Los políticos tienen la obligación de dejar de lado las rencillas

Por Julio J. Gómez Para LA NACION
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15 de diciembre de 2001  

Las medidas del Gobierno, a partir del 3 del actual, produjeron una gran zozobra en la población que se agregó a la angustia que había desde largo tiempo atrás. Durante los primeros meses de este año, a la angustia se agregó un creciente sentimiento de desconfianza que movió a inversores y ahorristas a comenzar el retiro de sus tenencias en los bancos. Los retiros se mantuvieron en forma casi constante con algunas variaciones, pero el monto total retirado alcanzó a un alto porcentaje de los depósitos.

La desconfianza explotó el último viernes de noviembre, cuando los clientes en masa se lanzaron sobre los bancos a retirar sus depósitos. Cabe señalar que los bancos en su totalidad atendieron los retiros hasta muchas horas después del cierre habitual. Esto no puede corroborarlo nadie mejor que los que se llevaron su dinero.

Avalancha de retiros

Puede asegurarse que los fondos devueltos hasta el 29 de noviembre, más la avalancha de retiros iniciada al abrirse los bancos ese viernes, habrían obligado al cierre de los bancos en cualquier país del mundo que hubiera recibido tales ataques y no contara con la solidez de nuestras instituciones y con las reservas acumuladas por disposición del Banco Central, que además estuvo presente en apoyo de los bancos por si necesitaran su ayuda.

Las instituciones no tienen el dinero de sus clientes guardado en una caja de hierro para devolverlo cuando es solicitado. Es prestado al Estado, a empresas y a particulares, y su rescate a corto plazo es inimaginable en cualquier país del mundo y mucho menos en la Argentina, sumida en la recesión, el desempleo y la alta morosidad.

Ante esta situación, el Gobierno debió actuar, y lo hizo desde el mismo 30 de noviembre y el 2 del actual dio a conocer una serie de normas destinadas a evitar que una nueva avalancha de pedidos de fondos llevara a los bancos a la quiebra. Si los bancos quiebran, los banqueros perderán sus inversiones, pero los que más perderán son los clientes. Es fácil de imaginar el pandemónium que se puede llegar a crear en un país ante la quiebra de sus bancos y la imposibilidad de que sus clientes recuperen sus acreencias.

Ante este tétrico cuadro, el Gobierno desoyó las demandas de quienes proponían la devaluación, el default y la dolarización y aplicó medidas dolorosas, pero eficaces para solventar la situación. Estas medidas, que se fueron suavizando en días sucesivos, ratifican la propiedad de los depósitos por sus titulares y habilitan el retiro mensual de fondos sin trabar el movimiento de esos fondos entre titulares y bancos.

La condición -que no rige para los jubilados- de disponer por mes hasta $ 1000 en efectivo, que los asalariados pueden retirar en una sola vez y todos los demás en cuatro cuotas semanales, permitirá a más del 80% de la población disponer de dinero en efectivo suficiente para atender sus necesidades de dinero de bolsillo. Es claro que no va a afectar a los que ganan $ 1000 o menos. Tampoco va a afectar a los que ganan $ 2000 o $ 3000 mensuales o más, ya que queda abierta para todos la posibilidad de abonar sus compras mediante sistemas electrónicos, pagando ya sea con tarjeta de débito o de crédito o transferencia bancaria.

Los primeros días de aplicación de las nuevas medidas están resultando difíciles y engorrosos, ya que es necesario que la gente se "bancarice", es decir, que solicite los elementos electrónicos y se acostumbre a utilizarlos. Pero los bancos se están esforzando por servir a sus clientes de la mejor forma posible, alargando sus horarios de atención y habilitando días inhábiles. De esta manera cabe esperar que pasado un cierto tiempo y superada esta etapa vaya retomando la tranquilidad. Los depositantes encontrarán que $ 1000 en efectivo les resultan suficientes y seguramente mucha gente que había estado ahorrando en caja de ahorro o en plazo fijo con un fin determinado, como puede ser la compra de un artefacto, departamento, auto, etc., se decida a utilizar los fondos temporariamente bloqueados para satisfacer sus deseos.

Circuito de fondos

De esta manera, el dinero comenzará a cambiar de titulares: del depositante al comerciante, de éste al fabricante, del fabricante al proveedor de materias primas y a sus obreros y empleados y así, aunque parezca una ilusión, pueda reactivarse el movimiento económico de tal manera que aumente la recaudación impositiva, se vaya enjugando el déficit y se genere un superávit para retornar a épocas mejores. Por otra parte, el nuevo régimen, al permitir un creciente aumento de la bancarización, y siendo que el Estado ha dejado de competir como tomador de fondos en la plaza, permitirá a los bancos disponer de mayores disponibilidades para dar créditos a tasas de interés más bajas.

Sí, esto puede ser ilusorio, pero es perfectamente posible y por cierto que es tiempo de terminar de lastimarse pensando sólo lo negativo. Es de lamentar que la necesidad haya llevado a reimponer medidas de nefasto recuerdo, como son el control de cambios y el control del comercio exterior, pero en el momento actual no hay más remedio que aceptarlas en la esperanza de que no sea por mucho tiempo.

Pero hay un aspecto que no se puede dejar de señalar: si el programa actual fracasa nos espera una larga noche de pena y de dolor. Evitarlo requiere la comprensión de todos los ciudadanos. Por último, necesitamos una fuerte base de sustentación política. Los políticos tienen la palabra. No vacilo en afirmar que tienen toda la responsabilidad. Los políticos tienen la obligación histórica de dejar de lado rencillas e intereses particulares y personales y unirse en un esfuerzo común para superar la angustia colectiva, reafirmar el valor de la democracia y asegurar el porvenir de nuestros hijos. Su primera obligación a la vista es acordar con la máxima urgencia la aprobación de un presupuesto nacional para 2002 acorde con las posibilidades del Estado.

Si ellos no son capaces de proveer la base de sustentación necesaria serán responsables de las consecuencias.

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