Pocas normas y muchos litigios

Gustavo Gallo
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11 de septiembre de 2011  

Tercerizar es encomendar a un tercero la producción de bienes o la realización de servicios. Hace 100 años, las actividades productivas eran integrales. Un hospital era construido por una empresa que contrataba a todo el personal, el Colegio Nacional tenía docentes y personal de diversas artes y oficios, y una fábrica de automóviles producía íntegramente automóviles. Actualmente, la construcción del hospital la hacen una empresa principal y otras subcontratadas por cada especialidad, el Colegio Nacional terceriza casi todo lo que no es docencia, y las fábricas de automóviles son armadoras de otras autopartistas.

Ha sobrevenido la segmentación del proceso productivo. Por razones tecnológicas, cada empresa redujo su conocimiento a determinados cometidos.

Por tratarse de un fenómeno objetivo, la ley laboral distingue entre quien terceriza lo que es propio de su actividad de quien lo hace por materias ajenas a su giro ordinario. Al primero lo hace responsable por las obligaciones del subcontratista, y al segundo lo libera.

¿Cuándo una obra o un servicio es propio o es ajeno? Muy difícil saberlo y esto genera litigiosidad. La Corte marcó en el caso Rodríguez, de 1993, una diferencia precisa entre objeto y actividad, señalando que lo primero es todo lo que una empresa es hábil para llevar a cabo, y lo segundo es lo que efectivamente hace y a lo cual se dedica, doctrina que no ha sido desdicha en el caso Benítez de 2009, a pesar de contradecir aspectos procesales del anterior.

Detrás, ideologías que tienden a sostener que todo es propio de las empresas grandes, incluso lo que habitualmente no hacen, como un mecanismo para responsabilizarlas a gran escala, desligando a las medianas y a las chicas. Esto trae freno de inversiones e incertidumbre jurídica.

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