Para el favorito, siempre es más fácil

Francisco Olivera
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11 de marzo de 2012  

Cristina Kirchner estalló de bronca en la tarde del 22 de febrero, horas después del accidente ferroviario en Once. Habían pasado minutos de las explicaciones del todavía secretario de Transporte, Juan Pablo Schiavi; una conferencia típica de estos tiempos, sin preguntas, que la Presidenta no había podido ver. ¿Cómo estuvo? , consultó entonces con un colaborador, que le contestó que muy bien. Desconfiada, sondeó por segunda vez ante otro de sus hombres, que fue más astuto: antes de explayarse, se metió en los portales de noticias y advirtió que cuestionaban el análisis del funcionario sobre el agravamiento de la cantidad de víctimas por el día laboral. "Si ocurría ayer, feriado, no era tan grave", había dicho Schiavi, que objetó también "esa costumbre muy argentina" de ir al primer vagón para ahorrar tiempo. Esos conceptos -o sus efectos- molestaron a la jefa del Estado.

Es posible que ese día se haya decidido la suerte del secretario. Porque a la ofuscación se sumó Máximo Kirchner, asesor de hecho tras la muerte de su padre. Así lo advirtieron los pocos dirigentes con acceso a ese núcleo familiar. Por si quedaban dudas, la Presidenta husmeó días más tarde en encuestas encargadas por la Casa Rosada y las noticias tampoco fueron buenas. No sólo registran una caída de su imagen en cinco o seis puntos, sino un aumento del 70% en el enojo hacia el Gobierno.

Por eso citó el martes pasado por la tarde a De Vido a Olivos y le ordenó que le exigiera la renuncia a Schiavi. El arquitecto lo hizo esa misma noche, a pesar de que los hijos del secretario estuvieran intentando que, por razones de salud, su padre no atendiera el celular. Schiavi contó en privado esa conversación. Pero al día siguiente, en el texto de la renuncia, sólo consignó como motivo su problema cardíaco.

De Vido es leal con su gente. Nunca lo quiso demasiado, pero despidió con elogios al ingeniero ante un auditorio que ovacionaba las referencias al mejoramiento de los trenes en los últimos años. Es un problema de casi todos los funcionarios: los datos de la Secretaría de Transporte están actualizados, en algunos casos, en no más allá de 2007, y es improbable que un ministro, gobernador o intendente tome la línea Sarmiento, Roca o San Martín y tenga una idea cabal del servicio.

No es casual, por caso, que Amado Boudou esté hablando, en sus críticas a Macri, del alza en los "cospeles de subte", forma de pago que dejó de existir en 2001. La misma situación puede haber llevado a Aníbal Fernández, con custodia desde por lo menos 1991, cuando asumió la intendencia de Quilmes, a su célebre frase sobre la "sensación de inseguridad", o a Néstor Kirchner, que no sabía manejar, a pedirle en 2005 a la población no comprarle a Shell "ni una lata de aceite". Ese lubricante empezó a venderse en envase de plástico en 1988.

De todos modos, la peor carencia de De Vido no parece estar en la percepción de la realidad, sino en el desdén que le ha significado la muerte de Kirchner. Si tuviera, por ejemplo, el ascendiente de Guillermo Moreno sobre la Presidenta, no se sentiría constantemente dando examen dentro de un Gobierno que, por primera vez, critica en público la importación de combustibles, piedra angular de la gestión energética de los últimos años.

Para Moreno todo es más sencillo. Había que escuchar el viernes, en radio Mitre, una didáctica conversación entre el periodista Chiche Gelblung y Jorge Castillo, administrador de La Salada, feria de rol protagónico en el viaje a Angola. Castillo, que se defendía de quienes acusan a sus pares de contratar trabajo esclavo, dijo que el Gobierno empezaba a señalarlos como los únicos capaces de competir con los chinos. Recordó que había empleados que cobraban un dólar por cada suéter que tejían y que muchos trabajaban de más para irse de vacaciones o tener su casa.

Esa idea de productividad fabril que dejaría a Milton Friedman casi del lado del Plan Fénix convivió en Angola no sólo con otros textiles, sino con el keynesiano Axel Kicillof, viceministro de Economía y el académico más brillante que tiene el Gobierno. Kicillof integra además el Centro de Estudios para el Desarrollo Argentino (Cenda), que ha puesto en duda en sus informes al Indec. Alec , le dice Moreno, entre la sorna y el cariño.

No es novedad que el secretario sorprenda. Ya en el preembarque hacia a Angola, algunos ejecutivos se preguntaban quién lo acompañaría en business o primera. Error: el jumbo de Aerolíneas, que hacía su último viaje, había sido confeccionado sólo para económica en la planta baja. Un curioso subió a primera y vio que estaba desierta. El secretario se sentó en la fila 60 con todo el grupo, y desde allí empezó su puesta en escena. Si el avión se cae, van a decir que murieron 400 hijos de puta y uno bueno , se elogió a sí mismo. La otra incógnita fue resuelta en el hotel: había que compartir cuartos. Uno de los más pulcros admitió a LA NACION haber tomado la precaución de separar las camas twin.

Será difícil que estos viajeros olviden de Luanda una imagen alegórica del momento: Moreno parado en una silla del restaurante Explanada Grill, cerrado para la ocasión, arengándolos a vender. El mismo espíritu que lo había llevado a decorar el Epic SANA, hotel donde se hizo la rueda de negocios, con afiches de Cristina Kirchner y la leyenda: "El pueblo te ama".

Es indudable que ese folklore le permite licencias ideológicas. La más audaz: haber convencido a la Presidenta de que la política energética diseñada y aplicada durante ocho años por su marido fuga divisas y corroe el modelo. Es la distancia astronómica con que aventaja a De Vido.

folivera@lanacion.com.ar

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