Neutralidad en Internet, ¿por qué tanta discusión?

Agustín Waisman
Agustín Waisman PARA LA NACION
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4 de febrero de 2018  

La reciente decisión de la Comisión Federal de Comunicaciones de los Estados Unidos (FCC) de dejar sin efecto una regulación que establecía la llamada neutralidad de Internet ha revivido la discusión sobre este tema, que parece más intensa que nunca.

En los últimos tiempos se publicaron artículos, muchos con críticas a la decisión de la FCC, apelando a argumentos -muchos de ellos atractivos- relacionados con la libertad de expresión, la defensa de la innovación, y los proveedores de contenidos y prestadores de servicios de Internet que no tienen suficiente poder para protegerse. Sin embargo, ninguno presenta la discusión a la mejor luz.

¿Por qué, si la conveniencia de tener una Internet neutral es tan obvia, tantos países debatieron más de diez años antes de sancionar regulaciones de esta clase, y muchos otros no han adoptado una regla semejante? Los párrafos que siguen buscan contestar a esta pregunta sin tomar partido por ninguna posición.

Conviene explicar en primer lugar qué es una Internet neutral. En términos simples, es una Internet en la que todos los servicios y todos los contenidos reciben un trato equivalente. Con una regla de neutralidad, un proveedor de acceso a Internet no puede bloquear contenidos -por ejemplo, ciertas páginas o servicios- arbitrariamente. Tampoco puede discriminar: no se puede permitir que un servicio, por ejemplo el que da un motor de búsqueda o un proveedor de streaming de música o películas, funcione mejor que otros.

Los partidarios más radicales de la neutralidad suelen apelar a argumentos vinculados con la libertad de expresión. Sostienen que sin neutralidad, los prestadores de servicios de Internet poderosos podrían bloquear la difusión de ciertas ideas o dar un trato menos favorable a su difusión. Para graficar esta preocupación, muchos recurren al concepto de gatekeeper, que invoca la imagen de un guardián que decide quién puede cruzar una puerta y quién no (en la Argentina, probablemente la traducción más gráfica sea patovica).

Paradójicamente, este argumento es el que menos divide a quienes defienden la neutralidad y a sus detractores. Estos últimos suelen estar de acuerdo con que es importante defender la libertad de expresión y la divulgación de ideas plurales. Su discrepancia está en los medios. Muchos creen que la libertad de expresión debe ser defendida con leyes específicas y no con reglas más amplias como una obligación de neutralidad, que puede provocar daños colaterales.

La otra gran preocupación de los defensores de la neutralidad es que jugadores que tienen poder en un eslabón de la red dañen la competencia y la innovación en otro eslabón. Veamos un ejemplo: si un contrato entre un proveedor de acceso a Internet y el proveedor de un servicio de streaming de películas logra que ese servicio funcione más rápido o tenga más definición que otros, los usuarios no elegirán la mejor aplicación o la más barata, sino la que tiene contrato con su proveedor de acceso.

El trato diferenciado que una Internet neutral intenta abolir involucra preferencias en la asignación de capacidad para transmitir información. Estas preferencias permiten que un sitio, una aplicación o un servicio funcionen más rápido o mejor. Sin una política de neutralidad, la capacidad de transmitir información puede ser vendida. Aplicaciones o páginas podrían pagar a proveedores de servicios a cambio de un mejor funcionamiento. Un prestador que tiene más recursos y controla un servicio o una aplicación inferior suele estar en mejores condiciones de pagar a cambio de capacidad adicional que un jugador más chico cuyo producto es superior.

En otras palabras, sin neutralidad un jugador establecido suele tener más facilidad para lograr una ventaja que un innovador que quiere entrar al mercado. Los defensores de la idea de neutralidad temen que, sin una regulación que impida este trato diferencial, muchas innovaciones fracasen antes de alcanzar las condiciones que les permitan despegar. Desde este punto de vista, una política de neutralidad iguala las condiciones en qué productos o servicios nuevos pueden competir.

Quienes no comparten estas preocupaciones creen que los defensores de la neutralidad se preocupan por los mercados equivocados. Sostienen que en los mercados de aplicaciones y contenidos, como en la mayoría de los de servicios de Internet, suele haber competencia y que la innovación abunda. Para ellos, una política pública sensata debe ocuparse de mercados en los que hay problemas de competencia y la innovación escasea.

Muchos detractores de la neutralidad observan que el principal problema a solucionar es que la capacidad de Internet -o de algunos de sus eslabones- es insuficiente. Varios creen que aumentar esa capacidad es crítico para alentar la innovación: la congestión puede impedir o complicar el funcionamiento de productos mejores o más eficientes que los que se ofrecen hoy.

Algunos agregan que admitir la prestación de servicios que involucren diferencias en el trato genera incentivos para innovar. No solo permite la convivencia de más variedad de productos; también permite satisfacer diferentes demandas. Por ejemplo podría facilitar que distintos proveedores de servicios sobrevivan en un mercado en el que los jugadores más fuertes compiten en base a precio y tamaño, del mismo modo que en el mundo no virtual ciertos negocios especializados conviven con grandes proveedores.

Sin capacidad suficiente, muchos productos que ya existen y otros que existirán muy pronto no pueden funcionar. La lista incluye aplicaciones vinculadas con la seguridad, con la educación y con la medicina, entre muchas otras. A menos que lo haga el Estado, incrementar esta capacidad requiere generar incentivos para que se invierta. Los detractores de la neutralidad creen que la prohibición de dar un trato diferenciado socava esos incentivos. Un ejemplo: un servicio que permite el análisis remoto de resultados médicos sin interrupciones puede requerir de más capacidad que otras aplicaciones para funcionar. Una política de neutralidad que impide cobrar más al proveedor de servicios así -que consumen más capacidad- puede desalentar su oferta: por un lado, mina los incentivos para construir la capacidad adicional que requieren para operar; por otro, impide que se aseguren el uso de una parte de esa capacidad.

Las noticias sobre la neutralidad de Internet han omitido examinar diferentes perspectivas. Y una discusión sobre políticas públicas no puede permitirse una omisión semejante.

Profesor en la UTDT de Defensa de la Competencia y Propiedad Intelectual y socio del estudio Beccar Varela

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