Pavor ante el avance de la generación del "Nunca menos"

La Cámpora llega tarde a los directorios: algunos se habrían sumado gustosos al aplauso empresarial de 2007 a Chávez
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3 de abril de 2011  

El fervor es contagioso. Amado Boudou acaba de agregarle a su despacho retratos del general Perón y Evita. Puertas adentro del kirchnerismo, quien se adjudica la conversión del ministro graduado en el CEMA es Juan Ignacio Zabaleta, un militante de Morón que, de tan influyente, consiguió la creación de un cargo especial para sí mismo en el Palacio de Hacienda: el de subsecretario de Relaciones Institucionales del Ministerio de Economía.

"Boudou está como loco: ni él lo puede creer", dijo un empresario que tuvo contactos recientes con el ministro. El marplatense celebró el jueves, en Twitter, una ocurrencia que había tenido en conversación con el periodista Jorge Rial. "Recién, con @rialjorge, se me ocurrió que, antes, los ministros de Economía hacían festival de bonos y ahora nos reunimos con Bono. Qué cambio, ¿no?", difundió.

La euforia autorreferencial de Boudou ocurre al mismo tiempo que una estrategia que vienen pergeñando sus colaboradores y que lo erige, si fracasa su unción como candidato en la Capital Federal, como posible compañero de fórmula de Cristina Kirchner. La cruzada es, al igual que la propuesta de designar en ese lugar a Juan Manuel Abal Medina (h.), la muestra de que una nueva generación le estaría ganando al viejo peronismo en la Casa Rosada. Boudou mantiene por ahora el respaldo de Hugo Moyano y su condición de dirigente versátil. "Es el triunfo cultural de D’Elía –se reía un operador en la mañana del viernes–. Es una lógica de blancos contra negros dentro del Gobierno."

Siempre tan cambiante, la Argentina sorprende en esa dialéctica con una ironía: los empresarios prefieren al peronismo clásico. Más que nada porque la opción a esa estructura que ellos definirían como "malo conocido" es otra de alcances impredecibles: un rejunte de dirigentes jóvenes y sin experiencia dispuestos a concretar sus sueños ideológicos. La Cámpora, por ejemplo. "Unos cuantos vivos", corrigió el dueño de una compañía que recuerda que, en su juventud, la militancia se hacía gratis.

Es evidente que el clima de negocios empeora. "Yo tengo las valijas hechas", bromeó el N° 1 de una compañía, que advirtió, esta vez en serio, que la mayoría de las empresas se vería muy perjudicada si Cristina Kirchner ganara las elecciones. "Si se acompaña por estos nuevos jóvenes, temo por la Argentina", agregó un industrial. Ejemplos de hartazgo empresarial sobran. Hasta una semana antes de que la concesión fuera transferida a la provincia de Buenos Aires, en el directorio de Edelap se evaluaba dejarles la distribuidora a los trabajadores, como ocurrió en Entre Ríos con Edeersa. El riesgo de cargar con esos usuarios en un año electoral puede haber convencido a Julio De Vido del traspaso al gobierno de Daniel Scioli. Edelap es ahora la envidia del sector eléctrico.

Juventud en éxtasis

La Cámpora es un prototipo que podría musicalizarse con el candombe de homenaje a Néstor Kirchner "Nunca menos". En las empresas, el estado de alerta cunde, por ejemplo, a medida que se van conociendo los borradores de Axel Kicillof, el dirigente de 39 años que el Gobierno designó, a través de la Anses, en el directorio de Techint. Kicillof es un economista que se doctoró en la UBA con 10 de calificación en 2005 y que venía de graduarse ahí, diez años antes, con diploma magna cum laude y promedio general 8,24. Fue el 1° de entre 122 recibidos. Un promedio casi tan bueno como el que coronó su bachillerato en el Colegio Nacional de Buenos Aires: 8,54. Sería una experiencia sociológica interesante observarlo, con sus remeras negras diarias y ademanes que no remiten precisamente a la modestia del Cura de Ars, discutiendo frente al directorio de Techint. Algo parecido podría ocurrir con Iván Heyn, de 32 años, en Aluar.

"Estos van por todo", decía en la noche del miércoles un encumbrado dirigente de la Unión Industrial Argentina (UIA), pocas horas después de haber visto a Hugo Chávez recibir el premio Rodolfo Walsh de la Facultad de Periodismo y Comunicación de la Universidad de la Plata. El galardón no debería sorprender: fue la confirmación de una idea que estas corrientes tienen del periodismo y que fue explicada el año pasado por el presidente de Télam, Martín García, cuando echó a rodar la definición de "periodismo militante". (De paso: ¿por qué un gobierno que no cree en el periodismo debería darle prioridad a la circulación de diarios?)

En realidad, esta nueva dirigencia llega cuatro años tarde a los directorios. Tal vez Kicillof se habría sumado gustoso al aplauso generalizado que, el 10 de diciembre de 2007, unos 500 empresarios de la Cámara de Comercio Argentino Venezolana le dieron a Chávez en el Sheraton, cuando el comandante citó a Fidel Castro, al que definió de un "maestro", y desencadenó una ovación. Desde la primera fila miraba la plana mayor de Techint; más atrás estaban Enrique Pescarmona, de Impsa; Fausto Maranca, de Galileo, y Carlos Heller, del Banco Credicoop. "Uno de los graves problemas del mundo es la dictadura mediática –se envalentonó ese día Chávez–. Necesitamos una Telesur porque existe una CNN, para que vean lo que es la verdadera televisión. Para que nuestros pueblos tengan algún día libertad de expresión."

El anhelo bolivariano llegó al paroxismo el martes, cuando los canales privados, imposibilitados de entrar en el acto en La Plata, tuvieron que tomar la señal de Telesur para transmitir, esta vez sin empresarios en el auditorio, su emblemática distinción a la "comunicación popular".

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