No hay que jugar al borde del abismo

Por Aldo Abram Para LA NACION
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22 de enero de 2006  

Cuando utilizamos 34% de las reservas internacionales del Banco Central debilitándolo en su capacidad para enfrentar una corrida, muchos argumentaron que no importaba; ya que no se esperaba ninguna crisis. De más está decir que las crisis no se prenuncian y, de hecho, la probabilidad de que el panorama internacional se complique viene creciendo.

Ante el estancamiento económico que vivió Estados Unidos desde fines de 1999 y los bajos índices inflacionarios, la Reserva Federal, o Fed, (el banco central estadounidense) decidió empezar una seguidilla de bajas de tasas de interés que la llevaron desde más de 6% a apenas un 1% en el tercer trimestre de 2003. El resultado fue exitoso y se revirtieron las tendencias deflacionarias y la evolución negativa del PBI.

Sin embargo, a partir de 2001, el gobierno de EE.UU. pasó a tener un creciente déficit presupuestario y la economía empezó a crecer fuertemente. Ello implicó un importante aumento de la demanda de crédito y una presión al alza de las tasas de interés. La Fed se negó a convalidar este aumento y mantuvo sus rendimientos de referencia; lo que implicó emitir crecientemente para cubrir el aumento de la demanda de crédito. El problema es que se emitían dólares y la gente no los demandaba como tales sino para gastarlos.

Por lo tanto, la moneda empezó a depreciarse y el impacto sobre los precios no tardó demasiado; ya que, a partir de mediados de 2002, el índice de precios al consumidor empezó a mostrar una continua tendencia ascendente. Cuando a mediados de 2004 las perspectivas inflacionarias se volvieron preocupantes, la Fed buscó consolidar el valor del dólar con subas graduales de sus tasas, que neutralizaran las presiones alcistas de la creciente demanda de crédito.

A principios de 2005, la autoridad monetaria parecía lograr mantener controlada la depreciación del dólar. Sin embargo, la contención duró poco y en el segundo semestre la moneda volvió a tomar una fuerte tendencia descendente. En el mundo, empezó a buscarse una cobertura por medio del oro, que siempre es refugio seguro ante escenarios de crisis o alta inflación. Si uno observa la cotización promedio del oro luego de la gran crisis de los 70, tomando los promedios de los últimos 5, 10, 15, 20 y 26 años, los valores siempre resultan de entre US$ 330 a US$ 380 la onza. Hoy su valor supera los US$ 550, lo cual no es una buena señal; ya que el oro sólo alcanzó niveles tan altos en momentos previos a una crisis o de repunte de la inflación.

Desde distintas visiones económicas, muchos analistas siguen pronosticando la caída del dólar. No obstante, los que miran el déficit en cuenta corriente, consideran que es necesaria una baja del dólar para aumentar la competitividad de las exportaciones estadounidenses y para encarecer las importaciones. Los que consideramos que el problema es que la suba de tasas que la Fed ha llevado a cabo no ha sido suficiente para neutralizar las presiones ascendentes de la creciente demanda de crédito, también pronosticamos que el dólar seguirá perdiendo valor si éstas políticas no se vuelven más agresivas.

¿Cuál es el problema entonces? En octubre y noviembre de 2005, los índices de precios de EE.UU. quebraron la tendencia ascendente de tres años. Sin embargo, en diciembre el índice de precios al productor tendió a recuperar casi toda esa caída despertando una señal de alerta, aunque los precios minoristas aun no han reflejado dicha suba. No sería la primera vez, en una fuerte tendencia ascendente, que los precios se dan un respiro de dos o tres meses para luego volver a saltar.

Ojos que no ven...

Por otro lado, se dice que no hay peor ciego que quien no quiere ver. Para seguir la tendencia inflacionaria, la mayoría de los analistas mira la evolución de un índice de precios al consumidor del que se excluyen los precios de los alimentos y la energía, que son muy volátiles. Precisamente, es el fuerte crecimiento del este de Asia que ha incrementado fuertemente su demanda y, como consecuencia, los precios de estos commodities. Por lo tanto, dada la restricción de ingresos que tiene la gente, si algo de su canasta de consumo tiende a subir, baja su demanda y la de otros bienes hasta que los precios de éstos ajusten y se acomoden a la capacidad de gasto. Por lo tanto, la única forma en que otros bienes o servicios no bajen sus valores es que la suba de precios sea generalizada. Es decir que la inflación que genera el Banco Central permita hacer un ajuste de valores relativos con todos los precios al alza.

Dado que lo que sacan estos analistas del IPC es lo que está subiendo por razones estructurales y a su vez la de mayor ponderación en el indicador, miden la tendencia de los precios en rubros que no tiene mucho margen para subir. Conclusión: no ven la inflación que se percibe en el índice total y en la pérdida de valor del dólar.

Si con el tiempo se demuestra que la inflación recupera nuevos bríos, la Fed no podrá permanecer indiferente. Por ende, a partir del segundo trimestre, sus tasas de referencia podrían empezar a subir de a medio punto porcentual y alcanzar niveles no inferiores al 6 por ciento. Lo malo es que, cada vez que esto sucedió, la Argentina vivió una fuerte crisis. Esto se debe a que, ante un tormentoso escenario internacional, los capitales abandonan las economías más riesgosas, como la nuestra.

En los últimos años, la depreciación del dólar nos favoreció haciendo subir el precio de los commodities que exportamos. Además, el Gobierno pudo mantener un "tipo de cambio alto" siguiendo con el peso la desvalorización del dólar. Pues bien, la contracción monetaria que imprimirá la Reserva Federal dado el escenario planteado tendrá como objetivo aumentar el valor de su moneda, por lo que los vientos favorables se revertirán.

Antes de pagarle al FMI, la relación entre las reservas internacionales y los pasivos financieros del Banco Central daba un tipo de cambio de 3,50 pesos. O sea, ante una corrida cambiaria, si hubiera querido, la autoridad monetaria hubiera podido torcerle el brazo al mercado antes de tocar ese valor del dólar. Ahora, la relación da $ 5,20; lo cual implica que las chances de éxito de vencer una corrida se ubican, largo, por encima de los 4 pesos.

Por todo ello, sería aconsejable que el Banco Central y el Gobierno priorizaran la recomposición de las reservas, minimizando la emisión de pesos y, por ende, la inflación doméstica. Ello debería darse básicamente a través de endeudamiento de la autoridad monetaria, ahorro fiscal y colocaciones de títulos del Estado. Entonces, ante una crisis internacional, si el gobierno entiende que la mejor forma de enfrentarla es manteniendo la solvencia fiscal, controlando la inflación y el alza del dólar (seguramente, vendiendo reservas), el costo social y económico que debiéramos pagar sería bajo. Si no, lamentablemente repetiremos viejas y tristes historias de nuestro pasado.

El autor es economista y director de la consultora Exante .

  • El próximo domingo: el columnista invitado será Nadin Argañaraz.
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