¿Para qué sirven los bancos en la Argentina?

Ariel Coremberg
Ariel Coremberg PARA LA NACION
Números con sentido común
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9 de noviembre de 2019  

Los argentinos desconfían de los bancos y con razón, tomando en cuenta su historia reciente. Mi familia, como toda familia de clase media, afrontó no menos de seis confiscaciones de nuestros ahorros familiares en las últimas cinco décadas: entre otras se pueden contar la crisis bancaria y circular 1050 (1980-1982); el corralito con límite máximo de 500 australes (1988-1989); el plan Bonex de 1990; las quiebras bancarias del Tequila (1995-Obligaciones Negociables bancarias que no fueron totalmente rescatadas), y nuevo corralito (2001) y corralón (2002). A estos episodios debería sumarse la recurrente licuación del valor de los ahorros por inflación y la quiebra del sistema previsional.

Estos episodios han resultado en una desconfianza sobre el sistema bancario, anormal con respecto a la experiencia de países desarrollados y en desarrollo exitosos que han presentado crisis bancarias cada 70 años y no una por década como es nuestro caso.

Pero entonces cabe preguntarse cuál es la función de los bancos sino es preservar el ahorro de los argentinos. Repasemos. Los bancos son un actor clave del desarrollo económico cuya principal función es canalizar los ahorros de los hogares hacia la inversión productiva. La intermediación financiera consiste en que los bancos tomen depósitos de los ahorristas, con una remuneración que preserve y acreciente su valor, para luego destinarlos como préstamos a quienes necesitan invertir.

Pero el principal tomador de los préstamos bancarios es directa o directamente el Estado. Cada vez que el Estado sufre una crisis de insolvencia y se queda sin crédito, recurre a cubrir el gasto publico corriente (no inversión pública) tomando dinero de los bancos públicos y cuando no alcanza, del resto del sistema bancario. ¿De qué manera? El Estado ha tomado recursos de los bancos vía Leliq (antes Lebac), que son un instrumento indirecto de sostener las cuentas fiscales y de contener inconsistentemente al dólar.

La consecuencia es que el sistema bancario argentino, hace tiempo que está entrampado: está de hecho estatizado vía el lado de los activos de sus balances, constituidos en una proporción importante por préstamos al sector público, cuya contrapartida son los depósitos de los ahorristas. La desconfianza en el sistema bancario se traduce en la denominada "desintermediación financiera": pymes y trabajadores son desplazados por el Estado como principal cliente. Las empresas y hogares en lugar de recurrir a los bancos para cubrir sus necesidades financieras de corto plazo (descuento de cheques, consumo) y de largo plazo (inversión productiva), terminan recurriendo al sistema financiero informal.

La expansión de nuevas tecnologías como las fintech y monederos electrónicos puede contribuir a aminorar este fenómeno, pero su accionar ha sido bloqueado por el accionar corporativo o por la imposición de nuevos impuestos. Asimismo, hay un crecimiento exponencial de la demanda de criptomonedas como una forma de huida del peso.

Un país se desarrolla con ahorros destinados a la inversión, cuya canalización se produce a través de los bancos. Para que haya confianza en el sistema financiero, es imprescindible la solvencia del Estado, para que los bancos, en lugar de financiar el gasto público, destinen los ahorros de los argentinos al sector productivo y a la infraestructura que familias y empresas necesitan.

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