Los jóvenes y el geriátrico

Martín Lousteau
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17 de marzo de 2011  • 16:30

Soy joven. O al menos eso quiero pensar, aunque sea conciente de que mi percepción esté lejos de ser universal. Es que ya tengo cuarenta años. Cuando asumió en su actual cargo de ministro de Finanzas de Suecia, Anders Borg tenía 38 años. El primer ministro de Economía y Tecnología de Angela Merkel, Karl-Theodor zu Guttenberg, tenía incluso un año menos cuando fue nombrado. Y hay gente que, con edades similares, ha aceptado responsabilidades mucho mayores: David Cameron, actual premier del Reino Unido, tiene 44 años; Felipe González lideró España con tan sólo 40 años; y Bill Clinton juró nada menos que como presidente de los EEUU a los 46.

Como se puede apreciar, el tema de la edad depende de las circunstancias y de las perspectivas. Lo que en nuestra sociedad puede parecer precoz, en otros ámbitos es absolutamente normal. Y ello es paradójico ya que somos un país relativamente joven.

Pero parece que las transiciones generacionales nos están costando bastante últimamente. El Ministro de Economía de Isabel Perón era Antonio Cafiero; y Carlos Ruckauf ocupó la cartera de Trabajo. En ese entonces, Carlos Menem era gobernador de La Rioja. Y la fórmula radical que había perdido con Perón-Perón estaba compuesta por Balbín y De La Rúa, que a su vez habían derrotado en la interna a Raúl Alfonsín.

Son casi cuarenta años dominados por las mismas figuras. Sin dudas que la interrupción democrática y los efectos del terrorismo de Estado sobre una generación que debería haber sido puente entre ese tiempo y los actuales constituyen una causa de esta persistencia. Pero tampoco pueden ser la explicación completa. Nuestros países vecinos sufrieron problemas parecidos pero esa generación, seguramente menos diezmada, está cumpliendo actualmente su rol de facilitadora de la transición.

Hoy existe un reverdecer del interés político por parte de los jóvenes. Así lo demuestra su participación pública y el rol que han desempeñado en elecciones recientes como la de Catamarca. Pero no parece tratarse de un proceso de toma de posta natural: no existen ámbitos donde la gente nueva se esté formando para desempeñar responsabilidades futuras, aprendiendo de la experiencia de los que los anteceden.

El fenómeno se asemeja más a una sociedad conservadora que suma la fuerza de la juventud pero con consignas pertenecientes al pasado o muy acotadas en su visión. Y sólo hay dos espacios políticos que han podido adentrarse en esas ansias de los más jóvenes. Por un lado está "La Cámpora", que mercantiliza las ganas de algunos mediante celulares y cargos, como bien describió Victoria Donda, y aprovecha gratuitamente el derrame que esa ilusión de participación produce hacia abajo. Por el otro se halla el PRO, que sólo parece buscar a sus jóvenes entre "La Newman", un corredor social diminuto que abarca barrios cerrados de zona norte y los ámbitos más recoletos de la Capital Federal.

Pero lo que falta es un verdadero sentido épico. No en términos de la aparente disposición a adentrarse en causas justas sino del verdadero sentido de las mismas, de qué visiones de futuro están en juego, de qué pretendemos ser como sociedad. Tampoco se trata de retornar a consignas de antaño vociferadas por representantes de la antigua Juventud Peronista: aunque sigan siendo justicialistas, ellos hace rato que dejaron de ser jóvenes.

Conversando hace poco con el vicepresidente uruguayo, Danilo Astori, él expresaba su orgullo de que el Frente Amplio estuviera incorporando jóvenes profesionales extremadamente capacitados y comprometidos con la modernización de su país, de manera tal que ahora aceptaban el costo de ingresar en la función pública cuando antes lo evitaban. Eso no ocurre aquí todavía: los que se suman no pagan costos respecto de sus alternativas sino que disfrutan de beneficios que no podrían conseguir de otra manera.

A veces da la sensación de que la crisis de 2001-2002 nos encerró detrás de una estructura de blindex: vemos lo que pasa en el mundo, pero no podemos oír, ni tocar, ni oler, ni interactuar. Por eso nuestra interpretación de él es acotada o sesgada. Y algo similar les pasa a los demás países respecto de nosotros.

Los jóvenes, si es que se me permite entrar aún en esa categoría, estamos dentro de un geriátrico mirando el mundo a través de grandes ventanales blindados. Y el desafío no pasa por ser nombrado enfermero ni por hacerse cargo del hogar de ancianos sino por ser capaces de atravesar ese blindex; ver, oler, palpar, conversar con los que están más allá, y ahí decidir qué país realmente queremos ser, cómo vamos a lograrlo y teñirnos de una épica más grande que nosotros mismos, que abarque también al futuro de nuestros hijos y nietos.

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