Moreno acumula más fracasos que éxitos

Le fue bien en sus intervenciones en electricidad y en electrodomésticos, pero mal en los mercados de la carne y de los combustibles
Francisco Olivera
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31 de diciembre de 2011  

Hay una anécdota que pasó inadvertida en la pelea entre el Gobierno y el campo y que, por extravagante, debería quedar en la historia de la ganadería argentina. En pleno paro patronal, por orden del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, el Ejército mandó parte de sus vacas al Mercado de Liniers. El apuro hizo que, entre las cabezas, viajaran animales preñados.

Moreno había dado una instrucción idéntica en 2006, cuando se enfrentó con los consignatarios tras la aplicación de precios máximos para la hacienda. En esos días llamaba también a dirigentes de la Unión Industrial Argentina, muchos de ellos productores ganaderos, para llenar los corrales vacíos; clausuraba frigoríficos y enfrentaba a martilleros. A uno de ellos, Víctor Susini, lo echó de una reunión después de un violento entredicho.

Fue como una magnífica epopeya inconclusa. Porque, desde entonces, el stock vacuno perdió 11 millones de cabezas -es decir, un 20%- y los precios subieron casi 200%. El peor costo lo pagaron productores de la zona sur o del sudoeste de la provincia de Buenos Aires, donde hay pocas alternativas a la ganadería, que en ese proceso decidieron arrendar sus campos y vender la hacienda. Como los precios de las vacas subieron, muchos nunca pudieron volver al negocio. Además, mientras se encarecían los valores, el consumo de carne por habitante, entonces en los 65 kg, subió en 2007 a 69 kg y se desbarrancó después casi sin remedio: 68 kg entre 2008 y 2009; 58 kg, en 2010, y 53 kg este año, el nivel más bajo de la historia argentina.

Fue el primero de los sectores afectados por la mano del secretario, que tres años después terminó silbado por los trabajadores de la ex papelera Massuh. Parado sobre una bobina de papel, y en medio del abucheo, intentaba convencerlos de que se fueran por las buenas de la empresa que él había intervenido en 2009 y rebautizado Papelera Quilmes. Ni el ajuste alcanzaba: la compañía, que tenía 500 empleados, tuvo que cerrar.

Otras gestas lo vieron ganar. En el crudo invierno de 2007, el Gobierno venía de aplicar cortes de electricidad de hasta 8 horas diarias, durante 69 días ininterrumpidos, a todas las empresas grandes y medianas del país. Faltaban pocos meses para las elecciones presidenciales y, con el aval de Néstor Kirchner, Moreno tomó las riendas. Llamó, amenazó, presionó, negoció con los grandes consumidores. Ordenó forzar los embalses del Comahue hasta un nivel riesgoso para los técnicos, pero lo consiguió: se terminaron los cortes y la Argentina llegó a octubre sin problemas significativos en los hogares, lo único que le importaba al poder. El máximo ejecutivo de una empresa eléctrica, enfrentado hace tiempo con el secretario, admitió entonces ante este cronista: "Nunca estuvimos tan cerca del desastre. Nadie lo supo. La verdad es que Moreno salvó al Gobierno de un black out a semanas de las elecciones".

Son las contradicciones que genera el funcionario más poderoso que tiene Cristina Kirchner. A veces, sus intervenciones sirven sólo para hacer tapas de diarios, detalle nada despreciable en una administración que se desvive por "el relato". Por ejemplo, su exitosa convocatoria a la Casa Rosada para anunciar, el 14 de septiembre de 2006, junto con presidentes de 14 bancos, el Plan Inquilinos, una iniciativa que preveía facilitar créditos hipotecarios para adquirir la primera vivienda, que los clientes pagarían con la misma cuota del alquiler y a tasas de un dígito. No funcionó: el único banco que lo terminó ofreciendo fue el Nación y no se entregaron más de 10.000 préstamos. Resultados parecidos obtuvo, cada uno a su turno, con los programas "Bicicletas para Todos", "Milanesas para Todos", "Carne para Todos" y, el más pintoresco, "Pescado para Todos", para el que se utilizó una pescadería ambulante en Plaza de Mayo y cuya primera compradora fue la propia Presidenta con un kilo de merluza, que ya se había fotografiado un año antes, a efectos similares, sobre una bicicleta.

En general, estos lanzamientos no hicieron honor al nombre y quedaron reducidos a puestos del Mercado Central. Bastante mejor que la "Colección Clásica de Indumentaria Argentina", una marca que Moreno pretendía vender en pequeños locales que los shoppings cederían al Gobierno y que no llegó a fabricar ni un calzoncillo. O "el auto barato para los trabajadores" que proponía a las automotrices y que tuvo un destino análogo. ¿Qué decir del Argenmóvil, el celular 100% nacional que ninguna telefónica quiso producir?

Aun así, con los electrodomésticos no le fue mal. Moreno trabó importaciones y obligó a las empresas a fabricar en el país. Aunque los precios siguieron altos aquí en relación con otras latitudes, consiguió preservar instalaciones y puestos de trabajo en Tierra del Fuego. En muchos casos, en detrimento de la calidad o la disponibilidad. "Me llegaron solamente dos y tengo una lista de espera de 20 personas", contestaba en el Patio Bullrich, hace dos semanas, un empleado ante la consulta por un teléfono BlackBerry.

Moreno se ha ganado también el respeto de los productores de azúcar. Aunque sus acuerdos de precios con el Centro Azucarero no evitaron aumentos (los paquetes subieron un 130% entre junio de 2006 y noviembre de 2011), por lo menos no hubo empresas castigadas. Al contrario, la presión cayó sobre unas pocas marcas que es difícil conseguir en el supermercado. En septiembre de 2007, el kilo de azúcar costaba 1,43 pesos en tres marcas: Ledesma, Chango (de Tabacal) y Dominó, un producto vendido por todas las compañías. Hoy, mientras Chango y Ledesma subieron a $ 4,29, Dominó, la única incluida en el acuerdo con Moreno, se obtiene a $ 2,59. La razón es que aparecieron, con el secretario, productos "populares" que antes no lo eran. El resto, azúcar más refinado, pasó a llamarse "premium".

En realidad, la aprobación azucarera al Gobierno radica en un negocio lateral alentado por la Casa Rosada: la producción de biocombustibles. Es un área que por el momento maneja el ministro de Planificación, Julio De Vido. Pero nada indica que Moreno no vaya a involucrarse. En la industria petrolera lo hizo en noviembre de 2007 con la resolución 394, que fijó retenciones móviles a las exportaciones de combustibles. "Va a llover gasoil", había pronosticado un año antes, mientras encaraba en silencio un proyecto ambicioso para el que convocó a gobernadores y petroleras: la refinería General Mosconi II, que sería construida por las empresas, costaría 2250 millones de dólares y destilaría 150.000 barriles diarios, algo menos que lo que produce YPF tiene en Ensenada.

El proyecto, que sería instalado en Chubut, cerca del yacimiento Cerro Dragón, entusiasmó a Carlos Bulgheroni, que pagó el estudio de factibilidad. Pero la idea no era rentable para el resto. Desde entonces, el gasoil no sólo no cae del cielo sino que, en parte, se importa. Fueron 4,2 millones de metros cúbicos en 2011, y el presupuesto 2012 fijó el cupo en el doble para el año próximo.

Nada muy distinto de la fortuna que acompañó a Moreno en el combate a la inflación. Entre julio de 2006 y noviembre pasado, según mediciones privadas, el rubro alimentos y bebidas subió 300%: se cuadruplicó.

200%

Alza en el precio de la hacienda

En 2006, Moreno fijó precios máximos en Liniers. Desde entonces, los valores no sólo se triplicaron, sino que cayeron el stock (-20%) y el consumo de carne por habitante (-30%).

4,2

Millones de m3 de gasoil

Es lo que hubo que importar de ese combustible en 2011. "Va a llover gasoil", había pronosticado Moreno.

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