Se busca gesto racional o, al menos, favorable

Francisco Olivera
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24 de julio de 2011  

Aquella imagen que Javier De Urquiza, el secretario de Agricultura que se levantó en 2007 en medio de la ceremonia de inauguración de la Rural después de un llamado a su celular, es demasiado expresiva como para que el productor agropecuario pueda olvidarla. Mucho menos los anfitriones: el santacruceño se retiró esa mañana por el palco de prensa, se disculpó ante las autoridades con el argumento de que había recibido una orden y salió tan apurado que, a los pocos minutos, tuvo que volver a llamar y pedir auxilio a los organizadores: Me olvidé a mi mamá, está en el palco, rezongó.

Si Daniel Filmus fuera un cazador de votos voraz y pragmático, tal vez podría haberse dado una vuelta por el predio de Palermo. Pero habría quebrantado una tradición de sucesivas ausencias kirchneristas, enraizada acaso en cuestiones ideológicas que fueron magníficamente explicadas en estos días en los medios estatales, que criticaron la cobertura periodística sobre las vacaciones de invierno. La idea expuesta allí fue que "los medios hegemónicos" aconsejaban a los chicos ir a la Rural y no a Tecnópolis, en una clara diferenciación de dos modelos: la Argentina industrial vs. la Argentina agrícola-ganadera.

El desdén hacia la Rural no debía interrumpirse entonces ni aunque Filmus hubiera decidido, como dijo, "convocar a la construcción de una nueva mayoría en la ciudad que quiera el cambio y transformación". Si es que realmente existieron, se habrán echado a perder las ilusiones de dirigentes empresariales que dicen haber vuelto, semanas atrás, visiblemente entusiasmados de una reunión con Cristina Kirchner. Es cierto que fue un encuentro anterior al mal trago electoral porteño, pero dicen que la Presidenta se las ingenió para tranquilizarlos y dar muestras de un giro hacia lo que los hombres de negocios llaman racionalidad.

Cristina le dejó varios conceptos. El más simbólico: su cruda opinión sobre la juventud más ideologizada del kirchnerismo, cuyos alcances en el mapa del poder relativizó en el corto plazo. Dijo, además, que ya verían todos que Alex Kicillof, el nuevo director de Techint, no era el lobo feroz y que este sector de renovación difería de la juventud de los 70 en que ahora venían a incorporarse a un proyecto establecido. Aquéllos, en cambio, intentaban modificarlo, resumió.

Estas percepciones coincidieron la semana pasada con el acuerdo entre el Gobierno y el grupo Techint, un espaldarazo que se ha ganado dos lecturas en el establishment: los que ven un avance hacia la lógica y el clima de inversión y los que lo interpretan como el último intento, de tantos, por separar lo que en el kirchnerismo llaman eje Techint-Clarín.

Hay que agregar que el acercamiento sobreviene después de cierta presión ejercida por los accionistas del grupo siderúrgico sobre su CEO, Paolo Rocca. Y que supone, además, un logro interno de Julio De Vido en la administración, un ministro al que ya pocos imaginan fuera del núcleo del poder por el tiempo que le quede al kirchnerismo. El arquitecto fue, una vez más, el gran apuntador de la negociación que formalmente encararon Amado Boudou y Diego Bossio.

"¿Hay otro?", resumió un empresario de buena relación con el Gobierno, cuando La Nacion le preguntó si existía en la Casa Rosada otro nexo real que no fuera el jefe de la cartera de Planificación. De Vido es, en los hechos, un estupendo ministro del Interior subrogante de otra área que le trae dolores de cabeza con la energía. Esta ambivalencia ya no sorprende: muestra ante empresarios un sentido común que parece, al mismo tiempo, esconder en sus declaraciones públicas, cuando se siente acorralado por problemas de gestión. La semana pasada, en plena escasez de nafta, explicó al programa 6,7,8, en Canal 7: "Gran parte de las reservas de combustible del país, en vez de estar en los tanques de las estaciones, están en los tanques de los autos". Horas antes, ante una consulta similar del periodista Carlos Burgueño en radio La Red, y mientras atribuía todo a una campaña mediática para multiplicar el faltante, no hizo más que admitir que no hay soluciones: "Va a ver, en diciembre va a pasar lo mismo: lo vamos a llamar por teléfono, usted me va a preguntar lo mismo y yo le voy a contestar lo mismo". Habrá que ir llenando bidones para entonces.

Pero las perturbaciones empresariales no tienen tanto apuro. Y la afinidad de los dirigentes corporativos hacia lo más ameno del Gobierno termina consolidándose desde el momento en que se les ocurre auscultar qué alternativas electorales existen. No les gusta lo que hay, pero desconfían de la oposición y descuentan una reelección de Cristina Kirchner.

Son opciones que habrá entendido con seguridad Elisa Carrió tras un encuentro escabroso que tuvo con la Asociación Empresaria Argentina (AEA) el miércoles pasado. Fue un almuerzo en La Mansión, el restaurante del hotel Four Seasons, donde no faltaron los dos hombres políticamente más relevantes de la entidad: Héctor Magnetto y Paolo Rocca.

Los empresarios aprovecharon para preguntarle si, en el caso de que Eduardo Duhalde saliera segundo y entrara en el ballottage, ella le daría el respaldo. La diputada contestó que no por dos razones: porque sería ella la contendiente en la segunda vuelta y porque jamás apoyaría a Duhalde. Alguien le objetó entonces que debía evitar dejarse llevar por el odio, pero Carrió no sólo siguió inflexible, sino que les expuso una visión económica que no todos comparten y que es opuesta, explicó, a la del ex presidente e incluso a la que impera en la Unión Industrial Argentina (UIA).

Dijo, por ejemplo, que había que revisar y repensar el modelo de sustitución de importaciones de dólar alto y altas retenciones, un esquema que definió como "viejo modelo de hace 40 años". No podemos, continuó, gravar al sector agropecuario para favorecer industrias deficitarias, salvo que se lo hiciera "con presupuesto y con control de auditoría". Y explicó entonces que su propuesta era una Argentina que construyera ciudades ricas de alto nivel educativo.

Como nadie habló después del tema, nunca se sabrá si la oferta de Coalición Cívica les resultaba a todos comparable, mejor o peor que las de Duhalde, Binner o el Gobierno. Eduardo Eurnekian, probablemente el hombre de negocios más hábil que tiene la Argentina, suele decir que para evaluar el desarrollo de las naciones hay que mirar a sus empresarios. El martes, en la Rural, ante La Nacion, durante un almuerzo con periodistas, reforzó la tesis con un latigazo: "Miren dónde trabajan y viven los hijos de los empresarios argentinos: la mayoría está en el extranjero. Eso no pasa ni en Brasil ni en México".

folivera@lanacion.com.ar

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