La necesidad de otros para completar el sentido propio

Martina Rua
Martina Rua PARA LA NACION
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12 de octubre de 2019  

Hace unas semanas me crucé con un tuit de la bióloga y educadora Melina Furman que me obligó a frenar con el scrolleo frenético frente a la pantalla de Twitter. Compartía una idea que me resultó tan contracultural como sanadora, y que terminé de leer con una sonrisa dibujada: "se trata de tener la confianza de que el otro me va a cuidar, en equilibrio con sentir que nos realizamos cuando cuidamos de otros".

La frase la había dicho la escritora Anna Kazumi Stahl, en una clase en el Instituto Baikal, donde reflexionaba sobre un dúo de conceptos que explican y contraponen a la concepción colectivista del ser proveniente de la cultura oriental con la occidental.

La primera vez que escuché a Anna fue hace seis años, a través de su charla en TEDx Río de la plata "Palabras y silencios", en la que contaba sobre el poder del silencio como dador de sentido al mundo de las palabras.

En trece contundentes minutos, además da cuenta de su origen multicultural, con una madre japonesa oriunda de Kioto y un padre de Estados Unidos, país donde ella nació, hoy vive y trabaja como escritora y docente de letras en la Argentina, a donde llegó luego de doctorarse en literatura comparada por la Universidad de California.

Conversé con Anna para conocer en profundidad esta idea que se contrapone a la autosuficiencia y al ensimismamiento.

La dupla nuclear de esta manera de concebir al individuo se nombra en japonés "amae" y "enryo". Amae que significa dependencia o una mentalidad de depender del otro para realizarse. En el estado o concepto amae uno tiene la seguridad de que será ayudado, sostenido. Y enryo, que significa como un impulso o deber hacia el otro de ayudar o responderle. En la ética japonesa no se concibe no ayudar a otro que expresa o está con una necesidad. Sin embargo, esto se hace sin invadirlo, sin imposiciones.

El psicólogo y autor japonés Takeo Doi, al ver cómo fracasaba el modelo freudiano del ello, yo y superyo en Japón, escribió su libro Anatomía de la dependencia, donde despliega estos y otros valores de esa sociedad.

Anna recuerda este ejercicio con el que se puede experimentar el poder de amae: en un trabajo grupal se le pide a un grupo de personas que armen un círculo que van achicando, dando pasos hacia adelante hasta quedar lo más pegados posible. Todos los integrantes están muy cerca, con los cuerpos apretados. Cuando ya no queda margen para seguir achicando, deben girar 45 grados hasta quedar enfrentados con la cara contra la espalda del de adelante. Una vez más, dan un paso hacia al centro, los cuerpos vuelven a quedar muy apretados sin margen para moverse. Entonces, quien lidera la reunión pide que se sienten. El círculo queda en el aire, con todos sentados en las rodillas de quién está atrás. Todos sosteniendo y siendo sostenidos pueden lograr ese círculo que da descanso y que permite descansar.

Luego de escucharla en la charla en el Instituto Baikal alguien le preguntó a Anna ¿Cómo se vive con la sensación de tener que ayudar a otros todo el tiempo, la persona no queda vacía? La clave de estos conceptos, explica, reside en que se experimenta una gran auto realización al ayudar al otro, al sostener. "Además, ese otro no pide demás ni es egoísta, sólo lo honrosamente necesario", explica Stahl.

Otro dúo de valores de la mentalidad japonesa que demuestran una idea colectivista versus la individualista son tate mae, que significa la cara para afuera, para la sociedad y el otro, y honne, la cara para adentro, los sentimientos propios y genuinos. ¨En este dúo se entiende que en el espacio compartido no siempre es deseable demostrar todos los sentimientos que uno tiene, guardar modales para tener en cuenta al otro y no sobrecargarlo con lo propio. En cambio, la sociedad occidental tiene una percepción del ser como inmutable, es decir que tiene una constancia y coherencia consigo mismo, mientras que en la idiosincrasia japonesa se entiende el yo en términos resonantes con la situación específica dada".

Los valores de amae y enryo me hicieron recordar a la película Cadena de favores. Cuando el profesor de Trevor, el alumno de once años, les pide a sus alumnos que realicen un proyecto escolar para mejorar el mundo, al niño se le ocurre realizar una cadena de favores, al ayudar a una persona ellas contribuirían a hacer más favores y así se ayudarían unos con otros, con paciencia, respeto y solidaridad.

En palabras de Trevor "se trata de estar atentos a lo que los demás necesitan, porque a veces no saben que lo necesitan. Es como tener la oportunidad de arreglar algo que no es tu bicicleta".

Sonido recomendado para leer esta columna Stand by me, de Ben E King

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