Mandaderos anónimos más eficaces que los tradicionales

Francisco Olivera
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20 de mayo de 2012  

Incrédulo, el director de Finanzas colgó el teléfono. Podía ser una cargada pero, aquí y en estos tiempos, nunca puede saberse. Empleado de una multinacional y acostumbrado a esas formas, el ejecutivo le contó a su par de Asuntos Corporativos qué era exactamente lo que acababa de escuchar. Lo había llamado alguien, no supo quién, de parte del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, y le había exigido lo de siempre en estos días: información sobre exportaciones e importaciones de la compañía y precios de todos los productos de la marca con la variación anual. El, extrañado, había llegado a preguntar quién le estaba hablando. "Soy el Operador N° 1", le contestaron.

Su compañero de trabajo lo tranquilizó. Le explicó algo que en cualquier otro destino resultaría desopilante pero que aquí se ha instalado hace varios meses en el paisaje corporativo: quienes llaman de parte de Moreno nunca revelan su nombre. El secretario se los ha explicado a algunos infinidad de veces, pero fue muy explícito sobre el fin del verano, en el Palacio de Hacienda, cuando anticipó ante un centenar de hombres de negocios que recibirían esos llamados. Ahí los tenían, además. Operador N° 1, 2, 3 o 4, los presentó. Como algunos probablemente los conocerían, advirtió, no había que preguntar el nombre. ¡Y el que lo sabe, se lo olvida!, reforzó Moreno aquella vez.

Había sido una reunión larga, de casi dos horas. El secretario convoca a las 7.45 o a veces a las 8, pero la mayor parte de los directivos suele llegar a esos encuentros, por las dudas, 15 minutos o media hora antes. Lo de siempre: los hace pasar a un pasillo en que pueden esperar una hora de pie, y después los recibe en un recinto pequeño, donde no alcanzan las sillas y se reparte agua y, con suerte, café o alfajorcitos. Ese día, Moreno insistió en la necesidad de que le dijeran la verdad en los datos que pedía. Si me mienten va a tronar el escarmiento, como decía el General Perón, acotó. Y agregó que, de lo contrario, nada le costaría sentarse con los clientes y proveedores de cada uno y asegurarse de que no hicieran más negocios en la Argentina.

La cuestión es que los operadores 1, 2, 3 y 4 han tenido una eficacia descollante. Ningún funcionario del Gobierno tiene, por lo tanto, la base de datos de Moreno. "Es como en un call center: uno no sabe si lo están llamando de Córdoba o la India", dijo un ejecutivo que los atendió.

No debe ser fácil. Con excepción de situaciones delictivas, la mayor parte de los argentinos no está acostumbrado a obedecer a telefonistas que no se identifican. Pero habrá que darle alguna vez la derecha a Moreno: puede estar provocando escasez o distorsiones en mercados con los que se viene metiendo desde 2006, pero es indudable que ha cambiado, acaso para siempre, el modo de relacionamiento entre establishment y Estado. Desde ya, con la inestimable colaboración de los protagonistas.

Es cierto, además, que en general sus funcionarios o colaboradores le reportan obediencia y disciplina, y eso tranquiliza a los interlocutores más desconfiados. Pocos son tan exigentes con sus subalternos. Meses atrás, una abogada se reunió con Moreno por una búsqueda laboral. Tanto habían crecido sus atribuciones, que el secretario empezaba a sondear contrataciones. El instructivo con que la recibió será difícil de olvidar para la aspirante: Acá, nada de Facebook, nada de YouTube, nada de Twitter. Y si te pesco con un novio en la oficina, te echo.

Es indudable que ese estilo cerril ha tenido éxito. Más aún: parece ya tendencia entre funcionarios. El caso más visible es Débora Giorgi, cultora ahora de modos infinitamente menos conciliadores que cuando era secretaria de Ricardo López Murphy, José Luis Machinea o Domingo Cavallo. Incorporó además una novedad retórica en sus reuniones de trabajo: las malas palabras.

Es probable que Moreno advierta esa competencia y que busque intensificarla. Porque ya no sólo la cuestiona a sus espaldas llamándola "Georgina", sino que ha empezado a desautorizarla en público. Fueron testigos, hace dos jueves, autopartistas, ejecutivos de Volkswagen y representantes de la cámara de forjadores. En la reunión, Giorgi intentaba persuadirlos de sustituir importaciones: los instaba a comprarle a la empresa Aceros Zapla, de Sergio Taselli, en lugar de hacerlo en el exterior. Moreno señaló al representante de Aceros Zapla y acotó, impasible: Bueno, pero no sigas con esto, porque vas a dejar a estos cazando en el zoológico.

La semana pasada volvieron a encontrarse. Estaban Horacio Cepeda (jefe de Planeamiento del Ministerio de Industria), Javier Rando (secretario), cuatro funcionarios de la misma cartera, Augusto Costa (subsecretario de Competitividad) y una decena de ejecutivos de autopartistas o automotrices como Renault. Todo venía más o menos bien, hasta que Moreno pidió los números de siempre: balanza, ventas, precios. Casi nadie los había llevado. ¿Habían fallado los operadores 1, 2, 3 y 4? No, porque la convocante era Giorgi. Como quien reprende a escolares incumplidores, Moreno alzó la voz mientras la miraba a la ministra: ¿Nadie trajo nada?, sobreactuó. Dicen los asistentes que la economista se puso muy dura con ellos y se sumó a la exigencia. Pero era inútil reclamar: muchos habían sido llamados dos horas antes y sin ningún encargo.

Analizar el trasfondo de estas peripecias puede ser todavía prematuro. Preguntarse, por ejemplo, si los empresarios habrán incorporado para siempre estos modos o si esta aparente conformidad en el trato debería extenderse a la gestión del Gobierno. No parecía eso el martes, en la reunión de comité de la Unión Industrial Argentina. Allí, el pánico a la devaluación brasileña, la apreciación cambiaria y las trabas para conseguir dólares acapararon la conversación con un tono más quejoso y alarmista que de costumbre.

Hay una automotriz, por ejemplo, que producirá este año la mitad que en 2011. A fines del año pasado este sector vislumbraba un 2012 con 900.000 vehículos fabricados, horizonte recortado a 860.000 en febrero y ahora a 760.000. Es ya casi un 10% menos que los 829.000 del año pasado. Otros sectores están molestos con las trabas a las importaciones o con que la reciente exclusión de las firmas que exportan menos de dos millones de dólares al año para la exigencia de liquidar divisas en 15 días no haya sido suficiente: todavía entran pymes en el régimen. Y agregan que el escenario cambiario, cuya autoría atribuyen en exclusividad a Moreno, significa tener "todos los costos de un tipo de cambio alto sin ninguno de sus beneficios".

Ese martes, esos contertulios de Avenida de Mayo fueron a San Fernando al acto en que Cristina Kirchner anunciaba que Kraft volvía a fabricar el Milka aquí después de 12 años. "Hemos sustituido importaciones", celebró Juan Garibaldi, presidente de Kraft, y recibió una ovación y la sonrisa de la Presidenta.

¿Quién sería capaz de arruinar el escenario con un reclamo? El problema es que el espacio público o la épica han pasado a ser los únicos puntos de encuentro con quien toma las decisiones. Es entendible que todas sus conclusiones salgan de allí.

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