Mal momento para pelearse con dos al mismo tiempo

Francisco Olivera
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12 de febrero de 2012  

Dicen que está tan seguro de sí mismo que hasta perdió esa agresividad que lo hizo célebre. Cosas de la psicología: Guillermo Moreno es otro desde que tiene, por orden de la Presidenta, el control absoluto del área económica del Gobierno. Ahora anda ilusionado con una próxima gesta que, según confió entre dirigentes de confianza, imagina inaugural y ejemplificadora para su nuevo rol: la misión que encabezará el mes próximo, acompañado por empresarios, a Angola. Va a ser un viaje muy austero, acá no se jode, le dijo a un ejecutivo. Como siempre con Moreno, hay detrás de ese alarde una definición política que involucra a otros.

Sebastián Eskenazi, CEO de YPF, no puede haber caído en peor momento para discutir con el Gobierno. No sólo es pésimo su trato con Moreno, secretario que, en el colmo del regodeo de autoridad, viene definiéndolo ante empresarios como "amigo de Amado Boudou". También están cortados sus vínculos con los dirigentes de La Cámpora, agrupación que le responde con disciplina castrense a Máximo Kirchner, cada día más influyente en las decisiones.

El año pasado, cuando despuntaba lo que se terminó de estropear en octubre con la desobediencia a la orden de no repartir dividendos, Eskenazi recibió en el hotel Hilton de manera cruda, en un encuentro con un dirigente de La Cámpora, qué era lo que la Casa Rosada pretendía de él: que invirtiera en exploración y producción y que YPF dejara de comportarse como una empresa del mundo financiero. Ya el recibimiento había sido duro. Si vas a venir siempre con dos tipos, yo vengo también con los míos , fue la bienvenida, que llevó al empresario a pedirles a sus dos acompañantes que lo esperaran en otro lado. Ninguno de estos nuevos funcionarios da un solo paso sin la aprobación de Máximo Kirchner.

Es cierto que estas reuniones con empresarios son cada vez menos frecuentes. El credo camporista pueden permitir sueldos estatales, altos y simultáneos, pero condena los vínculos demasiado estrechos con quienes, dicen, son capaces de corromper. Lo entendió Cecilia Nahón, subsecretaria de Desarrollo de Inversiones del Ministerio de Relaciones Exteriores, luego de una corrección fraterna de Eduardo de Pedro, uno de los jerarcas de la corriente.

El peor de los mundos para empresarios acostumbrados al lobby. La última aparición de Axel Kicillof, el viceministro de Economía, les sirvió a algunos petroleros para saber quién lleva técnicamente la denuncia por venderle gasoil más caro al transporte. Estaban también Roberto Baratta, colaborador de Julio De Vido, y Juan Pablo Schiavi, secretario de Transporte, pero los argumentos salían del académico de la UBA, que ejemplificaba con conceptos de economía de escala: ¿cómo puede ser, decía, que un determinado producto tenga un precio más alto para quien se lleva una caja entera? Fue el primero en hablar de "discriminación" con los precios. "Brillante el pibe, ¿eh? Brillante y fundamentalista. Asusta. Yo habría preferido a un boludo", se sinceró un petrolero que estuvo ahí.

Ese rasgo de caracterología es la gran tribulación de hombres de negocios que advierten que el Gobierno ha entrado, nunca tan convencido y sin ánimo de escuchar, en callejones que sin duda provocarán un deterioro en el crecimiento. La Unión Industrial Argentina (UIA) lo viene planteando en voz baja. Allí temen que las importaciones caigan como consecuencia de un freno en la actividad pero que, finalmente, el cambio en la balanza comercial sea atribuido a los controles de Moreno. Es la razón por la que José Ignacio de Mendiguren, presidente de la entidad, insiste ahora en que, de cada cuatro puntos que crece el PBI, habrá cuatro más de compras externas. El martes, durante la primera reunión de comité del año, mientras sus compañeros discurrían sobre la falta de interlocutores en el Gobierno y se lamentaban del esmerilamiento que viene sufriendo De Vido, Juan Carlos Sacco, vicepresidente 3° de la central, propuso invitar a Moreno a la UIA. La idea fue desechada: Moreno iría, evaluaron, expondría sus postulados económicos sin que nadie se atreviera a contestarle y se volvería con una versión errónea de su aceptación entre los empresarios.

En este escenario transcurre la pelea con Eskenazi. Quienes responden a Máximo Kirchner desperdigaban el jueves la idea de que, si el conflicto llega a un estadio sin retorno, el Gobierno no permitirá que YPF quede en manos chinas o brasileñas.

Tal vez el dato no aporte nada nuevo en la Argentina, pero Eskenazi debe contar también con que ninguno de sus pares pondrá la cara por él. Primero, porque no lo hicieron otras veces. Alfredo Coto y Juan José Aranguren debieron tiempo atrás, cada uno a su turno, resignarse a batallar solos después de que en la Asociación Empresaria Argentina (AEA), en la Cámara de la Industria del Petróleo (CIP) y en el Instituto para el Desarrollo Argentino (IDEA) se discutiera y se descartara la propuesta de una defensa corporativa. La CIP está desmembrada: YPF se desafilió en 2009 y Shell acaba de renunciar, en desacuerdo con sus políticas. Eskenazi viene además de intentar, sin éxito, su incorporación a AEA.

El segundo motivo por el cual nadie se expondrá es porque la mayoría desconfía de la reciente cercanía de YPF con el Gobierno. ¿Y si finalmente arreglan? Casi todos prefieren ver de lejos la pelea entre gigantes. La explicación más gráfica se oyó en la cúpula de la UIA, que los petroleros abandonaron hace muchos años: "Cuando los elefantes se pelean, pueden pisar a las hormigas. Cuando se aparean, también".

La única área que se llevaba bien con Eskenazi tras la muerte de Kirchner era el Ministerio de Planificación. Pero todo cambió. Baratta, director por el Estado en la petrolera y uno de los funcionarios que discutía el año pasado con dirigentes de La Cámpora para atenuar el conflicto, cumplió en noviembre la instrucción de votar en la asamblea contra del reparto de utilidades. Y De Vido se ha sumado definitivamente al envión con pedidos públicos de mayor exploración.

Es el mayor triunfo de Moreno. Que viene de descubrir, después de nueve años y ante la falta de divisas, que la Argentina estaba cometiendo un verdadero desvarío importando casi 10.000 millones de dólares por año. Con ese argumento convenció a Cristina Kirchner. No habría que descartar que tanto entusiasmo le tenga reservadas nuevas fricciones. Por ejemplo, con la última célula de poder capaz de disputarle el favor de la Presidenta. "Alec", le dice últimamente en broma el secretario a Kicillof, con quien deberá compartir, entre otras cuestiones, el seguimiento de la productividad de las empresas en las paritarias.

Es verdad que Moreno arranca con ventaja. Mientras su compañero se maneja con datos oficiales y se reúne poco con empresarios, él consiguió entrometerse, a los manotazos, en los costos y en las utilidades reales de casi el 100% de las compañías. Nada más valioso en un gobierno ­que ve en el aislamiento una virtud.

folivera@lanacion.com.ar

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