastróficas en términos de infectados y muertos, predicción que (todavía) no se materializó, quizá por las medidas tomadas para reducir el R0, o quizá por otra razón. El segundo resultado es, en palabras de John Cochrane, economista de la Universidad de Stanford, que "en el modelo SIR, con una tasa de reproducción fija, lo único que detiene el crecimiento es que cada persona infectada entre en contacto con más y más personas que se recuperan y tienen inmunidad de rebaño. Con un virus altamente contagioso como este, eso significa que la mayoría de la población tiene que contraerlo."

Un aporte importante de los economistas al debate es pensar en políticas de cuarentena que, al mismo tiempo, minimicen el impacto económico. Un ejemplo de esto es el trabajo del argentino Iván Werning y otros colegas del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts, según sus siglas en inglés). Parten del dato de que distintos grupos etarios tienen distintos riesgos de muerte si se infectan del Covid-19: en el grupo de "jóvenes" de 20 a 49 años es del 1 por 1000 de los infectados; en el que llamo tendenciosamente la "edad de oro", de 50 a 64 años, es del 1%, y entre los mayores de 65 es del 6%. Lo que sugieren, entonces, es que una política de estricta cuarentena aplicada a los mayores de 65 reduce no solo la tasa de mortalidad comparada con una política de cuarentena aplicada a todos los grupos, sino que también disminuye el costo económico de la misma a poco más de la mitad. Los menores de 65 se infectan más que en la política de cuarentena total, pero tienen tasas de mortalidad bajas; logran así la inmunidad de rebaño y, mientras, mantienen la economía funcionando. Si, además, se agrega una política de testeo y seguimiento, no solo cae aun más el impacto en vidas, sino que también el costo económico del Covid-19 se desploma.

Decisión individual

Un segundo aporte de un conjunto de economistas es sumarle la dimensión de decisión individual al problema. Cochrane argumenta que lo que los modelos SIR no toman en cuenta es que la gente ajusta su comportamiento, más allá de lo que digan las políticas de cuarentena, y por ello erraron sus cálculos. Si ven mayor riesgo, los individuos se quedan en casa o evitan ciertas actividades.

Hay dos datos que cuadran con esta teoría. En primer lugar, datos de ciudades de Estados Unidos muestran que la gente ya había reducido considerablemente la interacción social antes de que se impusiera la cuarentena. En segundo lugar, el hecho de que los patrones de expansión del virus son bastante parecidos más allá de la política de confinamiento que tenga cada país. En lenguaje de los economistas, R0 no es exógeno, sino que es endógeno.

En la misma dirección, el exministro de Hacienda de Chile Andrés Velasco y el peruano Roberto Chang escribieron un provocador artículo al respecto. Parten de una realidad muy clara: mientras que algunos de nosotros podemos pasar la cuarentena trabajando en forma remota, para muchos esto es imposible, y eso los pone en la línea de fuego de supervivencia de sus negocios y sus familias.

Esta división suele recorrer los estratos de ingreso en todo el mundo: el coronavirus tiene efectos distributivos muy negativos. En la Argentina, un artículo de Cristian Foschiatti y Leonardo Gasparini muestra que solo un cuarto de los trabajadores podría hacer sus tareas en forma remota, y que las ocupaciones menos compatibles con el teletrabajo son justamente las de los trabajadores de menor ingreso.

Uno de los aportes de Chang y Velasco es que la decisión que tome la gente hoy de embarcarse en actividades peligrosas depende de su expectativa sobre el futuro. Una política pública que le asegure que quedándose en casa hoy recibirá algún ingreso en el futuro, tendrá más éxito que una política donde hay mucha incertidumbre sobre el futuro. Sin credibilidad, muchos -desesperados- podrían decidir evadir la cuarentena e ir a trabajar. Entre nosotros, ya vemos algunos atisbos de esto en el conurbano.

Este resultado, que parece contrario al de Werning y sus coautores, no lo es, dado que a lo que apunta es a que, cualquiera sea la decisión de cómo implementar la cuarentena, hay que tener en cuenta las expectativas de los individuos y la credibilidad de la política pública para que esta se cumpla. La credibilidad no es un tema menor, en el contexto de gobiernos que se están embarcando en promesas cuyos costos totales desconocen, dado que no saben la extensión que tendrá la cuarentena.

Sumar la dimensión económica a la sanitaria es importante en estos momentos de crisis. Keynes también decía que "los hombres prácticos, que se creen bastante exentos de cualquier influencia intelectual, suelen ser esclavos de algún economista difunto". Esperemos que, en este caso, sumen a la mesa de decisiones a algunos/as economistas vivos/as.

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