Otra manera de hacer política económica

Martín Redrado
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22 de septiembre de 2012  

Jacksonville es un pequeño pueblito del oeste norteamericano situado entre las montañas rocallosas. A pocos kilómetros de allí se encuentra el lugar elegido por la Reserva Federal de los EE.UU. para realizar su reunión anual. En el Jackson Lake Lodge se reúnen hacedores de política económica de todo el mundo en una reunión cerrada, donde también se dan cita académicos y profesionales. Allí se analizan el rumbo de la economía mundial y las políticas necesarias para superar la crisis. Quien esto escribe expuso sobre la realidad de los países emergentes.

Traigo conmigo un par de certezas. En primer lugar, el impulso monetario tradicional por parte de los Bancos Centrales (con tasas de interés cercanas a cero) se continuará complementando con nuevas políticas de estimulo menos convencionales, a través de intervenciones directas en los mercados de bonos en aquellos espacios donde el sector privado brilla por su ausencia. Desde la salida de la crisis y con tasas de interés tan bajas, el efecto de la masiva inyección de liquidez provista al sistema financiero perdió fuerza y no se replicó en una recuperación adecuada del crédito. Es por eso que cada vez gana más adeptos la estrategia de afectar el precio de los activos a través de la recompra de títulos de deuda y así generar un efecto riqueza, estimulando la demanda agregada. Se considera que en un mundo con excesiva deuda y demasiada liquidez la amplificación de shocks adversos puede gatillar fuertes redistribuciones entre sectores económicos, que terminen ahogando el crecimiento. Por lo tanto, el uso de estas herramientas intenta mitigar el riesgo sistémico de que esto ocurra.

No obstante, el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, fue muy contundente al expresar que el accionar de la política monetaria se encuentra acotada a la dirección que tome el resto de la política económica. Es una herramienta insuficiente por si sola para neutralizar los riesgos financieros y fiscales que las naciones enfrentan, y en simultáneo, mantener la estabilidad de precios, impulsar la actividad económica y el crecimiento del empleo. En buen romance, con la política monetaria sola no alcanza para lograr objetivos múltiples.

La otra certeza es que estas políticas de estimulo se traducen en la presencia de dinero barato a corto y mediano plazo para los países emergentes, y que esto continuará así por un tiempo prolongado. Los ciclos de masivos influjos de capitales no se encuentran exentos de riesgos pudiendo ser generadores de crisis futuras si no están bien administrados. Para eso, los hacedores de política deben estar atentos al costo de oportunidad de posibles burbujas en el precio de los activos y cambios repentinos en los precios relativos (fundamentalmente, tipo de cambio y tasa de interés). Estamos ante un presente inmejorable para estos países y una gran oportunidad para los mercados emergentes y América latina en particular.

La Argentina, según la política económica actual, no podrá beneficiarse de esta renovada ventana de oportunidad externa. En este contexto, la economía sobrevive agónicamente gracias al precio de la soja y al leve repunte del Brasil, pero los inversores externos, si bien están en una busca desesperada de rentabilidad, discriminan entre países, y el resto de la región ya se hizo eco de ello.

En nuestro caso, en tanto y en cuanto lo que opere sea la economía del "apriete" y no la política de los "incentivos", lo que primará serán ciclos de estancamiento o crecimiento mediocre y no una expansión genuina de la capacidad productiva, que encontrará más pronto que tarde su propio límite. Sin un verdadero impulso a la inversión que venga de la mano de un programa económico integral, perpetuaremos el problema inflacionario y cambiario, a la vez que estaremos generando un nuevo desequilibrio en el mercado laboral, que ya no crea nuevos puestos de trabajo. Hay otra manera de hacer política económica. Ojalá el Gobierno se dé cuenta antes de que sea tarde para todos los argentinos.

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