Una clase dirigente para salir de la crisis

Las conducciones de los partidos, que no quieren pagar el costo político, se lo hacen pagar en cambio a la sociedad
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28 de diciembre de 2001  

Desde hace bastante tiempo se viene discutiendo en la Argentina el tema de la posibilidad de subsistencia de la convertibilidad o no. Primero ha sido casi susurrando, en forma discreta y hasta culposa. Luego las dificultades económico-financieras llevaron a una discusión abierta, donde han quedado fuertemente fijadas las posiciones de los defensores y los detractores de la convertibilidad.

Hoy, en medio de la profunda crisis, el debate parece haberse encauzado por canales más racionales, buscando los pros y los contras de cada alternativa. Hasta hace poco, los que adentro del país propiciaban la devaluación argüían que los organismos multilaterales como el FMI y otros nos querían "encorsetar" con el tipo de cambio. Ahora nos hemos enterado de que parece que hasta el FMI quiere que devaluemos y la verdad es que no sabemos si están dando un buen consejo o simplemente el "último empujón al vacío".

Quizá lo que aparece como más sorprendente para quienes analizan este fenómeno argentino desde el exterior es la fuerte adhesión "emocional" que la gente (la comunidad en su conjunto) tiene con la convertibilidad. En efecto, aun al adoptar las dramáticas medidas restrictivas al derecho de propiedad que se dieron a partir de la "corrida bancaria" del 30 de noviembre, lo cierto es que muchos estimaron que era tan inevitable como la oficialización del default y que, aun siendo contrarios a los mecanismos adoptados, eso era preferible a la devaluación.

La pérdida de la moneda

¿Por qué se teme la devaluación? En realidad, es temida por su correlato histórico con la hiperinflación. La convertibilidad y la estabilidad monetaria no aparecen como una cuestión económica, sino como una regla de orden político-social. ¿Si se quiebra, después qué?

En una sociedad conmovida por los conflictos y las tensiones, los piquetes y el desorden y la resistencia contra la anterior autoridad gubernamental en los cruentos acontecimientos del 19 y 20 del actual, donde incluso ha habido un gran miedo a la nada y al vacío de poder, el único lazo que nos queda como sociedad organizada es el orden institucional y la moneda, ya que en 1989 la pérdida de la moneda significó -ficciones aparte- el quiebre del orden institucional al adelantar el traspaso del poder.

Los argentinos hemos demostrado en estas horas que no queremos quedarnos sin orden político y sin moneda, porque a pesar del desorden, del mal humor colectivo y de las frustraciones, vislumbramos que el camino de salida está en respetar dicho orden, cosa que habíamos olvidado durante muchas generaciones, y ésta parece ser claramente la visión del nuevo gobierno surgido de la crisis.

Hasta hace poco creíamos que podíamos empezar a mejorar porque habíamos "tocado fondo". Sin embargo, los episodios de violencia reciente y la elocuente reacción de la clase media en el cacerolazo nos mostraron una faceta más de esta crisis terminal y nos advirtieron del riesgo de "volver a caer". Todos sabemos por qué llegamos a donde estamos, pero sigue dividiéndonos el análisis de las causas. Algunos dirán que nos llevó al precipicio el exceso de neoliberalismo. Otros, entre los que me incluyo, que las fórmulas exitosas de otros países exitosos fueron aplicadas abruptamente, sin un proceso gradual de adecuación y -desde ya- de manera incompleta. Unos y otros alegarán tener razón y con ello intentarán justificar medicinas contrapuestas, pero la crisis política y la segmentación social por falta de consenso conspirarán entonces contra cualquier solución.

El problema de confianza es "transversal" a la realidad del país en su conjunto y nace no sólo por razones políticas y económico-financieras, sino también culturales.

No se puede gobernar si no se sabe administrar y todos los países que no han respetado esta regla -sin excepción- han afrontado crisis muy graves al asumir actitudes erráticas, construyendo alternativas sin completar, como una apertura sin gradualismo o buscando competitividad sin tecnología ni formación de recursos humanos, o ejerciendo una presión fiscal que desalienta la inversión en vez de promoverla, un sistema legal y judicial que no brinda seguridad jurídica y una burocracia que es tan ineficiente como onerosa.

Gobierno y administración

Gobierno y administración no son criterios antagónicos y, por ende, requieren profesionalidad, vocación, dedicación y transparencia.

Jueces que quieren ser políticos; políticos que se comportan como actores o empresarios; sindicalistas que hacen de políticos y empresarios que se convierten en rentistas; estudiantes crónicos que ocupan lugares en las universidades, pero no para estudiar; impuestos que se recaudan para fines que no se cumplen, y tantas otras cosas reveladoras del desajuste argentino requieren aquí y ahora un replanteo.

¿Podremos encontrar una solución y no una mera salida? ¿Puede el nuevo gobierno asumir el liderazgo necesario para salir de la crisis?

Necesitamos respuestas y propuestas concretas y líderes para aplicar los remedios, por dolorosos que sean, ya que los dirigentes que no quieren pagar costo político, se lo hacen pagar a la ciudadanía.

No es la primera vez que nos toca decir que la sociedad espera una clase dirigente para la crisis, por el agotamiento de la actual clase dirigente.

El autor es vicepresidente ejecutivo de la Organización Internacional de Empleadores.

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