Reconciliar política y economía

El sistema institucional debe articular acuerdos que permitan superar la crisis
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29 de diciembre de 2001  

Desde septiembre de 2000, la Argentina experimentó la renuncia del vicepresidente Alvarez, la negociación del blindaje, la salida de Machinea, la éfimera gestión de López Murphy y su reemplazo por Cavallo, la negociación del megacanje, un nuevo canje de la deuda en poder de acreedores domésticos y una revuelta popular que culminó con la renuncia de De la Rúa. Sin duda, un espiral impresionante que profundizó el deterioro politico, económico y social de la Nación.

¿Se trata de la política o de la economía? ¿Es la precariedad del sistema político la que no permite tomar decisiones económicas adecuadas (reducción del gasto, sistema cambiario, etc.)? ¿O la baja perfomance económica no permite afirmar el liderazgo de los politicos de turno?

En los últimos años, la respuesta a estos interrogantes parecía oscilar de un extremo al otro. Y más que elegir entre extremos , hay que buscar cómo reconciliarlos.

Hoy se percibe una creciente distancia entre el funcionamiento de nuestro sistema político y las posibilidades que brindan nuestras instituciones para administrarlo. Nuestro sistema, eminentemente presidencialista, no estaba dotado de suficientes mecanismos institucionales para administrar la distribución del poder en un gobierno de coalición. Una actitud más o menos sabia del presidente puede suavizar o agudizar la tensión generada por este problema, pero la limitación institucional está presente y sólo puede ignorarse si se considera el caso de los gobiernos de coalición como una excepción más que la regla de nuestro sistema político.

Sin embargo, el sistema político parece encaminarse a un escenario donde los gobiernos de coalición serán la norma. Menem cerró la lista de los grandes caudillos nacionales para dar lugar a un gobierno de coalición (el de la Alianza), que a su vez es sucedido por una nueva coalición, en este caso de distintas expresiones internas del PJ, que, por estos días, se comporta más como una federación de partidos provinciales que como un partido unificado bajo un liderazgo nacional.

La parlamentarización

¿Podría decirse que el sistema político argentino se está "parlamentarizando"?

Sin duda, la desaparición de los grandes caudillos abre espacio a una innumerable cantidad de actores en el escenario nacional, como lo demuestran en los últimos tiempos el ascenso de Carrió en el sector radical de la Alianza, la multiplicidad de liderazgos en el Frepaso cuando Alvarez renunció y la escalada del Grupo Federal, que aglutina las provincias "chicas" gobernadas por el peronismo. Hoy son muchos más los actores por integrar y conformar cuando se busca apoyo parlamentario para cualquier conjunto de medidas.

El régimen parlamentario basa su estabilidad en la institución del rey o del presidente, que garantizan las políticas de Estado (el tema que el gobierno de De la Rúa proponía garantizar en una concertación) y le da flexibilidad a la figura del primer ministro para implementar las políticas de gobierno. Cuando éstas quedan sin apoyo puede cambiar el primer ministro, no el presidente.

De alguna manera, ésa fue la idea al introducir la figura del jefe de gabinete de ministros en la Constitución de 1994. Pero esta idea no se perfeccionó y quedó a medio camino. Los dos presidentes nombraron jefes de gabinete sin entidad política propia (excepción hecha de Bauzá y Terragno, que duraron poco tiempo en sus cargos). Como quedó demostrado en el caso de De la Rúa, esto significó que la parlamentarización de la política arrastrara al propio presidente cuando sus políticas perdieron apoyo.

La Alianza colapsó por muchos motivos, pero uno, que no es el menos importante, fue la falta de mecanismos para administrar y repartir poder en un gobierno de coalición. ¿Será ésto menos cierto para administrar la interna peronista con el partido comportándose como una coalición? Más aún, ¿será posible en ese contexto tomar las decisiones económicas necesarias?

El funcionamiento del sistema político evolucionó de una manera muy particular. Los políticos ya no hacen campaña para imponer un plan o conjunto de ideas, sino que leen las encuestas y repiten lo que la gente quiere escuchar. Un ejemplo de ello es, tal vez, la creación de una tercera moneda. Nadie quiere devaluar porque las encuestas dicen que la gente no quiere. Pero, ¿está claro que la tercera moneda es en realidad una forma de devaluar?

En nuestra opinión, hasta que no desarrollemos la capacidad de nuestro sistema institucional de administrar acuerdos políticos y cuotas de poder y, al mismo tiempo, restauremos la base representativa de nuestros partidos políticos (y/o instituciones intermedias), la gente se verá obligada a expresarse de manera espontánea (como lo hizo la semana pasada).

Y, por supuesto, no habrá gobierno en condiciones de canalizar las necesidades populares ni de articular las medidas económicas que la crisis de la economía argentina requiere.

Los autores son director general de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial y director de Relaciones Institucionales de DaimlerChrysler, respectivamente.

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