Una cooperativa de trabajadores busca recuperar el frigorífico Santa Elena

Es el más grande de la Mesopotamia; fue clausurado hace diez años por una deuda con el Banco Nación
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8 de octubre de 2002  

SANTA ELENA, Entre Ríos.- Desde la playa de faena hasta los departamentos de enlatado y etiquetado, la planta alimentaria cárnica más grande de la región, compuesta por varias fábricas en un circuito lógico, respeta el declive natural de las barrancas del Paraná.

Ciento setenta kilómetros al norte de Paraná, esto es un mundo silencioso de pisos rojos, cielos rasos blancos, paredes de cerámica blanca también y centenares de máquinas de acero inoxidable y motores, algunos protegidos con nylon, todo bien aceitado, esperando la reactivación.

La planta, con estilo inglés, como los barrios aledaños, y con ingeniería alemana, ocupa 17 hectáreas en esta ciudad que ató su destino durante 130 años al frigorífico, antiguo saladero y luego fábrica completa, administrada por empresarios ingleses. Su caída, en 1993, arrastró a la gente misma a la depresión y el éxodo.

Hoy depende en gran medida del Banco de la Nación, que ejecutó una hipoteca y se quedó con el inmueble del Frigorífico Rioplatense, de Rodolfo Costantini, pero todavía no resolvió qué hacer con las maquinarias prendadas, todo producto de una serie de créditos por 38 millones de pesos/dólares que entregó a la firma privada, y que no recuperó.

Fuente laboral

Con 18.416 habitantes, esta pintoresca y otrora progresista ciudad es la más pobre y desalentada de Entre Ríos desde la quiebra de su única fuente laboral. Se discute, por ejemplo, si la desocupación alcanza al 70 o al 90 por ciento de los trabajadores. Pero algunos de sus hijos demostraron este mes que no se resignan y formaron una cooperativa, seguros de que el repechaje depende de ellos.

Con 60 años, Argentina Gauna guarda buenos recuerdos de su paso por la playa de faena. "Desde la clausura, la ciudad cambió totalmente; es triste ver cómo los vecinos buscan trabajo por ahí afuera y quedamos los viejos solamente", narra a LA NACION. "Tengo cinco hijos, dos varones y tres mujeres, y los cinco viven afuera; Santa Elena no nos dio un lugar; uno está en Jujuy". Así, reconoce que perdió las esperanzas de volver a su puesto, "pero sí pienso en mis hijos", subraya.

Basta caminar algunas cuadras por estas calles onduladas y dialogar con los vecinos para comprobar cómo la desazón se ilumina casi siempre con alguna llamita de esperanza. "Buscamos implantar una nueva cultura, la del cooperativismo", dice Luciano Espinoza con particular serenidad ante 140 ex obreros, todos desocupados.

Se reunieron en la sede de lo que fue el poderoso Sindicato de la Carne para afianzar la nueva Cooperativa de Trabajadores del Frigorífico Santa Elena, que ya pidió inscripción en la Nación, y confían en este hombre morocho, como la mayoría aquí, que acaba de llegar en bicicleta y resulta todo un símbolo de la lucha obrera al frente del Sindicato de la Carne.

Hoy, ya sin gremio desde que su ciudad se quedó sin trabajadores, les transmite a sus compañeros su impresión de que "si no actuamos ahora seremos culpables del mal destino que les dejaremos a nuestros hijos".

Luciano no esconde sus expectativas: "No queremos anteponer una actitud obstructiva a un empresario honesto y con solvencia económica que pueda llegar a aparecer, pero nuestro reclamo es que no se repita la historia".

¿Cuál historia? Se refiere al proceso de privatización de la planta: con sólo 18 meses de trabajo, el Frigorífico Rioplatense se endeudó en 38 millones de dólares con el Banco Nación, entidad financiera que lo cerró.

Inversiones genuinas

Rafael Sagrera fue elegido presidente de la cooperativa en formación. Como todos aquí, pagó derecho de piso en el frigorífico desde los 15 años, lavando medias reses, y como pocos escaló en las responsabilidades hasta terminar como subcoordinador de producción del proceso.

"Nos propusimos un fin específico: devolverle a la sociedad la garantía de continuidad laboral. Las empresas que han pasado no trajeron inversiones genuinas, hicieron activos, los invirtieron fuera de la provincia y no se comprometieron con la comunidad", reprocha.

¿Recuerda qué productos salían de esta planta? "Menudencias congeladas, cortes de tipo Hilton, hoy muy en boga; cortes congelados, la amplia gama de los enlatados en distintos formatos, extractos, carnes cocidas congeladas con agregados de gelatinas y compactadas", enumera.

Entusiasmado, Sagrera sostiene que "ésta es una planta industrializadora cárnica, cumple todos los ciclos, desde la faena hasta la elaboración. Incluso es autónoma, porque tiene la fabricación de envases en una amplia variedad de formatos, y en millones de latas mensuales".

Nadie olvida que aquí se elaboró gran parte de la provisión de raciones para los combatientes de Malvinas, en 1982, con 22 variedades de comidas preparadas enlatadas.

"Eso es un orgullo para nosotros", repite Roberto Muñoz, con casi 30 años de servicio en la planta, especialista en labores de cámara, playa de faena y conserva, y hoy desocupado, con hijos en Buenos Aires, separado de su mujer, sin plan social que lo ayude porque no tiene menores a cargo. ¿Y entonces?, pregunta LA NACION. "Y... me mantiene mi vieja por ahora, a los 54... qué va a hacer."

Las experiencias de luchas y fracasos son inagotables en este pueblo chamarritero. Todo suena a paradoja, en una provincia con 4.300.000 cabezas de ganado, aunque sin fábricas alimentarias cárnicas propias, desde la caída de este tradicional establecimiento.

Mirando al río, el frigorífico Santa Elena es un gigante dormido, embalsamado dice alguien por ahí, y todos creen que, con viento a favor, podrán despertarlo con actitud cooperativista, para que la sirena de la fábrica despierte en verdad a toda la región empobrecida.

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