Nuestro futuro puede deparar una segunda crisis mundial

George Soros Para LA NACION
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27 de diciembre de 2009  

NUEVA YORK.- Estamos en un momento en que es amplia la variedad de factores de incertidumbre que enfrenta la economía global. Acabamos de pasar la peor crisis financiera desde la II Guerra Mundial. Las únicas comparaciones relevantes son con la burbuja inmobiliaria de Japón que estalló en 1991 (de la que no se recuperó) y la Gran Depresión de la década de 1930, excepto que esta crisis fue cuantitativamente mayor y cualitativamente diferente. A diferencia de la experiencia japonesa, esta crisis involucró al mundo entero. A diferencia de la Gran Depresión, esta vez se puso al sistema financiero un soporte artificial, en vez de permitir que colapse.

La magnitud del problema hoy es aún mayor que durante la Gran Depresión. En 1929, el crédito total en Estados Unidos equivalía a 160% del PBI y creció a 250% para 1932. En 2008 comenzamos con 365% y este cálculo no incluye el uso generalizado de derivados, que estaba ausente en la década de 1930. Pese a esto, el soporte artificial funcionó. Apenas un año después de la quiebra de Lehman Brothers, los mercados financieros se han estabilizado, las bolsas se han recuperado y la economía muestra signos de recuperación. La gente quiere volver a los negocios como de costumbre y pensar en la Quiebra de 2008 como un mal sueño.

Desgraciadamente, es probable que la recuperación se quede sin fuerza e incluso puede seguirle una segunda caída económica, aunque no estoy seguro de si se dará en 2010 o en 2011. Estoy lejos de ser el único que piensa así. Cuanto más dure la recuperación, tanto más creerá la gente que continuará. Pero a mi juicio esto es característico de las situaciones que están lejos del equilibrio, cuando las percepciones tienden a ir a la zaga de la realidad. La mayoría de la gente aún no comprendió que esta crisis es distinta a otras anteriores, que estamos al final de una era. Otros –incluyéndome a mí– no fuimos capaces de anticipar los alcances de la recuperación.

Las autoridades financieras internacionales manejaron esta crisis de la misma manera que manejaron otras anteriores: rescataron instituciones en quiebra y aplicaron estímulos monetarios y fiscales. Pero esta crisis fue mucho más grande y las mismas técnicas no funcionaron. El fallido rescate de Lehman Brothers fue un evento que cambió el juego: los mercados financieros en realidad dejaron de funcionar. Esto significó que los gobiernos tuvieron que garantizar efectivamente que no cayera ninguna otra institución cuyo colapso pudiera poner en peligro el sistema. Fue entonces que la crisis se extendió a la periferia de la economía mundial porque sus países no podían ofrecer garantías creíbles.

Europa Oriental fue la peor afectada. Los países del Centro usaron los fuertes balances de sus bancos centrales para bombear dinero al sistema y garantizar las obligaciones de los bancos comerciales, mientras los gobiernos se dedicaban a la financiación con déficit para estimular la economía en una escala sin precedente. Pero la creciente convicción de que el sistema financiero global ha escapado al colapso y que volvemos a la normalidad de los negocios es un error de interpretación. La globalización de los mercados financieros que se dio desde la década de 1980 permitió al capital financiero moverse por el mundo, haciendo difícil gravarlo o regularlo. Esto puso al capital financiero en una situación privilegiada: los gobiernos tuvieron que prestar más atención a los requerimientos del capital internacional que a las aspiraciones de sus propios pueblos. A los países individuales les resultó difícil resistir. Pero el sistema financiero global que emergió era inestable porque estaba construido sobre la falsa premisa de que se puede dejar a los mercados financieros a su libre arbitrio sin ningún peligro. Es por eso que cayó y es por eso que no se puede recomponer.

Los mercados globales necesitan regulaciones globales, pero las regulaciones vigentes tienen su raíz en el principio de la soberanía nacional. Hay algunos acuerdos internacionales, como los Acuerdos de Basilea sobre requerimientos mínimos de capital, y también hay buena cooperación entre los entes reguladores de los mercados. Pero la fuente de la autoridad es siempre el Estado soberano.

No basta con reiniciar un mecanismo que se ha detenido, necesitamos crear un mecanismo regulatorio que nunca existió. El sistema financiero de cada país es sostenido por su propio gobierno. Pero a los gobiernos les preocupa su propia economía. Esto lleva a lo que podría llamarse proteccionismo financiero, que amenaza con destruir los mercados financieros globales. Los reguladores británicos no volverán a confiar jamás en las autoridades islandesas y los países de Europa Oriental serán renuentes a seguir dependiendo de bancos de propiedad extranjera.

En la década de 1930, el proteccionismo comercial empeoró una mala situación. En la economía actual, el ascenso del proteccionismo financiero constituye un peligro aún mayor.

© Project Syndicate 1995–2009

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