Un nivel de pobreza récord

Por Luciana Díaz Frers Para LA NACION
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25 de mayo de 2003  

Hace casi 30 años que el Indec releva la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), una encuesta urbana en la cual se miden diversas variables de la población cerca de dos veces al año, entre otras, los salarios medios, el desempleo y la pobreza. Los datos de la última EPH correspondiente a octubre de 2002 muestran una realidad social muy dura. Este relevamiento indica que un 57,7% de la población, es decir, más de la mitad, vive bajo la línea de pobreza. Y un 27,7% está bajo la línea de indigencia, es decir que más de un cuarto de la población tiene ingresos inferiores al valor de la canasta básica exclusivamente de alimentos. Según los datos oficiales, no existe precedente en la historia moderna de una situación así. Ni siquiera en la época de la hiperinflación a fines de los 80, cuando eran comunes los saqueos a supermercados para conseguir comida, el nivel de pobreza era tan acuciante.

Los factores detrás de este nivel de pobreza son una combinación del efecto precio y el efecto ingreso. Por un lado, el ingreso medio fue disminuyendo en términos nominales a lo largo de 2001 y 2002. El nivel de empleo también tocó fondo en mayo de 2002, mientras que el desempleo alcanzó el nivel récord de 21,5%. Al mismo tiempo, la inflación hizo mella en ese ingreso que no mejoraba. Mientras que el índice de precios al consumidor aumentó un 40% en casi un año y medio, los precios de los alimentos subieron un 60 por ciento.

¿Cómo revertir esta situación? En primer lugar, hay que regenerar la capacidad de crecer para poder agrandar la torta por repartir. Pero también habrá que repartir mejor. Esto implica que el gasto público va a tener que ser mucho más eficiente. Pero aún más fuerte es la lección de que ya no podemos incurrir en déficits fiscales persistentes. El desahorro del gobierno trae inestabilidad, y más grave aún, impide que el gobierno tenga armas para paliar los efectos de una crisis sobre los grupos más vulnerables. Hay que ahorrar en los tiempos buenos para poder aliviar la pobreza durante las recesiones. Pero, además, hay que generar soluciones de largo plazo en vez de prometer empleos poco eficientes que, una vez que desaparecen, dejan al pobre igual que antes. Para disminuir seriamente la pobreza en la Argentina es necesario pensar cómo revalorizar los activos de los pobres, cómo aumentar su calificación, cómo mejorar su salud para poder diversificar sus oportunidades en el mercado de trabajo.

La autora es economista del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec).

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